Machu Picchu

Por Miguel Bueno Jiménez – Piedra

 

Has leído historias de Machu Picchu, has conocido infinidad de fotos, pero ya en el tren hacia Aguas Calientes no sabes por qué ventanilla mirar. La selva cada vez más densa: bromelias, orquídeas y líquenes cubriendo los árboles. Arriba, en la montaña, los glaciares colgados de las peñas, que parecen a punto de caer.

El río de aguas turbulentas va abriendo camino en el bosque para que pase el tren y, de vez en cuando, aparecen ruinas incas, enormes, colgadas de las laderas, en lugares increíbles.

Coges el autobús para ascender a Machu Picchu, te vas adentrando en la selva gracias a un carril zigzagueante y las enormes paredes de granito cubiertas de bromelias no te dejan reposar.

Pero todo es nada, cuando llegas arriba parece un sueño. Mira que lo has visto muchas veces en libros y revistas, que habías preparado el viaje con textos y fotos en Internet. No tiene nada que ver, el espectáculo te sobrecoge, no solo el poblado tan extenso, ni los balates en pendientes que asombran, es además el lugar.

Ese circo de montañas talladas por el río que corre a los pies, la selva que lo rodea, las nubes que te van abriendo poco a poco las montañas, para que la emoción no decaiga, el tamaño de los edificios, los bloques de roca granítica tallada al milímetro para que encajen perfectamente una sobre otra. La vegetación, con orquídeas en flor por doquier, y la fauna.

Tuve la suerte de fotografiar chinchillas, que acostumbradas al paso de la gente, posaban todo el tiempo del mundo, infinidad de aves de colores brillantes, golondrinas azules, otras parecidas a nuestros gorriones, pero de collarín rojo al cuello, una bandada de loros, lagartos tomando el sol y las llamas asomadas al vacío, dando la espalda al personal.

Subimos dos días, el segundo, viendo amanecer entre las cumbres de las montañas, y siempre nos sorprendió la belleza de Machu Picchu. Si la ciudad incaica por sí misma ya es una maravilla, estuviese donde estuviese, el entorno que la cobija es todo un lujo y, aunque hay muchos visitantes, si sabes moverte, te parece, en muchos momentos, estar solo con el espíritu del inca Pachacútec.

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Este artículo fue publicado en el espacio personal de Piedra

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