Meditaciones bajo la lluvia

 

Eme Vala

Si es inusual encontrar gente que pasee bajo la lluvia sin paraguas y con apenas abrigo, más inusual es encontrar gente que no califique esto como un acto incoherente. Como si le tuviéramos miedo a la lluvia nos refugiamos en cuevas aislantes, llámense casas, colegios, catedrales… Pero pensándolo fríamente, si analizamos el ciclo del agua que ahora nos cae encima, no es descabellado pensar que puede tratarse de las mismas partículas que cayeron, por ejemplo, del Kilimanjaro sobre las cabezas de pastores masai. Esas mismas partículas han formado alguna vez parte de las nubes, pero quién sabe lo que esas nubes han visto en África o en cualquier otro continente. Tal vez estas gotas que ahora nos mojan las gafas formaron parte del río Nilo en el Antiguo Egipto garantizando una abundante cosecha aunque todos los méritos se los atribuyeran al dios Osiris. Tal vez son las mismas que desviaron en una tormenta la trayectoria de tantísimos barcos en tantísimos momentos diferentes de la historia. De la misma forma, podemos imaginar que se trata del agua que movió tantas veces las turbinas de las centrales hidroeléctricas de Cataluña, Galicia o León. Incluso podríamos apurar diciendo que igual que nosotros somos un 70% de agua, podríamos ser un tanto por ciento de otras muchas personas que lo fueron antes que nosotros.

Llueve sobre mojado siempre, porque no podemos obviar que nuestro planeta es en su mayor parte hidrosfera, a pesar de que lo llamemos el planeta Tierra. ¿Pero qué es la Tierra sino una consecuencia? ¿Qué somos nosotros sino otra consecuencia?

Con esta reflexión no quisiera yo exaltar el pensamiento de Tales de Mileto, quien ya en la Antigua Grecia se dedicó a investigar las primeras causas y los principios de la vida y la naturaleza y llegó a la conclusión de que el agua era el origen de todo esto. Tan sólo quiero recordar la eterna paradoja del cambio versus la identidad: si vamos paulatinamente sustituyendo piezas de un barco hasta sustituirlas todas, ¿es el mismo barco u otro barco distinto?

Tenemos en común con la lluvia, el cambio de la materia. La histología ha demostrado que con diferentes velocidades, las células de nuestro cuerpo se reemplazan, en una gran mayoría, cada menos de 7 años y las células que no se reemplazan por completo (por ejemplo las neuronas), reemplazan sus componentes (átomos y moléculas) en los procesos fisiológicos normales. De lo dicho, se concluye que el cuerpo que estamos viendo en el espejo, cual Paradoja de Teseo, es completamente distinto del que vimos hace 7 años o más y es distinto del que veremos dentro de 7 años o más.

Entonces, ¿no es negar la lluvia, negarnos a nosotros mismos?

 

 

Este artículo fue publicado originalmente en el blog Colijazz.

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