Pequeña historia de una gran puerta: la puerta de Atarazanas, de Málaga

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Miguel Bueno Jiménez, «Piedra»

Se acercaba el año de gracia de 1362 cuando Mohamed V, que había sido rey de Granada, abandona su exilio en Fez en la corte de su amigo el sultán mariní Abú Salim, y vuelve a Málaga para reconquistar el trono nazarí.

En esas, muere su amigo Abú Salim y no tiene más remedio que aliarse con Pedro I de Castilla para derrocar al usurpador, su cuñado Mohamed VI, llamado el rey Bermejo.

Con las tropas de Ronda y Málaga y las cristianas de Pedro I, vence en la batalla de Guadix al rey Bermejo y, después de algunos avatares, consigue recuperar el trono en la primavera de 1362.

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Su segundo reinado serán 30 años de esplendor para Granada, donde embellece la Alhambra, construyendo el palacio del patio de los Leones, pero no olvida el apoyo de Málaga, restaurando la muralla fenicio-romana y levantando la bella puerta a las Atarazanas que hoy disfrutamos. Aún se conserva en la portada su escudo con la leyenda «Sólo Dios es vencedor, ensalzado sea».

Las Atarazanas que, según Münzer, en 1492 tenía seis arcos abiertos para fondear barcos, mantiene su labor de taller de navíos hasta finales del XV cuando, según se recoge en las crónicas de Hernado del Pulgar, el edificio aún se situaba junto al mar. A partir del siglo XVI, la deforestación de la cuenca del Guadalmedina hace retroceder la línea de costa por los aportes de arena del río y se pierde la función de azzanas («casa de fabricación de navíos»), quedando las Atarazanas reconvertidas en almacén y mucho más tarde, después de variados usos, en mercado.

El 9 de Septiembre de 1979, la puerta de Atarazanas es declarada monumento histórico-artístico.

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Vidriera de la puerta de las Atarazanas (Foto: Miguel Bueno Jiménez)

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