Rafael Sarmentero: «Cada vez es más difícil crear algo original»

 

Daniel Vila García

 

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Rafael Sarmentero [Fotografía de Miriam Salgado]

En Japón dicen que hay un manga para cada persona. Algo así sucede con nuestros escritores favoritos. Los elegimos por elecciones selectivas, caprichosas. La emoción prima. En literatura, todo depende de un mapa, una brújula y un refugio. Para el lector, también. Sentimiento puesto al servicio de la emoción. Como decía aquél: el conocimiento, si no se sabe aplicar, es peor que la ignorancia.

Sumergirse en la escritura de Rafael Sarmentero es entregarse, en cuerpo y alma, a una obra indómita y fucsia. Rafael Sarmentero vive ajeno a la rabiosa actualidad. No se prostituye por un clic. No devalúa su trabajo para gustar. Es un escritor sin tiempo. No cede a la moda. No está de moda. Rafael nunca sería tan hortera. Él es su propio canon. El talento o el éxito son asuntos de dioses lacayos. A Sarmentero parece no tentarle ninguno de esos dos impostores.

2018 supone la vuelta de Rafael Sarmentero a los mentideros literarios. Tras un periodo de barbecho y merecido descanso, el autor se presenta más fresco y desenfadado que nunca. Durante el pasado 2017, viajó a Japón, escribió y disfrutó de la apacible vida rutinaria. Este año que se está abriendo paso, Rafael, si la salud le respeta, publicará poemario y novela nuevos. Lectores y editores le perseguían. Empero, querido lector, a Rafael Sarmentero no le mueven las alas ni la vanidad. El escritor sabe que el mundo es de papel y que con papel se compra. Sarmentero está hecho de otra pasta. Afirma ser producto de las batallas que ha ganado y que ha perdido.

 

Es un placer, don Rafael, volver a coincidir con usted. ¿Por qué es tan amable de romper su silencio y concedernos esta entrevista?

Aunque puede afirmarse que soy una persona asocial, no es menos cierto que soy una persona sociable. No suelo, pues, proponer citas, pero sí es frecuente que las acepte. Me cuesta decir que no cuando percibo interés del otro por mi persona o por mi conversación. Es lo que me sucede también con las entrevistas.

Sabe que vengo de parte del portal digital La Andalucía. ¿Podría contarnos qué le une a nuestra querida tierra?

He vivido durante veinte años en Torre del Mar. Mis padres viven allí y yo sigo yendo con relativa frecuencia. Los momentos más felices de mi vida los he pasado jugando al fútbol en el Instituto Miraya del Mar de Torre del Mar. Trepábamos la valla y nos colábamos allí. Esto sucedió, más o menos, desde los diecisiete hasta los treinta. Estudié informática en la Universidad de Málaga. No me gustó esa época. Mi plan, como el de tantos otros, era aprender a programar para hacer videojuegos. De pequeño me encantaban las aventuras gráficas y quería hacer una. Pero el asunto se torció: por una parte, los videojuegos dejaron de ser labor de una persona o de dos, para convertirse en un producto industrial, como el cine, en el que participaban decenas de individuos. Por otra parte, y ésta es la más importante, dejaron de interesarme los videojuegos. Me di cuenta de que a mí las aventuras gráficas me gustaban porque contaban una historia. Programarlas, al fin y al cabo, era sólo el peaje que había que pagar para contar esa historia. Además, como creador, no me interesaba que el jugador tuviese la capacidad de participar activamente. Entonces, si lo que quería era contar una historia y decidirlo yo todo, ¿por qué no escribir novelas? Ya las escribía desde los doce años. Los videojuegos habían dejado de tener sentido para mí. La informática sería, a partir de entonces, un medio de sustento, no una realización personal. Ahora que llevo más de doce años viviendo en Madrid, entiendo por qué hay tanta soledad en las grandes ciudades. La gente se siente igual de sola en Madrid, en Tokio o en Nueva York. Es por las dimensiones, que hacen imposible encontrarse con las mismas personas con asiduidad. Para que surjan las relaciones íntimas, es preciso que las personas se encuentren con frecuencia. En un pueblo como Torre del Mar, esto es muy sencillo. En una ciudad relativamente grande, como Málaga, es más complicado, pero todavía puede ser posible. En las ciudades grandes, sin embargo, es una quimera, porque no existen lugares por los que la mayoría de la gente se mueva con asiduidad. Tú puedes ir todas las tardes a determinada cafetería, pero tus amigos vivirán a tres cuartos de hora de la misma. El ser humano está preparado para vivir en tribus, no en megalópolis. La centralización del trabajo destruye la socialización. Habría que intentar que cada región fuese autónoma, que dispusiese de sus empresas, de sus comercios. Que fuera posible trabajar en el lugar en el que vives. Y que hubiese suficiente oferta, porque si sólo tienes una empresa en la que puedes trabajar, vas a sentirte preso de la misma y vas a tener que aguantar cosas que, de tener más opciones, no tendrías por qué soportar. Vine a Madrid por trabajo. Uno de sus atractivos era la oferta cultural: podría ir a recitales de poesía, ver cantar a Javier Krahe, a Joaquín Sabina, a Aute. Hace tres o cuatro años, me di cuenta de que ya tenía suficiente. Ya había visto a mis artistas favoritos y ya me había percatado de que los recitales de poesía no tenían nada que aportarme. Encontrar a un poeta que me gusta de cada quinientos no compensa el esfuerzo. Así que si no fuera por trabajo, yo ya no viviría en Madrid. Lo haría en una ciudad más pequeña, manejable, de dimensiones humanas.

Sé que, como Napoleón, actualmente tiene varios frentes abiertos. ¿Sería tan amable de adelantarnos algo?

Estoy terminando de escribir la tercera parte de la trilogía Cómo ser un genio y el guión de mi próxima novela. Tengo terminados un poemario y una novela que serán publicados en 2018.

 

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Portada de Malasaña Chai Tea, de Rafael Sarmentero.

En su opinión, ¿por qué cada vez vemos más series compulsivamente en detrimento del cine?

Las series, al estar divididas en episodios, generan en el subconsciente de las personas una falsa sensación de avance. De que están haciendo algo con su vida. Cuando ves una película sientes que estás perdiendo el tiempo; pero cuando ves una serie es como si estuvieras escribiendo una novela, haciendo un bricolaje, cursando unos estudios. Treinta y cinco películas son treinta y cinco hedonismos: un despropósito. Pero treinta y cinco capítulos de una serie son treinta y cinco peldaños. No conducen a ningún sitio, pero las series hacen que la gente sienta que su vida marcha en alguna dirección.

Dicen que la poesía vive una etapa dorada. Al parecer, intelectuales de la talla de Marwan y demás son los responsables de esto. ¿Qué le parece?

En los albores de la Guerra Civil tenías dos opciones: esforzarte, estudiar, arriesgar, estrujarte la cabeza… para prosperar y llegar a ser tan rico como te gustaría, o bien el camino más fácil: matar a los jueces, a los médicos, a la gente con estudios o dinero para ocupar su lugar. La envidia hacia los que eran superiores, en lugar de llevar al esfuerzo, conducía a la supresión de la élite. Al acabar con la élite, se hace posible la ascensión del mediocre. Con la poesía sucede lo mismo, como para ser tan bueno como, pongamos por caso, Rafael Sarmentero, se necesita esfuerzo y talento, lo que hago es optar por la vía sencilla: idolatro al chaval o la chavala que escribe las mismas tonterías que puedo escribir yo. Así, si elevo al mediocre a los altares, yo, que soy mediocre, me colocaré a la misma altura que él. Antes se adoraba al superior, ahora se adora al que es tan mediocre como tú. Es el camino fácil. Guerra Civil, poesía actual, mismo mecanismo que usa el maltratador psicológico: en lugar de mejorarme, te hundo a ti para elevarme yo.

¿Hasta qué punto la poética del tuit puede ser tomada en serio? ¿Cada vez se preocupan más los nuevos autores de aparecer en Instagram en lugar de leer a Garcilaso de la Vega?

El fan adolescente —valga la redundancia— busca un modelo, un referente en quien convertirse. El fan no suele serlo tanto de la obra del autor, como de su vida. Las cantantes feas venden menos porque ninguna adolescente quiere cantar bien pero ser fea. Ellos, por su parte, quieren meterse rayas, aparearse cada noche y llevar sombrero. Aunque para ello tengan, incluso, que escribir un par de versos.

En los últimos dos años, su figura ha vuelto a aparecer por el circuito poético matritense. Tras unos años de ausencia donde publicó novelas de forma prolija, ¿ha notado importantes cambios en estos lares de moda?

Sé que sonará a discurso de viejo melancólico, pero tengo que decirlo: en mi época escribíamos mejor. O por lo menos, escribíamos distinto. En el Bukowski Club había variedad de estilos. Ahora todos los jóvenes escriben el mismo poema con el mismo tono.

A principios de diciembre, acudió a la presentación en sociedad del poemario de una joven escritora, Miriam Salgado. Usted llegó a dedicarle un soneto bastante halagador. ¿Qué ha de poseer un autor para conmover hasta el punto de acudir a arroparlo?

Ser amigo mío. Lo he dicho en más de una ocasión: yo, cuando voy a un recital —y no digamos a una jam —, no voy por el evento en sí. Voy por ver a la gente. Iría lo mismo si en el local estuviesen televisando carreras de caballos. Es más, iría con más gusto si, en lugar de recitar poesía, estuvieran televisando carreras de caballos.

 

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Antología Ruleta Rusa Ediciones.

Benjamín Prado sostiene que todo el mundo sabe lo que es un poema, pero nadie sabe qué es exactamente la poesía, ni de qué está hecha, ni dónde puede aparecer, ni cuáles son sus fronteras. Tal vez, tomándose muy en serio el material poético y distanciándose de la persona, el personaje y, sobre todo, de esa tiránica entelequia sobornable llamada público. En 1965, el futuro nobel de literatura Bob Dylan comentaba al sesgo: «¿Poesía? No necesariamente tienes que escribir para ser un poeta. Algunas personas trabajan en gasolineras y son poetas. No me llamo poeta porque no me gusta la palabra. Soy un artista del trapecio». Aprendimos con la película Origen que ninguna idea es simple cuando se necesita implantarla en la mente de otro. ¿Cuál es el truco para acercarse a los clásicos y sobrevivir en el intento con una voz propia? ¿Cómo es capaz el Rafael poeta de bailar entre la poesía solemne y de línea clara de Luis Alberto de Cuenca y la humorada chisposa de las comedias geniales de Woody Allen?

En algún punto del 2011, estuviste a punto de abandonar la poesía. ¿Recuerdas aquel período? Venías de publicar tu segundo poemario, Dadá demodé, tenías críticas a favor de ilustres poetas como Luis Alberto de Cuenca y el apoyo de escritores totémicos como Sánchez Dragó. ¿Por qué llegaste a estar tentado de centrarte por entero en tu trabajo como novelista?

No tanto a un abandono definitivo de la poesía como a un abandono temporal. Mi estado natural es escribir prosa. De vez en cuando, escribo poemas, pero del mismo modo que los miércoles juego al fútbol.

En el próximo año, publicas nuevo poemario, Antología (Ruleta Rusa Ediciones). ¿Puedes comentarnos algo someramente a cerca del mismo? ¿Hay línea de continuidad con las dos entregas anteriores?

La edición es una antología, es decir, una selección. He seleccionado mis 51 mejores poemas de la trilogía formal compuesta por Nuevo documento de texto, Trovademécum y Dadá demodé, con el auspicio, como usted sabe, del magno editor Roberto Menéndez. Por otro lado, me encuentro escribiendo un nuevo poemario. El nuevo poemario pertenece a otro universo. Estamos hablando del mejor poemario que he escrito en mi vida.

¿Has descubierto a algún poeta en los últimos años que merezca la pena reseñar o sigues volviendo a tus clásicos?

Sí, lo he descubierto: Miguel Martínez López. Al final, uno se expone a tanta basura para obtener este tipo de recompensas.

¿La novela ha muerto? ¿Se ha vuelto folletinesca?

Ha muerto la novela, la poesía, la música… Cada vez es más difícil crear algo original. Pero por si acaso sólo estuviera moribunda, habrá que seguir intentándolo.

 

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Qwerty vintage, de Rafael Sarmentero.

¿Crees, como Bunbury, que el sistema intenta desplumar nuestras alas como si fuera un casino de Las Vegas?

Sí. Pero el sistema no es el que la gente piensa. Es gracioso, por no decir lamentable: si hay algo que nos oprime, que nos corta la libertad, es precisamente el Estado. ¿Y qué hace la gente? Pedir más Estado, reivindicar incluso el comunismo. Es delirante. El éxito del sistema es que la palabra «liberal» se use para descalificar a alguien. O que se acuñe el binomio «liberalismo salvaje». ¿Qué es lo contrario de «liberalismo salvaje»?, ¿coacción con mimitos? La gente que no es tonta está muy engañada. El panorama es desolador.

¿Es saludable que un escritor, artista al fin, se ocupe tanto de la política? ¿El estado de las cosas preocupa más que otras realidades mundanas?

Creo que lo saludable es que un escritor trate de los temas que a él le preocupan. Y deseo que la política no sea uno de ellos. Si en algunas ocasiones me pronuncio, no lo hago con gusto, sino a mi pesar. Por puro síndrome de Casandra: «¿¡Pero es que no se dan cuenta de que esto no es así, sino así!?».

 

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Rafael Sarmentero [Fotografía de Celia Aguilar de Rueda]

Comprendo que ya finalizó su envidiable etapa rosa. ¿En qué gama del arcoíris se encuentra actualmente?

Cuando volví de Japón lo hice en un estado de mansedad total. Como si ciertas cosas que en algunos momentos me encendían, ahora no llegasen ni a rozarme. Incluso me he sorprendido pensando en cómo mi yo pretérito era capaz de entrar en determinadas disputas dialécticas. Supongo que, ahora que todos los idiotas usan el prefijo «post» para inventar tonterías como «postfeminismo» o «postverdad», cabría decir que estoy en una etapa post-rosa. Pero yo no soy un idiota, así que diré que estoy en mi etapa magenta.

¿Es el amor la única salvación?

La salvación es la serenidad. Quien busca la salvación en el amor acabará sin salvación y sin amor.

Una sentencia como un dictum personal e intransferible preside su red social: «A ganar/ o a perder;/ pero a lo grande». ¿Podría ser su actitud vital?

Es mi actitud vital. Si cuando pierdes no sales revolcado, es que no has ido con la suficiente fuerza a por la victoria.

¿Rafael Sarmentero piensa en Rafael Sarmentero en términos literarios?

Rafael Sarmentero pasa todo el día pensando en sí mismo en términos literarios. Por supuesto que intento hacer y hago otras cosas, pero al final del día no puedo evitar recordar esas demoledoras palabras de Alberto Domínguez: «Para mí, todo lo que no sea escribir es perder el tiempo».

¿Tiene algún mensaje que quisiera transmitir a sus contemporáneos?

Como campeón del mundo de literatura, lo único que puedo decirles es que me sigan leyendo a ver si aprenden un poco.

 

Sarmentero, señoras y señores. Genio y figura.

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