Una sociedad depredadora y biocida que puede y debe cambiar hacia la paz

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Cristóbal Orellana

Esta crisis social y económica en la que estamos inmersos y que el PP, a sórdido coro, dice que hemos superado ya, es el oscuro preámbulo, para nosotros, de un gran cambio a peor de la situación mundial. Aquí, en medio de un mar de casos de corrupción, las marionetas tristes de Fátima Báñez y Luis de Guindos tararean con voz de soplagaitas la kafkiana canción de la recuperación económica. Pero esta ridícula cantinela, tras el gigantesco fraude fiscal tramado por el PP, no puede ni logra apagar el ya audible ruido de un emergente y preocupante mar de fondo:

Con la información actual disponible, y a pesar de la enorme incertidumbre, sabemos que es muy posible que fracasen los sistemas actuales que mantienen a las sociedades en los ecosistemas, al no poder estos mantener la cantidad de población y su nivel actual de vida. Se abren, sin embargo, muchos escenarios de colapso: repentino o gradual, extremadamente violento o menos violento, con menor o mayor capacidad de mantener viva a una parte de la población actual y venidera, fuertemente injusto o algo justo, desordenado o razonablemente ordenado, con gran sufrimiento o con menor sufrimiento, sin sentido o con sentido. Y es claro que no da igual, ya que unas respuestas serán más adaptativas y deseables que otras.

…desde el punto de vista colectivo, disponemos además de unos sistemas culturales, relacionales y organizativos para dar respuesta a nuestra supervivencia y a nuestras necesidades. Sin embargo, el actual sistema organizativo dominante (económico, energético, urbanístico, tecnológico, cultural e informativo, etc.) no solo no está preparado para el colapso sino que nos conduce a más velocidad hacia él. 

No hay más que pasearse por una calle cualquiera de nuestra ciudad para observar cómo no cabe ni un coche más en cada acera, en cada esquina, en cada plaza. Los coches lo inundan todo y, además, sigue creciendo el número de más y más coches que se venden mes a mes en los bollantes concesionarios. Muchas familias tienen, tenemos, dos o tres. El consumo de energía y el impacto medioambiental de esta situación es inmenso y tiene el rango de biocidio. Lo sabemos todos, pero callamos y participamos del juego haciendo como si no supiéramos nada de la apocalíptica deuda que estamos cargando a la cuenta de la inmediata siguiente generación. Los ayuntamientos, también callados, dejando caer a pedazos los transportes públicos, se limitan a cobrar el jugoso impuesto de circulación y los sellitos por aparcar en el centro de la ciudad.

¿Qué decir del gasto de energía para la refrigeración de nuestras casas en el caluroso verano o la calefacción en invierno? El gasto de energía de las grandes superficies, aunque yo no conozco el dato exacto de ello, también debe de ser increíble incluso en una ciudad pequeña como Jerez. A nivel estatal, unas pocas grandes empresas acumulan inmensas cantidades de beneficios porque todos estamos entregados a un consumo desmedido, continuo y creciente de energía y productos diversos. Es como si fuéramos un sumidero colectivo insaciable de energías y materias primas, una cloaca universal que engulle sin descanso todo lo que pilla a su paso, creando mares de plástico, millones de toneladas de CO2 y grandes llanuras de escombros y desperdicios. 

El cambio climático campa a sus anchas mecido por las manos de las grandes multinacionales de la energía y el consumo, las cuales dictan a los gobiernos lo que hay que hacer para que sus ingresos, los de las multinacionales, continúen al alza. Como nos ha enseñado con nitidez el PP, los gobiernos, cómplices y sumisos, obedecen a cambio de prebendas y apoyos puntuales cuando llega el circo electoral. En esto las empresas que gestionan los medios de comunicación son letales, frías, eficaces en la manipulación de amplias masas de consumidores de argumentos falsos y justificaciones de usar y tirar. Las empresas que gestionan los medios de comunicación son el arma más letal del sistema, pues logran ocultar informaciones o, directamente, desinformar a la población respecto a lo que realmente se esconde tras nuestro complejo entramado económico: un capitalismo no ya depredador, sino clarísimamente biocida y antidemocrático.

Es «curiosa» la escueta noticia recientemente aparecida en algunos medios de comunicación: una prospección de gas natural de la empresa española Repsol en la zona marítima que está situada entre China y Vietnam –Islas Spratly– acaba de producir una confrontación diplomática gravísima entre esos dos países. La zona es muy disputada por China, Vietnam, Filipinas, etc. El caso es que estos episodios nos revelan, pienso yo desde la castigada provincia de Cádiz, por qué España ofrece las bases de Rota, Morón y Gibraltar a norteamericanos e ingleses. Porque el modo de vida y consumo de los españoles depende de que nuestros «intereses estratégicos» tengan cobertura militar del más poderoso (EE. UU.) donde quiera que estén «nuestras» empresas. Está claro que el militarismo creciente es una consecuencia de la crisis ambiental y ésta, otra consecuencia del sistema económico biocida y terrorista en que vivimos.

Todo este violento estado de cosas, en medio de la explosión demográfica que sufre el planeta y de un aparatoso rearme en toda la zona del golfo Pérsico, es sencillamente apocalíptico. Millones de seres humanos se mueren de hambre o viven en la pobreza mientras aquí nos dedicamos a alimentar un sistema económico que beneficia a los muy ricos, desparrama migajas para alguna clase social y siembra el futuro inmediato de destrucción y cruda desesperanza ya para la siguiente generación, es decir: nuestros hijos e hijas.

Los medios de comunicación, efectivamente, repiten sin descanso lo de la recuperación y el crecimiento de la economía como si no se supiera ya, como si todos no supiéramos ya que nuestra economía no es más que un esperpento lleno de peligrosas falsedades, una apariencia de comodidad, una extendida precariedad laboral, una balsa de medusa peligrosamente mecida en un océano de pobreza, guerras y cambio climático. Es decir, sostenemos este tinglado económico con unas consecuencias humanitarias, ambientales y políticas que son insostenibles y biocidas. Pero el poder cree que estamos distraídos con el circo de peligrosos robagallinas como Correa o Bárcenas o Blesa…

En realidad, no hay que ser muy listo ni muy lista para darse cuenta que estamos en medio de un colapso socioambiental planetario maquillado por los medios de comunicación y que, llegado un estallido generalizado de orden internacional por causas políticas o medioambientales directas, los gobiernos nos tratarán como a prisioneros. Y establecerán mecanismos dictatoriales –o más dictatoriales que ahora– para intentar contener las demandas de la ciudadanía y las exigencias de explicaciones por lo sucedido. Quien no se dé cuenta de que ya estamos inmersos en una dictadura biocida disfrazada de democracia que defiende los derechos humanos es que no se está enterando absolutamente de nada. Quien prefiera ver a dictadorzuelos como el de Corea del Norte como el demonio de turno que amenaza el destino del mundo, en vez de preguntarse, por ejemplo, quién y para qué tiene inmensos arsenales nucleares, es que no quiere despertarse de su cómoda fiesta consumista.

Comprendo (a medias) que cuando uno cree que está en la cresta de la ola y disfruta surfeando mientras le hacen fotos con cocoteros de fondo, con sus bermudas nuevas y su perfecto bronceado, es difícil ver que muy pronto nos aguarda la orilla y un castañazo de los que descoyuntan definitivamente. Pero no solamente es difícil verlo, es que ya hay grandes multinacionales haciendo negocios para recoger los beneficios económicos que los cuidados requeridos para sanar del mencionado castañazo exigirán. Dicho de otro modo: el sistema va a nutrirse de las consecuencias negativas que está generando él mismo, por lo que el cataclismo social le viene que ni pintado para intentar seguir creciendo. O sea: los contaminadores del agua de hoy serán los mismos que intentarán, si no lo evitamos, vendernos mañana el agua descontaminada (quintuplicada de precio, claro). O sea: la destrucción del planeta es un negocio inmenso para el capitalismo.

Este sistema económico actúa ya con descaro, conoce sobradamente bien el punto cronológico en que todo estallará y se está preparando en estos momentos para seguir haciendo caja cuando se desate el caos, es decir, el momento de comprar a precio de oro una barra de pan y un litro de agua limpia. Rajoy llama a todo esto: seguir en el diálogo, ser razonables, apostar por el sentido común… A este calculado programa de colapso e instauración de dictaduras enfrentadas entre sí por algunos buques de fuel y cupos de suministros de gas procedentes de Libia o Argelia, lo llama Rajoy democracia. A esta batalla frontal del PP contra la socialización de las energías renovables, lo llama Rajoy soberanía marca España… Cuando todos sabemos ya, esto sí que lo sabemos y padecemos en carne viva, que se llama Estado de corrupción o, también, gobierno de las grandes empresas que usan a la cuadrilla gubernamental como sumisos gestores de ese cataclismo programado. La elección de líderes dictatoriales y perfil claramente caudillesco a la vieja usanza como Trump, Putin, Macron en Francia o Modi en la India son señales sobradamente claras del caos planetario de todos contra todos que han organizado los intereses financieros internacionales. Las ciudadanías de los distintos Estados, mecidas por las voces de sus líderes títeres, votan seguridad al precio que sea, consumo como sea, empleo el que sea y xenofobia contra quien sea. 1984 en estado puro.

Un aviso bien desesperanzador de todo esto –me refiero a la arrolladora fuerza del sistema para doblegar nuestras apuestas en favor de la vida– ha sido la postura de Podemos en Cádiz respecto a la fabricación de buques de guerra para Arabia Saudí: exigen la reorientación empresarial de Navantia, quieren su desmilitarización progresiva, pero por el momento, se ven obligados a dar el visto bueno a la fabricación de esos buques incluso sabiendo a dónde van y para qué se van a usar.

En el libro Cambio climático S. A., escribe su prologuista (Santiago Álvarez, director de FUHEM Ecosocial):

Este libro lanza la inquietante advertencia de que asistimos a una adaptación militarizada al cambio climático. Los efectos del calentamiento global son contemplados como riesgos políticos y de seguridad nacional desde el prisma exclusivo de los intereses dominantes de cada país. De ahí que la adaptación militarizada al cambio climático no signifique otra cosa que la respuesta a esas amenazas con ejércitos y fuerza de seguridad privadas con la doble misión de fortificar archipiélagos de prosperidad en medio de océanos de miseria y expulsar de sus hábitats a una fracción de la humanidad calificada de sobrante o prescindible.

Debemos actuar y reconducir este complejo estado de cosas hacia la democracia de verdad y la paz real, en vez de hacia las dictaduras capitalistas y las guerras. Si no lo hacemos, si no cambiamos a favor de la vida, el cambio climático acabará con todo. En breve.

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