Unamuno, coño

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Francisco J. Sempere Luján

 

Hay Leyendas Negras y Leyendas Blancas, todas ellas tan falsarias y distantes de la Verdad las unas como las otras. Y todas, tan complacientemente beneficiarias de la falsedad como de la mítica que arropa a los místicos que elaboran tanta mentira épica.  ¿Y la Mística en torno al mítico Unamuno? Contextualizo: Unamuno fue el ideólogo espiritual del golpismo y del falangismo. Repito en mayúsculas y en punto y aparte:

EL PROTOFASCISTA MIGUEL DE UNAMUNO FUE EL IDEÓLOGO ESPIRITUAL DEL GOLPISMO Y DEL FALANGISMO.

Sí, ese por el que perdéis el culo cada aniversario de su enganchada con el tuerto Astray. Ficción. Pura ficción, porque el pensamiento místico de Unamuno y su rancio iberismo españolista sirvieron de acicate a los asesinos y de coartada a los fascistas que encontraron en él la justificación idearia para sus desmanes.

Lamento no poder aportar la fuente del primero de los textos que continúa más abajo. Probablemente procede de un refrito extraído de determinados párrafos procedentes de diversos artículos seleccionados de Internet. Es posible que su severo dictamen sobre Unamuno sea quizás riguroso, pero el entrecomillado de algunos de sus supuestos escritos y frases no deja de ser aleccionador acerca de la personalidad mutable de un camaleónico y revirado Unamuno, que quiso ser tradicional frente a los republicanos y luchó por defender su liberalidad frente a los fascistas. Véase para ello también el segundo de los textos que adjunto, procedente de un artículo de Unamuno supuestamente publicado en el El Sol el 14 de mayo de 1931. El primero de los textos dice así:

Si bien manifestó en algún momento reticencias acerca de los métodos utilizados por los golpistas (recuérdese su incidente con Millán Astray el 12/10/1936 –«Venceréis, pero no convenceréis».–), Unamuno fue uno de los soportes intelectuales de los sublevados de 1936.

Rector de la Universidad de Salamanca, no dimisionario y nunca represaliado, Unamuno creyó advertir en la sublevación un intento de recomponer lo que para él era la caótica situación en la que él veía que se asfixiaba y agostaba España, y al mismo tiempo como un medio de cortarle el paso a la creciente irreligiosidad que traían aparejados los nuevos vientos que soplaban sobre España. A un corresponsal de un periódico chileno le confesaría Unamuno que el Ejército de Franco era «el único cimiento con el cual se puede dar una base seria a España». Y es que a Unamuno le provocaban espasmos los desmanes y tropelías que algunos izquierdistas incontrolados perpetraron contra la religión.

En su apuesta por el bando nacional, Unamuno no actuó, diríamos, con precipitación, a pesar de que era un hombre que se guiaba por su nervio impulsivo. Unamuno había, entre otras cosas, colaborado con un donativo de 5.000 pesetas de la época a la suscripción nacional que sostenía la campaña bélica de los militares sublevados. Además, a cimentar su adhesión cooperó toda una cascada de hechos constatados por él mismo en su entorno salmantino que le hacen saludar la rebelión como un higiénico parche contra los continuos y airados desórdenes públicos (muchos de ellos, curiosamente, perpetrados por los paramilitares de FE que apoyaban la sublevación).

El escritor venía insistiendo, desde años atrás, en que algo muy importante se estaba desmembrando en la unidad de España. Habla de «marea de insensateces (…), de sucios estallidos de resentimientos» (octubre de 1934), de que la nación está siendo «expuesta a la demencia furiosa» (febrero de 1936), o de que «sobre nuestra España (…) veo cernerse una catástrofe» (abril de 1936); y en junio de 1936, Unamuno escribe nada menos que «aquí, en España, se exacerba el culto a la matanza», lo que no deja de poner los pelos de punta, habida cuenta de lo que vendría después.

La adhesión inicial de Unamuno a los sublevados viene precedida de su desencanto sobre el rumbo que iba tomando un régimen republicano con el que cada vez está más disconforme, y que le induce a escribir esto quince días antes del levantamiento del 18 de julio: «Cada vez que oigo que hay que republicanizar algo me pongo a temblar, esperando alguna estupidez inmensa. (…) Alguna estupidez auténtica, y esencial, y sustancial». Una República que, en opinión de Unamuno, ni representaba el socialismo, ni el comunismo, ni la democracia, sino la anarquía, «un anarquismo lleno de cráneos y huesos de tibias y destrucción», según sus propias palabras.

La decepción que paulatinamente fue calando en el espíritu de Unamuno se resolvería en su adhesión al bando nacional tras el 18 de julio. Además, nunca identificó a los golpistas españoles como portaestandartes del fascismo europeo y creyó ver en sus mandos a valedores de una concepción republicana distinta, porque los generales sublevados hablaban de patria y República, daban vivas al Ejército y a la República, y declaraban estar guiados por su amor a España y a la República, como proclamó el general Cabanellas. Unamuno los veía, pues, como restauradores del orden y de un cierto cristianismo moral.

Sin embargo, cuando se percató de que no iban en esa dirección, trató de retractarse, sobre todo al darse cuenta de que, en las zonas que los nacionales iban conquistando, la ignorancia e insensatez de la soldadesca más zafia se consagraba a prácticas que le horrorizaban, como fueron los fusilamientos de gentes simpatizantes con la causa republicana y a las que alegremente, y sin argumentos de peso, acusaban, por ejemplo, de judeomasonismo. Refiere Unamuno que «los mastines –y entre ellos algunas hienas– de esa tropa (…) encarcelan e imponen multas –que son verdaderos robos– y hasta confiscaciones, y luego dicen que juzgan y fusilan. También fusilan sin juicio alguno». Y en esto Unamuno no habla de oídas, como él mismo subraya: «Lo veo yo y no me lo han contado. Han asesinado, sin formación de causa, a dos catedráticos de Universidad (…) y a otros. (…) A mí no me han asesinado todavía estas bestias al servicio del monstruo».

Unamuno, después de percatarse de su equivocada elección, escribió: “La reacción que se prepara, la dictadura que se avecina, presiento que, pese a las buenas intenciones de algunos caudillos, va a ser algo tan malo, acaso peor». Sin embargo, ya era tarde para desmentir sus propias palabras. Unamuno fue, pues, uno de los principales soportes intelectuales e ideológicos de los sublevados contra la legalidad republicana.

Y el texto publicado en El Sol en 1931 –en el que pone en cuestión conceptos que hoy son aparentemente aceptados y normalizados por la derecha (centralismo versus federalismo/autonomismo; bilingüismo, etc.)– dice así:

LA PROMESA DE ESPAÑA
Hay otro problema que acucia y hasta acongoja a mi patria española, y es el de su íntima constitución nacional, el de la unidad nacional, el de si la República ha de ser federal o unitaria. Unitaria no quiere decir, es claro, centralista, y en cuanto a federal, hay que saber que lo que en España se llama por lo común federalismo tiene muy poco del federalismo de Tite Fedendist o New Constitution, de Alejandro Hamilton, Jay y Madison.
La República española de 1873 se ahogó en el cantonalismo disociativo. Lo que aquí se llama federar es desfederar, no unir lo que está separado, sino separar lo que está unido. Es de temer que en ciertas regiones, entre ellas mi nativo País Vasco, una federación desfederativa, a la antigua española, dividiera a los ciudadanos de ellas, de esas regiones, en dos clases: los indígenas o nativos y los forasteros o advenedizos, con distintos derechos políticos y hasta civiles. ¡Cuántas veces en estas luchas de regionalismos, o, como se les suele llamar, de nacionalismos, me he acordado del heroico Abraham Lincoln y de la tan instructiva guerra de secesión norteamericana! En que el problema de la esclavitud no fue, como es sabido, sino la ocasión para que se planteara el otro, el gran problema de la constitución nacional y de si una nación hecha por la Historia es una mera sociedad mercantil que se puede rescindir a petición de una parte, o es un organismo.
Aquí, en España, este problema se ha enfocado sentimentalmente. y sin gran sentido político, por el lado de las lenguas regionales no oficiales, como son el catalán, el valenciano, el mallorquín, el vascuence y el gallego. Por lo que hace a mi nativo País Vasco, desde hace años vengo sosteniendo que si sería torpeza insigne y tiránica querer abolir y ahogar el vascuence, ya que agoniza, sería tan torpe pretender galvanizarlo. Para nosotros, los vascos, el español es como un mauser o un arado de vertedera, y no hemos de servirnos de nuestra vieja y venerable espingarda o del arado romano o celta, heredado de los abuelos, aunque se los conserve, no para defenderse con aquélla ni para arar con éste. La bilingüidad oficial sería un disparate; un disparate la obligatoriedad de la enseñanza del vascuence en País Vasco, en el que ya la mayoría habla español. Ni en Irlanda libre se les ha ocurrido cosa análoga. Y aunque el catalán sea una lengua de cultura, con una rica literatura y uso cancilleresco hasta el siglo XV, y que enmudeció en tal respecto en los siglos XVI, XVII y XVIII, para renacer, algo artificialmente, en el XIX, sería mantener una especie de esclavitud mental el mantener al campesino pirenaico catalán en el desconocimiento del español –lengua internacional–, y sería una pretensión absurda la de pretender que todo español no catalán que vaya a ejercer cargo público en Cataluña tuviera que servirse del idioma catalán, mejor o peor unificado, pues el catalán, como el vascuence, es un conglomerado de dialectos. La bilingüidad oficial no va a ser posible en una nación como España, ya federada por siglos de convivencia histórica de sus distintos pueblos. Y en otros respectos que no los de la lengua, la desasimilación sería otro desastre.
Eso de que Cataluña, Vasconia, Galicia hayan sido oprimidas por el Estado español no es más que un desatino… Mas es de esperar que, una vez desaparecida de España la dinastía borbónico-habsburgiana y, con ella, los procedimientos de centralización burocrática, todos los españoles, los de todas las regiones, nosotros los vascos, como los demás, llegaremos a comprender que la llamada personalidad de las regiones –que es en gran parte, como el de la raza, no más que un mito sentimental– se cumple y perfecciona mejor en la unidad política de una gran nación, como la española, dotada de una lengua internacional. Y no más de esto.

Unamuno dotó a los asesinos de un corpus ideario. Alentó a los asesinos y los aplaudió mientras fusilaban a sindicalistas, jornaleros y proletarios. Sólo comenzó a preocuparse cuando los asesinados eran profesores, catedráticos y alumnos de la Universidad de Salamanca. Unamuno era un elitista, un clasista y un místico protofascista. La épica alrededor del exagerado episodio anti Millán Astray en la Universidad ha anulado cualquier espíritu crítico en la Izquierda. Ya nadie sabe nada. Ya nadie quiere saber nada. Menos yo. Menos tú.

Porque en el siglo XXI, Unamuno sigue siendo, aunque todos lo ignoren, el desconocido ideólogo del golpismo clasista y fascista del 36. 80 años después, ya nadie sabe, ya nadie quiere saber y el vulgo se contenta con la falaz postal del enfrentamiento falsario con Millán Astray en Salamanca. Pura virtualidad post-modernista, revestida de ignorancia.

Porque por mucho que la mística parapseudointelectual izquierdista afirme lo contrario, Unamuno fue el intelectual del pasado con la influencia más nefasta sobre nuestro presente.

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