Macrocosmos y microcosmos en el dolmen de Alberite

 


Saulo Ruiz Moreno

Aún es de noche, pero el cielo comienza a clarear. Al este se recortan algunas montañas que delimitan una vasta llanura salpicada de árboles. La mañana se ha levantado fresca, pero no tardará en volver la flama del estío. Por lo demás, el silencio ocupa el resto de un lugar en un tiempo que parece ausente y que podría haber pertenecido a cualquier otro momento de siete mil años atrás. Sigo aguardando la llegada del fiat divino en un horizonte bien delimitado por los dos menhires que flanquean la entrada del dolmen, un segmento de mundo preparado para escenificar el primer drama cósmico. A la izquierda, el menhir boaz señalaba la salida del sol durante el solsticio de verano. A la derecha, el menhir jakin marcaba con una precisión exquisita el orto en el equinoccio. El segmento sería la unidad, el todo, el caldo primigenio o Caos primordial que contenía todo el Universo en su seno, aunque informe y sumido en la oscuridad a la espera de la llamada del verbo.

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Amanecer en Alberite

De pronto, un brillo cegador alumbra el horizonte. Es solo un punto, pero conquista con su fulgor gran parte de la bóveda celeste. El segmento primordial se ve partido en dos según una antigua proporción asociada a la generación y el crecimiento. A la izquierda, la unidad del segmento Caos se ha resuelto en 1/ϕ2, mientras que a la derecha, ha quedado 1/ϕ. Este hecho no es casual ni baladí. Los antiguos egipcios, que registraron los misterios del mundo primigenio, enseñan que en el origen del mundo el Caos original, indeterminado y oscuro como la noche, se dividió en dos por la acción creadora divina según la proporción áurea, de manera que 1/ϕ2 determinaría la fracción pura, perfecta, quintaesencial, celeste; mientras que la fracción restante, 1/ϕ, sería el Cosmos, la tierra imperfecta donde el demiurgo daría forma a nuestro mundo sublunar. El valor del número áureo o ϕ, que es un número irracional, se aproxima a 1,618; de forma que 1 = 1/ϕ2 + 1/ϕ.

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Orientación del dolmen de Alberite

De pronto, un horizonte anciano, un perfil olvidado desde hacía siglos y que habían delimitado los pobladores de las praderas del curso medio del Guadalete allá por el V milenio antes de nuestra era, comenzaba a narrarme una idea sobre el origen del mundo, un relato cosmogónico que creía más reciente, actual, una idea de desarrollo del todo a partir de la nada por la aplicación del orden divino, de un patrón geométrico concreto, de una ley física que otorgaba una estabilidad superior a una combinación de elementos frente a otra.

Mientras las fuertes mareas que animan el mercurio de lo sabios el día de Santiago batían la costa, los primeros rayos de ese amanecer primordial del 25 de julio se colaban hasta el final del largo corredor del dolmen hasta impactar en la losa que protegía la cámara. El monumento, una loma artificial en mitad de la llanura, parecía el vientre de la Madre Tierra, Gea, que ofrecía su sexo al Cielo, Urano, quien, con su falo solar, penetraba hasta su interior para inseminarla de vida celeste, del patrón divino capaz de animar lo inerte. Allá dentro, en la cámara uterina, los arqueólogos habían hallado el cuerpo del difunto en posición fetal durante la excavación del yacimiento, un cuerpo que esperaba en el claustro materno renacer a esa otra vida de perfección en los Cielos.

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Juego de sombras durante el albor

Así, al mismo tiempo que en el exterior, el horizonte narraba el mito del origen de los tiempos, el alfa que ha dado origen y que con su desigual reparto de elementos ha servido de motor al desarrollo del Cosmos. En el interior del dolmen, se escenificaba la redención de la materia por la quintaesencia, el omega, la exaltación de lo que era impuro en pureza. Conceptos muy bien hilados y tratados con una pulcritud y elegancia que hacen del dolmen de Alberite uno de los monumentos de mayor expresividad de la historia. Una construcción ancestral que suma a sus virtudes la dificultad técnica de la colocación de tal cantidad de ortostatos y cobijas de dolomías procedentes de canteras muy alejadas y con un peso de varias toneladas.

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Primer rayo de sol al amanecer

Quien quiera visitar este mágico lugar no tiene más que viajar a Villamartín, pueblo blanco de la serranía gaditana que ya transita a campiña junto a la fértil vega del Guadalete. Un paraje extraordinario en el que vi amanecer cada día desde el solsticio de verano al equinoccio de otoño de 2010 hasta entender qué ocurría allí y poderlo contar en La senda de Akash. Un lugar con yacimientos neolíticos, tartésicos, villas romanas, restos visigodos y un rico patrimonio medieval que merecen una visita reposada, disfrutar de sus paisajes naturales y su gastronomía. Si se va por carretera, la A-384, desde Bornos, se debe tomar la primera salida hacia Villamartín y, una vez abandonada la A-384, en lugar de subir hacia el pueblo, tomar a la derecha una carretera rural que se interna en la campiña entre fincas. A escasos 6 km, de nuevo a la derecha, un viejo cartel de carreteras marca el carril que conduce a la finca, un camino estrecho pero firme que pasa sobre el arroyo Alberite y entre unos cortijos centenarios antes de llegar al largo camino de cipreses que ennoblece la entrada al monumento, restaurado y con una gran cubierta de metal que simula el espacio que habría ocupado la colina artificial.

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Ortostatos al amanecer. Luces y sombras

 

Saulo Ruiz Moreno
25 de enero de 2017
Día de la transformación de lo caótico por la luz
Localización exacta del dolmen de Alberite: 36.816014, –5.636422

 

Este artículo ha sido publicado en La Andalucía con la autorización del autor

 

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