Mujeres en el punto de mira: la mujer en la Guerra Civil Española

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La militante comunista Maria Ginestà. Fotografía tomada por el fotógrafo alemán Hans Gutmann (Juan Guzmán) el 21 de julio de 1936 en la azotea del Hotel Colón de Barcelona.

 

Noelia García Millán

La historia de cualquier país es también la historia de muchas mujeres. Mujeres valientes y luchadoras que arriesgaron e incluso perdieron su vida luchando en el frente o en la retaguardia en pos de valores como la libertad y la igualdad social.

Tradicionalmente la guerra ha sido territorio masculino, dado que para el sistema patriarcal, las mujeres eran consideradas el sexo débil. Las pocas mujeres que acompañaban al ejército lo hacían en condición de prostitutas o cocineras, siempre al servicio de los hombres. Sin embargo, a lo largo de la historia, las mujeres también se han visto obligadas a hacer uso de las armas para defender a su familia y su hogar cuando los hombres estaban ausentes en tiempos de guerra. Otras incluso han liderado batallas, como la ilustre Juana de Arco.

En las contiendas, las mujeres no sólo sufrían las consecuencias directas de los conflictos armados, sino que también eran víctimas de daños colaterales al ser objeto de vejaciones y agresiones sexuales.

A pesar de su manifiesto protagonismo, las mujeres son las grandes ausentes en los libros de texto escolares, nunca han sido objeto de reconocimientos ni han recibido condecoraciones. La mayoría de ellas fueron mujeres anónimas que lucharon de forma silenciada, junto con los hombres, en el campo de batalla.

Si nos centramos en uno de los conflictos armados que desagarró España en dos mitades, podemos observar cómo el papel de las mujeres durante la Guerra Civil ha estado claramente diferenciado por la ideología del partido donde militasen, pero, independientemente de ello, siempre ha estado subyugado al poder de los hombres.

A las mujeres siempre se las ha relegado al ámbito doméstico y reproductivo. El patriarcado y la división sexual del trabajo las mantenía apartadas de la vida social, cultural y económica, siendo muy escasas sus posibilidades de escolarización y deplorables las condiciones laborales para aquella pequeña minoría que lograba acceder a un empleo.

Tras instaurarse la II República en 1931, la igualdad de los sexos pasó por fin a ser una posibilidad real tras aprobarse una nueva Constitución. Las mujeres empiezan a recuperar derechos, entre ellos el derecho al sufragio y al divorcio, a participar activamente en organizaciones, partidos políticos y movimientos feministas, consiguiendo así hacerse oír.

Sin embargo, estos avances se vieron colapsados y sufrieron una regresión tras la sublevación y el golpe de Estado perpetrado por el Ejército español contra el gobierno de la República, democráticamente elegido. Este acontecimiento desencadenó en España un conflicto bélico entre dos bandos, el nacional y el republicano.

Durante el conflicto, las mujeres republicanas adoptan un rol reivindicativo y se suman a la lucha de la clase obrera por la libertad, rompiendo así con la subordinación a las que se las tenía sometidas.

Tras una gran campaña propagandística, muchas mujeres se unen a la milicia y algunas emprenden acciones de combate, mientras otras permanecen en la retaguardia trabajando por defender la causa republicana contra el fascismo pero también para proteger sus derechos sociales y políticos recientemente adquiridos. Es en este bando donde la mujer adopta un papel emancipador y revolucionario en la lucha por sus derechos. Una de las figuras más representativas del papel de la mujer republicana en el conflicto fue Dolores Ibarruri, «la Pasionaria».

Sin embargo, aunque a una minoría se les permitió su implicación activa en la guerra, no contaron con muchas facilidades para luchar en el frente y, finalmente, fueron destinadas a la retaguardia por considerar que carecían de preparación militar y fuerza física. Las milicianas se vieron sometidas a muchas críticas y desprecio, dado que se las tachaba de ir al frente a buscar marido o a prostituirse, propagando así enfermedades venéreas a los soldados.

Ante estos argumentos, muchas milicianas abandonan el frente para dedicarse a tareas que aseguren el mantenimiento de las tropas, pues se las considera más útiles en labores de enfermería, costura, cocina o lavandería.

Este rol de la mujer como acción reivindicativa contrasta con la actuación de las mujeres de la zona nacional, donde la mujer adopta nuevamente un papel de sumisión, marcado profundamente por la ideología franquista y clerical. Sus ámbitos de actuación vuelven a ser exclusivamente el hogar, la familia, la beneficencia y la sanidad, sectores claramente feminizados. Aún así, muchas de ellas participaron de forma indirecta en el conflicto bélico, aunque con una única misión de ayuda a la contienda, trabajando en fábricas para tejer ropa para los soldados, fabricar municiones o auxiliar heridos.

Desde este bando, el papel de las mujeres como madre o esposas no era compatible con la vida pública. Por lo que a las jóvenes del partido se las educaba en la religión católica y en las doctrinas falangistas con la finalidad de que fueran buenas madres y esposas, enfermeras en la contienda y perfectas amas de casa. Destacan en este bando por su participación activa Pilar Primo de Rivera y Mercedes Sanz Bachiller.

Vemos, por tanto, que la mujer falangista sólo participó en la retaguardia, único ámbito donde se permitía su contribución, mientras que la mujer republicana, además de intervenir en el frente, se integró de forma activa en organizaciones políticas y sindicales, llegando incluso a ocupar puestos de dirección política.

Las mujeres republicanas no sólo esgrimen reivindicaciones políticas sino que pretenden, además, luchar por sus derechos y libertades frente a las mujeres del bando nacional, que no tiene reivindicaciones propias, salvo el mantenimiento de los ideales y de la doctrina del partido falangista, perpetuando así la tradicional división de roles de género.

Sin embargo, la figura de la miliciana tuvo más un carácter propagandístico y, aunque se avanzó en los derechos de la mujer, al finalizar la guerra, la situación de las mujeres no varió en gran medida. No obstante, ello supuso un gran avance en la lucha por igualdad de oportunidades, dado que permitió la visibilización de la mujer y la sociedad empezó a tomar conciencia del valor de las mujeres.

Independientemente del papel adoptado por las mujeres en esta contienda y sus diversas reivindicaciones políticas, individuales, colectivas o partidistas, es fundamental visibilizar su participación. Una participación que fue imprescindible para los dos bandos no sólo en la contienda, dado que gracias a ellas, mientras los hombres luchaban, ellas mantuvieron la sociedad en marcha.

Su protagonismo en la guerra y en la historia ha quedado oculto por el machismo de una sociedad asentada sobre un sistema patriarcal. Visibilizar sus logros permite tomar conciencia de que los progresos hoy alcanzados tienen su base en la lucha de todas estas mujeres anónimas y olvidadas. De ahí que éste sea un pequeño homenaje a todas aquellas guerreras que dieron su vida por un mundo mejor.

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