Sobre la tolerancia en Alándalus

Posted by
Fuente: http://dibujando-luismi.blogspot.com.es/

 

José Ruiz Mata

Durante la época andalusí, en un pueblo de Córdoba de mayoría cristiana, los mozárabes le pusieron un pleito al imam de la mezquita porque el muecín despertaba a todos los vecinos con su llamada a la oración del amanecer. El cadí, una vez contrastados los motivos de unos y de otros; es un precepto del Corán, hay que respetar el sueño de los demás; dictó que los musulmanes tendrían que ir a la mezquita al amanecer sin que para ello tuvieran que ser convocados. Prevaleció el respeto al descanso por encima de las prácticas religiosas de la religión oficial. A esto se le llama: tolerancia.

Hace más de un año, asistí a la presentación de un libro sobre los mozárabes, cuyos autores son amigos míos. El acto se celebraba en la sede del obispado Asidonia-Jerez y el primero en intervenir fue un representante de dicho solio, un sacerdote joven, enérgico y de fácil comunicación, que creo recordar ostentaba el cargo de secretario de la diócesis.

Como es norma en las pláticas sacerdotales, su intervención no se pudo replicar, él largó sus ideas y los demás las recibimos sin un contraste de pareceres, sin plantear ninguna duda o protesta; son demasiados años de adoctrinamiento y posesión de la verdad como para enmendar. Aunque un poco alejado en el tiempo, valga este artículo como respuesta a las opiniones vertidas en aquella presentación.

La intervención del sacerdote se basaba en la supuesta tolerancia de Alándalus. El fundamento para decidir que la tolerancia no existió en ese tiempo era que, según se trataba en el libro, a los cristianos se les cobraba un diezmo más de impuestos que a los musulmanes; de los judíos no dijo nada. Recuerdo que finalizó diciendo: «por el solo hecho de ser cristiano, tenían que pagar, como castigo, un diezmo más. ¿Dónde está la tan cacareada tolerancia de Alándalus?».

La respuesta que se podía dar era bastante simple y fácil, pero no hubo turno de réplica. Así que vamos a aprovechar las circunstancias para explicar un poco aquello del diezmo.

De principio habría que verlo al revés, pues no era un castigo para unos sino un beneficio para otros. Todo estado necesita cobrar impuestos para su mantenimiento y el porcentaje está en razón directa con los servicios que presta, los gastos que precisa en cada momento y, por supuesto, por la avaricia y despilfarro de los gobernantes. Aquí tenemos el primer escollo, pues el Corán indica claramente los impuestos máximos que un Estado islámico puede cobrarle a un musulmán. Claro está que el Corán no dice nada de lo que le puede cobrar a individuos de otras religiones. Por ello, el Estado andalusí tenía diferentes impuestos, unos para los musulmanes, que se tenía que someter a las normas, y otros, para el resto.

Es conocido el hecho de que algunos gobernantes andalusíes le ponían trabas a las conversiones masivas, pues la pérdida en impuesto era elevada. Aun así, parece que no siempre eran seguidores del Corán en esta materia y, en momentos de necesidad, todo quisqui pechaba sin demasiada distinción. Tanto es así que cuando el almorávide Yusuf ibn Tasufin (1062-1106) conquistó Alándalus, protestó porque en algunas taifas se cobraba a los musulmanes más de lo prescrito por el Corán.

Pero esto son ganas de tergiversar las cosas. Sí, se puede ver una discriminación en el cobro de un diezmo de más; aunque después, la Iglesia siguió cobrando ese famoso diezmo a todo el personal y para su propio peculio. Claro, ahora era para ella y para santificar a su dios, y eso esta justificado.

Decimos tergiversar porque la tolerancia de Alándalus fue muy grande si la comparamos con lo que vino inmediatamente después de su desaparición. Es suficiente con recordar la violenta intransigencia de los Reyes Católicos, la crueldad de Cisneros y, sobre todo, la inefable Inquisición. ¿Qué representa cobrar un diezmo de más, cuando se hacía, que no era siempre, comparado con las torturas y la muerte por desviarte un poco de la línea ortodoxa marcada? No, no podemos comparar ese diez por ciento con la confiscación de todos los bienes, el desgarro de músculos, reventar de manos y piernas, partir huesos, aplicar hierros candentes, flagelar con tiras metálicas impregnadas en azufre y sal y tantos otros crueles métodos de tortura para, al final, arder en la hoguera. Y esto no solo a los de otras religiones, sino a los propios que se apartaran de la línea oficial marcada por la Santa Madre Iglesia.

No, de nada de eso habló nuestro cura del obispado de Sidonia-Jerez, solo se rio con un poco de sarcasmo de aquellos andalusíes a los que les damos, según él, injustificadamente, el apelativo de tolerantes.

Este hecho nos hace evocar lo que leímos, hace más tiempo, en un billete de entrada a la Mezquita-Catedral de Córdoba. En el texto también denunciaba la supuesta fama de tolerantes en la época andalusí.

La nota explicaba sucintamente la historia del monumento. Al principio, cuando hablaba de sus orígenes, indicaba que se construyó tras la apropiación, derribo y reutilización de los materiales de la basilia de San Vicente Mártir y, como colofón, indicaba: «para que digan que en Alándalus eran tolerantes».

Ante este escrito, podemos responder de varias formas. Si nos atenemos a lo que dice Ignacio Olagüe, el templo primitivo había sido construido entre los siglos V y VI, quizá en tiempos de Leovigildo y para el culto arriano. Después de la adjuración de Recaredo es cuando pasaría al cristianismo romano consagrado a san Vicente. Después de la revolución del 711, volvió al culto arriano, siendo despojado de sus figuras por los iconoclastas. En este templo fue proclamado emir Abderramán I, en 756, y nunca fue destruido, es la parte más antigua de la actual mezquita, la que tradicionalmente se data en la época de Abderramán I. Los que quieran más información sobre este particular, lo emplazamos a que lean el libro La revolución islámica en occidente, del citado Ignacio Olagüe.

Los más escépticos, que no creen en eso de que del sincretismo arriano se pasó, en Andalucía, al islam, sabrán que Abderramán I expropió la basílica de san Vicente Mártir y pagó su importe, algo que no sería corriente en otras épocas de España. Si fue para una mezquita, se debe saber que, según la tradición islámica, quien sufraga los gastos de un templo tiene que abonar el precio del terreno. Estuvimos en la mezquita de un pueblo de Turquía en la que en el interior existe una fuente; según nos explicaron, era porque, cuando se fue a construir el templo, la dueña de ese terreno no quiso vender y tuvieron que edificar la mezquita a falta de ese solar. Cuando murió la mujer, no dejó testado que era para la mezquita, por lo que con el tiempo ha pasado a formar parte del edificio pero sin poder consagrarse como templo, así que pusieron una fuente.

De todas maneras, creemos que bien empleado fue el solar de esa basílica arriana para construir uno de los más bellos edificios del mundo. Algo que no sería lo mismo siglos después cuando se derribaron cientos de mezquitas, algunas muy importantes, como la de Sevilla, Toledo, Granada; para construir iglesias y, además, sin ningún tipo de compensación, recato ni reparo por la belleza artística.

Como ejemplo claro, tenemos que, a principios del siglo XVI, el cabildo eclesiástico de Córdoba ordenó la demolición de la mezquita, sin importarle su valor arquitectónico; era un templo de herejes. El Ayuntamiento de la ciudad la defendió emitiendo un bando por el cual sería condenado a muerte todo albañil que cayera una columna; el obispo contestó con excomulgar al que se negara a trabajar en la demolición del templo, algo que, para su honor y memoria, prefirieron muchos cordobeses. Así las cosas, tuvo que ser Carlos I el que pusiera fin al litigio permitiendo lo que hoy, no sin que se te agrie algo más que la boca, se puede contemplar: un mastodóntico templo renacentista en medio del impresionante bosque de gráciles columnas. Dicen que Carlos I se arrepintió luego, cuando vio lo que había ordenado realizar, pero ya era tarde.

Suponemos que la jerarquía eclesiástica, dado el pingüe beneficio que le saca a las visitas a la Mezquita-Catedral de Córdoba, se habrá arrepentido de las pretensiones de sus colegas del siglo XVI y se alegrará de que ese precioso templo siga en pie. Ahora se dará cuenta de que, si no hubiera actuado en otros lugares con la misma rabia y hubiese conservado otras mezquitas antiguas, los beneficios en metálico obtenidos se le habrían multiplicado; en el pecado llevan la penitencia.

Resulta curioso cómo la jerarquía de la Iglesia católica no desperdicia ninguna oportunidad para atacar a Alándalus. Quizá sea porque Alándalus fue lo que ella nunca ha sido: tolerante.

Deja un comentario