Una maravillosa historia de hace siglo y medio

Caricatura de Silverio Franconetti de Ángel Idígoras para la exposición ‘El compás y el Lápiz’.

 

Romualdo Molina – Archivo de Triste y Azul

Homenaje a Silverio publicado para el programa de lujo del Concurso Nacional de Córdoba de mayo de 2001

Se reunían… En la cantina de un ventorro, en la trastienda de un colmao, en el trasnoche de tal jarana campera bajo las estrellas, en las horas sin clientela de alguna taberna sevillana de la Alameda o de la calle Pureza; o tal vez en el almacén de la botillería de la calle Castilla cuya pared del fondo daba al río. Los había viejos como el de la Isla, el Negro Rota, el Planeta, cincuentones como El Fillo, Enrique el Viejo, tío Antonio Cagancho, y veinteañeros como Silverio y Molina. Se reunían, pendientes del deslumbrante magisterio de un tipo sesentón y genial, de encendido color, se dice que pelirrojo, al que por eso llamaban El Colorao. Dialogantes con él. Sugerentes. Rebeldes, según qué días.

La pequeña Pléyade rotaba en alguno de sus miembros, según la coyuntura, y de tarde en vez la Parca decretaba una baja. Silverio, el de la plaza de la Alfalfa, era de los más fijos. ¿Años? Sí. Del 47 al 55 del siglo XIX. Dos décadas más tarde, otros jóvenes irían acudiendo al relevo: Manuel Cagancho, El Cuervo, Ramón, Diego el Lebrijano, El Nitri, ¿José Lorente?, ¿Curro Durse?, ¿Dolores La Parrala? Aquella convención masticaba, rumiaba, segregaba arte glorioso. Estaba generando una revolución musical de esplendoroso futuro.

Todas las hoy llamadas «seguiriyas gitanas» derivaron de una sola, la Originaria, que proporcionó con su estribillo la célula melódica que actúa como ritornello inevitable en su acompañamiento de guitarra, elemento rector rítmico básico y sello identificativo indiscutible.

¿Cómo nació?

A finales del siglo XVIII, un compositor profesional habría reelaborado para el teatro musical de la época una antigua melodía de endechas funerarias; con seguro oficio, la encajó sobre el patrón estrófico de las cañas, y la bordó sobre un cañamazo rítmico de amalgama, bien conocido, ya usado en El Paño Moruno y en romances como el de El Conde Sol. Las representaciones escénicas pusieron muy de actualidad dentro del entonces Reino de Sevilla este cantable, que anduvo de boca en boca bajo el nombre de «Plañidera»; en andaluz, «Plañiera»; en crónicas inglesas y francesas —carentes de eñe—, transcrito como «Playera» (verbigracia: Deux ans en Espagne de Charles Dembowski, 1840). A principios del XIX, ya en desuso por pasado de moda, un cantaor popular fraguó con poderosa inspiración sobre ese cantarcito la Seguiriya Originaria. No un solo cante, sino un palo: la serie matriz completa, integrada por cuatro estrofas musicalmente coherentes: una seguiriya liviana de preparación («Camino Casariche»), la seguiriya originaria («Le doblaron las campanas»), la primera derivación (que hoy conocemos con la letra «Dice que duermes») y el macho de remate, reconocido aún como el cambio de Frasco el Colorao («A las dos de la noche», en registros fieles de Matrona y Abadía con esa letra de aquél).

¿Quién? ¿Frasco el Colorao, al que el Diccionario enciclopédico nombra Francisco Ortega, fácilmente confundible con Francisco Ortega El Fillo?

Escribe Rafael Pareja en sus Memorias (que no se han perdido gracias a la vigorosa fe de Juan Rondón, y su incomparable tenacidad. ¡Loor al de Jimena!): «El Negro Rota era íntimo amigo del mejor seguiriyero que hubo en España y que se llamó Frasco El Colorao (…). [Frasco] había nacido en Triana, no actuaba en público». Añadamos que vino al mundo a finales del siglo XVIII, hacia 1795. Hasta aquí el quién.

«Enseñó a cantar al Fillo (ocho o diez años más joven que él), a Tomás El Nitri, al Lebrijano, a los Cagancho (Tío Antonio y Tío Manuel), al gran Silverio y a Manuel Molina, el de Jerez». Hasta aquí el qué.

«Silverio y Molina lo colocaban de manijero en el cortijo del viejo Duque de San Lorenzo y en los de otros hacendados ricos y con afición y le “echaban” a otros manijeros que se llevaban a El Colorao de jarana. Entonces cantaba. Valiéndose de este truco le oían y aprendían». Hasta aquí el cómo.

«Esto se lo oí yo al mismo Silverio, cuando me llevaban mi padre y mi padrino, siendo yo pequeño, al Café Cantante que tenía y se me quedaron presentes todos estos detalles por la afición enorme que yo sentía ante todo lo relacionado con el cante flamenco». Hasta aquí el por qué lo sabe.

«Hago estas aclaraciones saliendo al paso de la creencia tan divulgada de que Silverio aprendió de El Fillo, cuando la verdad, como queda dicho, es que los dos aprendieron de Frasco El Colorao». Hasta aquí para qué lo escribe.

Falta establecer el cuándo.

En 1850, Silverio, con unos veinte años, ya es muy conocido en Sevilla como cantaor; y en 1856 se marcha a América, donde pasa bastantes años. Recién regresado, en 1864, es identificado por una bailarina que lo reconoce bajo sus barbazas y su indumentaria de indiano rico, al oírle cantar una «Seguiriya de Sentimiento» de su propio e inconfundible cuño:

«La malita lengua
que de mí murmura,
yo la cogiera por en medio en medio,
la dejara muda.

»— ¡Alto! —exclamó la vieja bailarina que de peor gana se había resignado a oír al intruso—. Ese cante no hay en el mundo más que una persona que lo diga. Y esa persona…

»—¿Qué?… —preguntó el desconocido, sonriendo.

»—…esa persona es usted, ¡señor Silverio!».

(Manuel Machado)

Así pues, antes de irse a América, en el breve plazo de seis años u ocho años, entre 1848 y 1856, aprende Silverio esos cantes nuevos de Frasco el Colorao.

¿Cuándo protegen Molina y Franconetti a Frasco el Colorao? Quizás durante esos años iniciativos, cuando el maestro trianero tiene entre 55 y 60. O también más tarde, desde 1865 hasta la muerte de Frasco hacia 1876.

Seamos justos; es de suponer que la serie matriz, tal cual la iba elaborando El Colorao, era imperfecta; y sus mejores discípulos, el Fillo, Molina, Silverio, la iban cincelando con él en las reuniones, de la misma manera que el círculo de amigos de Marcos Jiménez desarrolló en su torno el impresionante acervo de los Fandangos de Huelva de El Alosno. Porque una joya cultural como la Seguiriya es como una catedral, y no puede ser fruto de un único ingenio.

Seguidillas. Ninguna novedad en la tradición musical española. El arabista García Gómez ha detectado series perfectas de seguidillas en los zéjeles araboandaluces de Aben Quzmán del siglo XII. En el siglo de oro, Cervantes protesta ante la moda abrumadora de las seguidillas manchegas (cantes de seguidos, delincuentes buscados). Durante el siglo XVIII, la fórmula teatral de la tonadilla escénica se plasma sobre el molde literario de las seguidillas. ¿Seguidillas tristes y desgarradas? Iza de Zamacola escribe en 1799 y 1802 que se usan entonces seguidillas patéticas, junto a las bailables, más chisperas y divertidas.

Seguidillas de sentimiento. El Colorao propone una forma de entrañarlas y de exponerlas «sacándose las tripas del alma». No le importan los públicos, sino acceder a una expresión romántica de los sentires más íntimos. Silverio insiste en que hay que salir a competir con el belcantismo italiano, desafiando al tremendo patetismo de la ópera de Verdi, que está expulsando a los aires nacionales de los teatros españoles.

El brioso esfuerzo para realizar ese nuevo modelo de música cantada generará un impulso muy poderoso; tan poderoso que rebasará en pocos años el reducido ámbito de las seguidillas serranas y de las de sentimiento e invadirá la forma de cantar y tañer las cañas y los oles, los polos y las malagueñas, las tonadas temporeras y los panaderos, las peteneras de Méjico, el punto y las guarachas de Cuba, las jotas de Aragón, los cantables de las zarzuelas, las seguidillas sevillanas, los coupléts a la francesa, y aún el Zorongo, el Vito y la Cachucha. Trabajo para un siglo.

Una forma tan novedosa de canto y toque repercutirá en la forma de bailar, y en el café de Silverio el Raspaó, la Mejorana y Antonio el Pintor, con la dirección musical del Maestro Pérez, enseñarán a danzar de una manera nunca vista. Un erudito de nuestros días diría que la música española dieciochesca, provocada por el romanticismo, se fue aflamencando.

Pero eso sería después del regreso de América…

Seguidillas. Lo que sí es seguro que Franconetti las llega a dominar en aquel corto período de tiempo (entre 1850 y 1856, repito), las fija y, además, acuña modelos propios, inconfundibles e inimitables, imposibles para otros ejecutantes de facultades menos portentosas que las suyas, según revela la anécdota contada por Manuel Machado (recibida de Silverio a través de su padre Demófilo). Rafael Pareja asegura, en efecto, que fue el autor de esa variedad con americano perfume aguajirao llamada Cabales.

Desde el 56 al 64, el palo no abandona el hermetismo del pequeño círculo de amigos de Frasco que, recordémoslo, no era profesional y «no actuaba en público»: los Caganchos, que son sus parientes, ya que El Colorao está casado con una de las mujeres de esta familia trianera; el Sr. Manuel Molina (rico aficionado jerezano); El Fillo, fallecido enseguida a mediados del siglo, Maoliyo el Maestro, el Viejo Noriega, también de Triana… De ahí no salían las seguiriyas, y había algunos que pensaban que «nunca debían salir», y de esto convencieron a Demófilo, su portavoz. Durante la ausencia de Silverio, ni la prensa, ni la literatura ni los programas de mano recogen en España actuaciones con seguiriyas, o «playeras» (éste nombre ya olvidado en los 60). En realidad, nada cambia en los usos castizos, virtualmente dieciochescos, mientras la ópera a la italiana avasalla. Todo lo contrario sobreviene bruscamente a partir de su regreso en el vapor «Gravina». Él no carecía de visión de futuro ni de voluntad de acción. Es él quien tenía la fe. Por su fe, a Silverio (que lo cantaba todo, y todo bien) le corresponde en el nuevo género, el mérito de su difusión y la gloria de un triunfo que no cesa.

Está reconocido que sólo a través del personal y titánico esfuerzo de difusión, iniciado en 1864, consigue Silverio hacer triunfar la seguiriya y, de paso, ser considerado el rey de los cantaores. Sólo a través de Silverio se inician (y se lanzan a crear y cantar) El Breva de Vélez-Málaga…, El Loco Mateo, Salvaorillo, Marruro, Carito, El Chato (todos gachós de Jerez, según Ríos Ruiz), Curro Durse, Enrique el Mellizo, Paco la Luz, Junquera (gitanos), Dolores Parrales la de Moguer… A Chacón, gaché, lo instruye Salvaorillo.

Del éxito, redacta Demófilo acta de reconocimiento en el ensayo «Cantes Flamencos», publicado en enero de 1871. Y en ese momento, para Demófilo, sólo las seguiriyas merecían el título de cante flamenco.

Pero no para Silverio Franconetti.

En octubre de 1988, Miguel Espín y el que esto escribe presentamos conjuntamente en el Congreso Flamenco de Córdoba una ponencia en pro de que ese año, centenario de su muerte, fuera declarado Año de Silverio, propuesta que se aceptó por aclamación. Declaramos entonces: «Para nosotros no hay ninguna duda de que aunque la palabra “flamenco” no la creó Franconetti, le corresponde la patente de la invención de la intención, su uso específico para denominar el nuevo género». Desde aquella ponencia han pasado muchos años y hemos aprendido muchas cosas (es cierto que, sin ella, probablemente no hubiéramos llegado a conocer la mayoría); por ejemplo, lo que en 1989 dictó en público José Luis Ortiz Nuevo, dentro de la Universidad de Sevilla:

«…después de leer, anotar y comprobar cientos y cientos de anuncios, reclamos publicitarios, llamadas de atención, siempre, y siempre, siempre, absolutamente siempre, incluso siempre, el maestro siempre usó, en todas cuantas inserciones puso, la palabra, el concepto, la idea, el calificativo de andaluz para definir y proclamar la estirpe, el corazón, la cualidad, el sello inconfundible de su arte en sus criterios».

Se confirma, pues, lo que había apuntado Blas Vega en Los cafés cantantes de Sevilla: que fueron los maestros de baile Manuel Barrera y su hermano Miguel Barrera el Platero (director éste de El Salón de la Escalerilla, en la calle Tarifa de Sevilla, antes de que el propio Silverio lo regentase) quienes promovieron comercialmente el término «flamenco» en sus folletos y gacetillas, especialmente dirigidas a los extranjeros.

Ante la demostración irrefutable, hay que aceptar el error y rectificar: Silverio nunca quiso que ese arte al que dedicó su vida, que tanto promovió y del que su café de la calle Rosario mereció ser llamado Universidad, «nunca y nunca, e incluso nunca, nunca quiso que se llamara de otra forma que cantes y bailes andaluces». De todos los andaluces, y para todo el universo mundo.

Por eso, sabiamente, el Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba establece que el concursante que, a juicio del Jurado, presente una calidad excepcional dentro de la categoría de cante, podrá recibir el Premio especial «Silverio». En esta decimosexta edición del concurso (última ocasión en que no se abonaría en euros) ese galardón especial está dotado con dos millones de pesetas. El importe cuadruplica el de los premios normales; y lleva el estrambote inmensurable de una escultura de Venancio Blanco.

ROMUALDO MOLINA

Nota de la Redacción.-

Don Romualdo Molina Muñiz nace en Sevilla el 1 de octubre de 1934, se licencia en Derecho en 1956 y ha cursado estudios en la E. O. C. y el Instituto de Radiotelevisión. De 1955 a 1966, trabaja para Radio Popular de Sevilla, y desde 1967 a 1992, para Televisión Española, en ambos casos en el área creativa, y con importantes aportaciones a la temática flamenca en las series: «¡Flamenco!», «Caseta de feria» y «Fiesta y duende» (radio); «Rito y geografía del cante y el baile», «La gran ocasión», «A través del flamenco», «Leyenda de la Rubia y el Canario», «La buena música» y «Arte y artistas flamencos» (televisión); también en los films Corridas de Alegrío y La Lola se va a Los Puertos (cine). Ha publicado con Miguel Espín «Juan Varea», «El de La Matrona», «Siempre bailar», «De ida y vuelta», «Quiroga» y colaborado en «El año de Silverio», «Historia del flamenco», «Camarón, cinco años», «La bibliografía flamenca», «Rafael Pareja», «Huellas del cante», «La Niña de los Peines: Patrimonio», «Cantes y cantaores de Triana» y «Homenaje al flamenco». Su libro de cantares flamencos La copla sale sola fue Premio Nacional 1992 en Córdoba. Es colaborador habitual de la revista El Olivo.

 

Este artículo pertenece al archivo de Triste y Azul.

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