Vidas paralelas

Martirio de San Maximiliano (fragmento de Bavaria Sancta, 1716)

 

Óscar Carrera

 

«Si tú me miras,
soy como la mariposa roja;
si me hablas,
soy el perro que escucha;
si me amas,
soy como la flor que se abre
en tus cabellos;
si me rechazas,
soy la canoa vacía
que va sobre la corriente,
y se rompe en la roca».

Este poema pertenece al pueblo piaroa, que vive en las orillas del Orinoco y se precia de ser uno de los más pacíficos del mundo. Curiosamente, los antropólogos han recalcado que su mitología rebosa de batallas cósmicas entre seres sobrenaturales, pero en lo que respecta a la sociedad terrenal tienen, o han tenido tradicionalmente, un temperamento bastante pacifista.

Porque la no violencia es muy anterior a las marchas por la paz, las huelgas de hambre y el veganismo. Los moriori de las islas Chatham seguían desde el siglo XVI un código social de completa no agresión, que les hizo sucumbir ante una dantesca invasión de los maoríes. Los mohístas de la China de los Reinos Combatientes, proponentes del pacifismo, se escondían en sus fortalezas de la barbarie exterior. Órficos, pitagóricos y otros movimientos esotéricos de la antigua Grecia se abstenían de matar animales. Los tempranos cristianos ebionitas no comían carne, como los futuros monjes trapistas, y negaban que lo hiciera San Juan Bautista. Las «herejías» gnósticas y el priscilianismo les seguirán los pasos. San Maximiliano sufrió martirio en el siglo III por ser objetor de conciencia del servicio militar. Sus razones: era cristiano, no podía ir a la guerra. ¡Si hubiera vivido unos siglos más…! San Francisco de Asís, que mil años después asombraba a sus contemporáneos predicando a los lobos y a los pajarillos, no era un caso aislado: como mucho, era un caso tardío.

Nos abstendremos de extraer ejemplos sistemáticos del jainismo, el hinduismo o el budismo, que suman, al menos nominalmente, la mayoría de los no-violentos y de los vegetarianos del mundo. Nos parece más interesante ver cómo en una cultura como la islámica, tan marcial y tan carnívora, surgen de vez en cuando personajes dignos de sentarse a orillas del Ganges. Se dice, por ejemplo, que la mística iraquí Rabi’a al-Adawiyya atraía a los animales del monte, porque sabían que era uno de los pocos seres humanos con los que estaban a salvo. El librepensador sirio Al-Ma’arri escribía en un memorable poema de vejez que ya no le «robaba a la naturaleza». En sus últimos versos se lamentaba por no haber descubierto el vegetarianismo antes de que su pelo se volviera gris. No se le puede, desde luego, culpar por ello.

Un ermitaño japonés, Ryōkan, permitía a los piojos chuparle la sangre. Si otros solitarios tienen un perro o un gato que les acompaña, él tenía a sus piojos. Los fríos días de invierno se los quitaba y los ponía al sol un rato, para luego volvérselos a colocar.   El persa Bāyazīd compró semillas de cardamomo en la ciudad de Hamadán, pero, a cientos de kilómetros de allí, descubrió que con ellas venía un puñado de hormigas. «Me he llevado a estas criaturas lejos de su casa», pensó mientras volvía sobre sus pasos.

La violencia, la represión, la discriminación y la beligerancia pueden ser una constante en las sociedades humanas, pero su rechazo radical aparece de un modo u otro en culturas muy lejanas, ya sea en forma de ética o de ritual, a título individual o institucionalizado en escuelas y doctrinas. Y siempre con los límites impuestos por las circunstancias: es demasiado fácil recriminarle a aquel predicador de Nazaret que sus descendientes romanos se escudaban en él para continuar con sus pillajes, o a un devoto tibetano que en su monte escarchado no se ha convertido al veganismo. Con todas las salvedades que fuerzan las circunstancias, y sabiendo que estas iniciativas son más frecuentes en individuos extraordinarios que en estados o imperios, parece haber algo que nos devuelve una y otra vez hacia el mismo precepto: no matar y, en lo que se pueda, no herir.

No podemos descartar que la no violencia sea hija de la perplejidad filosófica. Pues el misterio de la vida ha suscitado infinidad de interrogantes, y todavía no hemos dado con una respuesta definitiva: Creación (¿pero quién crea al Creador?), reencarnación (¿pero de dónde surgieron las almas que se reencarnan?), Orden que surge del Caos (¿pero qué Orden oculto tras el Caos consiguió que éste se transformara en Orden?)… Los científicos de nuestro tiempo piensan que se debe a un proceso de síntesis química, pero todavía no han logrado reproducirlo salvo de forma muy indirecta.

De todas nuestras posesiones, la única imprescindible, inevitable, es la vida. Y resulta que no sabemos a ciencia cierta de dónde viene. Frustrante es.

 Así como los hombres adoraron el fuego cuando consiguieron invocarlo, es comprensible que venerasen esa potencia insondable que es la vida. Al ser lo único que en verdad tenemos, la vida no entra en los esquemas cuantitativos en los que nos movemos en el día a día: es el marco en el que se desarrollan. Te puedo cambiar tres ovejas por una vaca, cinco manzanas por una manta, pero no te puedo cambiar mi vida. Y, si considero que la tuya es de la misma naturaleza, o que la tuya es para ti lo que la mía para mí, la famosa «regla de oro» de tantas filosofías y religiones, tampoco te puedo pedir que la cambies tú… En principio. Pues ya sabemos que por mejorar, salvar o engrandecer sus propias vidas, los hombres suelen perder el hilo del argumento…

La vida (la de nuestros iguales) se vuelve así sagrada, o, para quien no crea en estas cosas, se vuelve un misterio. Un verdadero quebradero de cabeza.

Pero es difícil explicar cómo se fue ampliando este razonamiento fuera del pequeño grupito de iguales. Y más si damos por cierto que somos animales y que por lo general, y aunque se lleve decir lo contrario, éstos no muestran excesivo afecto por grupos o especies rivales, por no hablar de las susceptibles de formar parte de su dieta. Es verdad que los mamíferos superiores tienden a respetarse entre sí debido a su relativa complejidad social. ¿Será cosa de garantizar el orden? Así lo quieren algunos: el pacifismo sería una proyección hacia otras sociedades del derecho de los miembros de una misma sociedad a vivir bajo la protección de la ley. Pero no es tan obvio: ¿cuántas sociedades se han considerado iguales las unas a las otras, siquiera conmensurables, a lo largo de la historia? A saber si habrá aparecido ya alguna…

Hoy, que podemos hablar por whatsapp con un piaroa o un moriori –para descubrir que ambos escuchamos la última revelación radiofónica de Nueva York–, parece fácil desarrollar empatía por ellos. Pero pensar, por ejemplo, que hace casi tres mil años había ascetas en el sur de Asia que preferían morir antes que matar a un animal nos descoloca.  Quizá ellos experimentaron en toda su intensidad ese límite radical que es la vida. El límite de mi mundo, el de tu mundo, el de todos los mundos. Puedo tomar tus ropas. Puedo tomar tus gafas; está mal. Puedo tomar tu casa. Estoy reduciendo tu mundo al mínimo. Pero si tomo tu vida, no importa que tengas ropas, gafas o casa. Puedes tener la Tierra entera, que no te servirá de nada.

Es ocioso especular sobre lo que descubrieron los sabios de los tiempos que nos precedieron, o sobre si tenía algo de sagrado. Pero, en nuestra época descreída y cerebral, siempre podemos tomárnoslo como un dilema, si no el dilema. Y ya deberíamos saber que, ante la duda, mejor no actuar.

 

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