Machado entre dos tierras

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Daniel Vila

Decía Baden-Powell que el hombre no es más que un proyecto y la vida, una especie de barco que cada uno tiene que llevar a buen puerto. Sin quererlo, a veces, nos tomamos a nosotros mismos como rehenes y pedimos un rescate confundiendo el parnaso con el desierto. Cambios hormonales. Ciclos estacionales. Octubre es una realidad. Septiembre, un lejano recuerdo, un cadáver exquisito con los ojos abiertos. El verano agonizó y con él, todas las autopromesas baratas. Octubre se presenta implacable. Viene a recordarnos que debemos comprometernos, provisionarnos.  Es un mes de natural desaprensivo con esa costumbre feroz de arrancarnos de raíz de las vacaciones e imponernos el traje gris de la rutina. Desconsoladas filas de niños vuelven al colegio, impotentes maridos mastican sus horarios de oficina. Un horror. Octubre se nos presenta con su astenia otoñal y nos confirma que hay que atarse los machos. Recta final del año. Conviene cargar pilas y renovar el ligue.

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Me permito tratar de cambiarles el clima mientras la tarde madura con grávida dignidad. En estas fechas tan proclives a la soledad, evoco algunos de los mejores versos otoñales. Al contrario de lo que cabe pensar, el otoño es una estación tan poética como la primavera. Si bien el segundo representa fertilidad, armonía, pasión; el primero, solemnidad, madurez, estoicismo. A grandes rasgos, el poeta canta en primavera y reflexiona durante el otoño. En mi más humilde opinión, nadie versó mejor el otoño en español que Pablo Neruda:

«Te recuerdo como eras en el último otoño.
Eras la boina gris y el corazón en calma.
En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo.
Y las hojas caían en el agua de tu alma».

Sin menospreciar el cometido del poeta, ese cántico a la amada desde la mesura y el tiempo desgastado, me gustaría centrar esta temática otoñal en una vertiente más político-social. Desde la filosofía barata y los zapatos de goma, claro está. En estos días de tanta algarabía, no está mal recurrir a la eufonía poética. Adoro el espectáculo pornográfico para la razón en que se ha convertido la prensa tras el fin de las utopías. No obstante, la alegría no es únicamente brasileira. En nuestros campos y dehesas también hallamos el «beatus ille». En nuestras costas y valles también se esconde la dicha. Para ello, un pequeño examen de conciencia. Nos serviremos de la lectura de uno de nuestros grandes poetas del siglo pasado, el sevillano Antonio Machado. Por definición, el tejedor de versos más otoñal que ha pisado tierra.

La poesía de Machado siempre tuvo una hondura muy personal. De hecho, en buena parte de su obra subyace una carga filosófica de carácter oriental que fascina a propios y a extraños. Tal vez, esa manera tan sutil y pedagógica sea la razón por la que su obra ha resistido tan bien al paso del tiempo y todavía en nuestros días sea de una vigencia y popularidad altamente considerables. Su poesía es accesible. Irresistible para el lector medio. Memorable para el más avezado.

El poeta y dramaturgo francés Jean Cocteau escribía que no debemos confundir la verdad con la opinión de la mayoría. Hay algo de verdad desnuda en la poesía de Antonio Machado. Cierto amor a la pedagogía. Aunque sea errado confundir la mayoría imbécil con la mayoría social, los siguientes versos sintetizan este párrafo: «El ojo que ves no es /ojo porque tú lo veas; /es ojo porque te ve». Esto es: «¿Tu verdad? No, la verdad; /y ven conmigo a buscarla. /La tuya guárdatela». Puro y duro axioma machadiano.

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Finalmente, me despido esta semana. Antes de que se acabe el último párrafo, me gustaría aclarar algo: en la presente dimensión funcional de Estrella Roja no debiera (o no me gustaría) colarse la rabiosa actualidad. Sé que es inevitable, pero vale la pena hacer el esfuerzo de huir de ella en esta humilde columna que tan amablemente me ceden los amigos de La Andalucía. Así pues, no quisiera echar más leña al fuego con el monotemático sambenito que invaden nuestras intimidades los guardianes de la información. Y, sin embargo, me gustaría recordar que, más allá de nuestros pagos, España como problema siempre fue el tema favorito de contertulios, particulares e intelectuales. Por ello, quisiera compartir con vosotros, queridos lectores de La Andalucía, los siguientes dos poemas machadianos (números LII y LIII «Proverbios y cantares») del célebre e inmortal Campos de Castilla:

 

LII.

«Discutiendo están dos mozos
si a la fiesta del lugar
irán por la carretera
o campo atraviesa irán.
Discutiendo y disputando
empiezan a pelear.
Ya con las trancas de pino
furiosos golpes se dan;
ya se tiran de las barbas,
que se las quieren pelar.
Ha pasado un carretero,
que va cantando un cantar:
“Romero, para ir a Roma,
lo que importa es caminar;
a Roma por todas partes,
por todas partes se va”».

 

LIII.

«Ya hay un español que quiere
vivir y a vivir empieza,
entre una España que muere
y otra España que bosteza.
Españolito que vienes
al mundo, te guarde Dios.
Una de las dos Españas
ha de helarte el corazón».

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