«Parto de un molde clásico y, de vez en cuando, le meto conceptos que surgen o habitan en el hoy»

Por Daniel Vila García

 

La poesía española nos debía un gran poeta. Jesús F. Úbeda (Ciudad Real, 1989) es ese poeta que con Aterrizaje forzoso nos ha despertado del largo letargo con un poemario bajo el brazo. La editorial Cultiva Libros ha tenido el atino de publicarlo. A estas alturas, el libro de Úbeda es todo un suceso editorial. Estamos de enhorabuena. Celebremos. Nos lo merecíamos los lectores. En los últimos años, casi dos décadas de indecencia y banalidad, la literatura ha ido degradándose y todos nosotros hemos asistido a esta deplorable realidad. Tal vez sea la poesía el género literario más devaluado y castigado de todos. De un tiempo a esta parte, se imponen melifluas propuestas de marketing. Proliferan tuiteros estrellas e instagrammers. Hoy día, las principales editoriales buscan desesperadamente a chicos bienintencionados que sepan juntar unas cuantas letras y que den la talla en el mundo influencer. Lo que se lleva es el aforismo de wifi y la ESO. Remedos de Paulo Coelho. Y, en mitad de este panorama desolador, aterriza un poeta. Por derecho.

Jesús F. Úbeda viene a traer el equilibrio a la Fuerza. Es, parafraseando a Joan Manuel Serrat, la rosa que fue a nacer entre cardos como revancha. Trae la conjura para la cura de nuestro mal endémico. Úbeda ha bebido de los licores suaves de los grandes cantautores (nacionales e internacionales) del rock, ha absorbido a los más cualificados poetas contemporáneos y, por supuesto, ha interiorizado a los clásicos tanto como para actualizar un género tan canónico y en peligro de extinción como el soneto. Y en este salto al vacío, el paracaídas se abrió y el poeta fértil que esperábamos se anunció finalmente emergiendo gloriosamente.

Jesús, ¿por qué elegiste debutar en la poesía y probar tus armas con un género tan primoroso como el del soneto?

En realidad, quería escribir una novela, pero me estaba quedando muy knausgardiana. Más que de obras, aunque también, soy un lector de autores, por decirlo de algún modo. Y cuando uno me engancha, se me pegan demasiadas cosas. Me cargué el texto en prosa que tenía hecho, ya digo, por knausgardiano y por excesivamente personal. Soy pudoroso. La pulsión literaria no se iba y encontró cauce y refugio en la bendita, por rígida y por musical, estructura del soneto.

¿Cómo fue el proceso creador? ¿Te cuidaste de las rimas propias e impropias?

Torrencial e intermitente. Había días que escribía dos o tres poemas. También hubo algunos con los que me tiré días, si no semanas. Cuando tenía 15 ó 20, le di a mi amigo el escritor José Antonio Soto Cruz el primer borrador y me advirtió de que tuviera cuidado con las sinalefas y los hiatos. Tuve que hacer matemáticas para cuadrar versos de poemas que ya tenía cerrados. En cuanto a las rimas propias e impropias, bueno, he intentado huir de los «noche / coche» y derivados. Fogonazos impropios los hay y más que evidentes, o eso he intentado. Para que el lector sepa qué hay en mi biblioteca.

A primera vista, llama la atención la cantidad de neologismos y préstamos lingüísticos que utiliza. ¿Fue premeditado o forzado por las circunstancias?

Fue natural. También me pasa con los artículos o las entrevistas. Parto de un molde clásico y, de vez en cuando, le meto conceptos que surgen o habitan en el hoy. Aun así, cuando lo hago, suele ser con ironía o mala leche. Hay por ahí alguna referencia al Instagram o al Candy Crush —escrito «Crash» en el libro a propósito— con un toque de vinagre.

En alguna ocasión has dicho que este libro es un poemario que quiso ser novela de autoficción. ¿Puedes explicarlo más detalladamente?

Ya te he mencionado antes a Karl Ove Knausgard. Escribió su vida ficcionada en una colección de seis libros titulada Mi lucha —en España, falta por ver la luz el último—. Me hipnotizaron esos libros y quise tomar su molde y escribir sobre él. Se notaba demasiado que era su molde. La pulsión no se iba, dejé un soneto, a modo de juego, en Facebook, un par de amigos que escriben me lo aplaudieron, luego dejé otro, y ya el tercero me lo guardé para mí. No hay épica en la cosa, sino más bien patetismo, ego y posmodernidad.

Es inevitable la pregunta, ¿por qué bautizar esta primera obra con el evocador título de Aterrizaje forzoso?

La gente se cree que es un título triste y no, lo jodido hubiera sido llamar al libro «Accidente aéreo». Digamos que llevaba una vida demasiado nocturna y, permíteme el eufemismo, divertida. Y pasé de vivir en un piso que parecía Altamira a uno con calefacción central; de tener un sueldo de becario a uno digno; de abusar del Mayaray a tomar, como mucho, una o dos copitas por semana, y gracias. Maduré sin darme cuenta y sin mucho trauma. El trauma vino cuando me di cuenta de que había cambiado mi vida de un modo tan silente y, a la vez, implacable.

Me gusta mucho la portada. ¿Fue una idea tuya o una propuesta de la editorial?

Odio hacer deporte, pero si uno quiere librarse de la barriga… La idea de la portada se me ocurrió corriendo, haciendo el circuito de las pistas de Canal. Es Ícaro cayendo, pero con un paracaídas. La brillante ejecución es de mi amigo Enrique Sánchez Huertas.

A lo largo de los 38 sonetos se respira cierto desencanto vital pero a su vez la ironía y el sarcasmo alivian el tono. ¿La poesía debe ser melancólica?

No tiene por qué. No encuentro mucha melancolía en la mayor parte de las obras de Quevedo o de Rimbaud, por ejemplo, y te diría que, con Ángel González, es mi sacrosanta trinidad poética. La ironía y el sarcasmo vienen a decir que, en realidad, lo que cuento no es para tanto.

En tiempos donde la poesía mediática la capitalizan intelectuales como Marwan o Defreds, ¿es osado presentarse con un libro de sonetos?

No lo sé. Aterrizaje forzoso, en realidad, es un capricho. Yo quería y necesitaba escribir un libro, y aquí está el resultado de esa necesidad. No pretendo que sea mediática. Mis objetivos materialistas pasaban por agotar la edición y por llenar en la presentación. Han sido cumplidos y con creces. ¿Marwan o Defreds? No los he leído. De los nuevos o, mejor dicho, de quienes no peinan canas, a quien aplaudo hasta reventar es a Antonio Lucas.

Como lector, agradezco que el amor y el desamor ocupen contadísimas páginas en detrimento de una narrativa de la experiencia. Desde mi punto de vista, al género poesía le sobran hoy día melodramas y consejos de autoayuda. Si buscáramos un paralelismo discográfico, estamos ante un álbum más Modern Times que Blood on the tracks, ¿me compras el ejemplo?

Compararme con Dylan es como comparar a un mosquito con un tiranosaurio. Es curioso: Dylan no está explícitamente en el poemario porque llevaba o llevo un tiempo alejado de él. No soporto sus discos de versiones. Pero sí, te compro la comparación. No hay sangre en mis versos. De hecho, «Miocardio» es el capítulo que menos tiene que ver conmigo, el más ficticio y el que más trampas y mentiras y falsos atajos tiene. Por pudor.

Cuando comenzaste a escribir, ¿tenías presente algún autor o poemario de referencia?

Sí. Palabra sobre palabra de Ángel González, Las flores del mal de Baudelaire, Los desengaños de Antonio Lucas. También están, difuminados, Rimbaud y Luis Alberto de Cuenca. Me gustaría, como ya te dije, que el lector se diera cuenta de ello. Luego, las referencias musicales, homenajes al margen, son constantes: mis queridos Igor Paskual y Enrique Bunbury, Dylan, Cohen, Nick Cave, Bowie… De hecho, si hay una canción que vertebre o justifique el libro es «Sunday», donde el inglés canta: «And nothing has changed / and everything has changed». Esos dos versos resumen a la perfección Aterrizaje forzoso.

Hay algo muy de agradecerte como lector. Escribes en un perfecto español. No le tienes miedo a la metáfora en su sitio. Hoy día es dificilísimo encontrar a un poeta que cultive las amplias posibilidades de nuestra lengua, con su riqueza y matices. ¿Trabajaste mucho el lenguaje?

Mil gracias. Amo a mi idioma y procuro cuidarlo. No sé si he trabajado mucho el lenguaje. Si lo he hecho, ha sido de un modo inconsciente. Todo es fruto de mis lecturas. Tengo una rutina lectora. Vivo cerca de una biblioteca y, tras la sagrada siesta, voy a ella y me tiro, más o menos, dos o tres horas diarias leyendo.

Todo libro es un trasunto de la vida, una cartografía del alma del propio autor. ¿Hasta qué punto es un libro autobiográfico?

Es un libro muy autobiográfico, sí, pero no radicalmente autobiográfico. Parto de un «yo» muy reconocible en mi vida, pero procuro desviarme por carreteras secundarias de ficción. Digamos que dos terceras partes de las que he escrito en el libro me han pasado, las he vivido, las he pensado, sentido, etcétera.

¿Crees que uno no elige el libro que escribe y que, por el contrario, es éste el que elige a su autor?

Totalmente de acuerdo. Siempre diré que no soy un poeta, sino un periodista que ha escrito un libro de versos. Imagino que, si vuelvo a escribir, iré por el camino de la prosa, aunque nunca se sabe. Pero, instado, sobre todo, por Igor Paskual, intenté ampliar el poemario. Y no tuve pelotas. Se fue la musa y se acabó la inspiración. No he vuelto a escribir versos o, si lo he hecho, o bien no me han convencido, o bien no han pasado de ser meros crucigramas de entretenimiento personal.

¿Podríamos decir que Aterrizaje forzoso es un poemario melancólico escrito por alguien que ha sobrevivido intacto al último verano de su juventud?

Tampoco conviene exagerar. No estoy retirado del todo. Mis compadres del Ocean Rock Bar, mi parroquia malasañera, pueden dar buena fe de ello. Lo que pasa es que ya apetece menos ser un presunto bohemio de garrafón. Creo que lo que más me gusta de Aterrizaje forzoso es ese puntito cabrón que tengo a la hora de reírme de mí mismo. No soporto las poses. Son tan falsas, tan líquidas… Líbreme Dios de buscar el «me gusta» de Instagram.

También es una celebración de la vida y de la amistad. Invita al disfrute, ¿no crees?

Por supuesto. Algunos de los homenajeados en el último capítulo son amigos de verdad. Raúl del Pozo, Igor Paskual, Enrique Bunbury, Concha García Campoy (en paz descanse)… son personas que se han portado y se portan de putísima madre conmigo. Sé que puedo contar con ellos, están siempre ahí. Por otro lado, hay, disfrazados, no pocos amigos menos ilustres, anónimos en el libro, pero que en mi vida son primeros espadas.

¿Cómo se puede conjugar el lenguaje exquisito que usted maneja, esa cultura que derrocha en su poesía, con la posibilidad de comunicar al lector?

Tampoco exageres, no soy para tanto. Mi idea pasa por no tomar al lector por gilipollas. Me conformo con llegar a, citando a Ortega, «una inmensa minoría». Y me dejo el alma, la cabeza y los dedos en que esa inmensa minoría disfrute con mis textos. Soy muy exigente conmigo mismo.

¿La poesía es comunicación?

Es como lanzar una botella con un mensaje al mar. Perdona la cursilada. Supongo que todo texto es comunicativo per se, o debiera serlo.

¿Te definirías como un poeta de línea clara?

Me defino como un periodista que ha hecho un libro de sonetos para satisfacer un capricho urgente.

¿Qué opinas del panorama actual de la poesía? ¿Acude a esas ceremonias procelosas de los recitales ahora llamados jams?

Francamente, creo que, en general, hay falta de discurso y de experiencia y exceso de posmodernidad. Creo que hay mucho poeta que intenta triunfar en Twitter. Respecto a las jams, he ido alguna, pero no para escuchar poemas, sino para intentar embaucar a alguna asistente.

Jesús, en nombre de la revista La Andalucía, te quiero felicitar por la publicación de Aterrizaje forzoso, un poemario a la antigua usanza y con pulso de mercurio. ¿Tendremos la suerte de recibirte por los mares del sur en alguna presentación o al final de la escapada?

No lo creo, aunque me gustaría. Soy un andaluz de palo. Tengo un nutrido grupo de amigos en Granada, y visito esta maravillosa ciudad varias veces al año. Y hace dos años estuve en Cádiz y me enamoré de la ciudad y sus gentes —suena a tópico, pero es verdad—. Quiero volver este verano, de hecho.

 

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