Luis Cernuda, el andaluz oculto

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Daniel Vila

Esta semana, mis admirados lectores de La Andalucía, vengo a reivindicar a Luis Cernuda. El escritor sevillano es uno de nuestros grandes poetas del pasado siglo y, tal vez, de los más olvidados dado su carácter hermético. Ironías del destino. Paradojas de la vida moderna. Así pues, de manera sucinta, trataré de loar la figura de Luis Cernuda. No sin antes proceder a un breve preámbulo que considero importantísimo.

En los últimos años, observo una creciente oleada de deslegitimación por figuras literarias como Pablo Neruda. Me fascina la idea de minusvalorar al poeta más completo y dotado en lengua castellana del pasado siglo. Neruda, como Walt Whitman, fue un poeta total. Alguien capaz de combinar lo popular y lo culto, lo íntimo y lo social, de cantar al amor y ensalzar al hombre. Frecuentemente los críticos del nuevo milenio (esos eunucos de la literatura, esos cancerberos de la pureza) ridiculizan al poeta chileno por poemarios como 20 poemas de amor. Lo tachan de cursi y facilón. Además de denotar su tremenda ignorancia y de demostrar que jamás leyeron a los grandes poetas, estos esbirros de lo políticamente correcto demuestran no conocer Residencia en la Tierra o Canto General, por citar dos de sus más estimables obras. Sostenía Erich Fromm que en el arte de vivir, el hombre es al mismo tiempo el artista y el objeto de su arte, es el escultor y el mármol. Decía el escritor argentino Jorge Luis Borges que los escritores mediocres veneran lo popular siempre que lo popular les permita tener un glosario y alguna pompa crítica. Cuando discuta con un idiota, hay insensatez en ambos lados del debate. Raspa de la sardina. Más paradojas. El poeta Luis Alberto de Cuenca escribe: «Dicen que hablamos claro, y que la poesía/ no es comunicación, sino conocimiento,/ y que sólo conoce quien renuncia a este mundo/ y a sus pompas y obras la amistad, la ternura,/ la decepción, el fraude, la alegría, el coraje,/ el humor y la fe, la lealtad, la envidia,/ la esperanza, el amor, todo lo que no sea/ intelectual, abstruso, místico, filosófico/ y, desde luego, mínimo, silencioso y profundo./ Dicen que hablamos claro, y que nos repetimos/ de lo claro que hablamos, y que la gente entiende/ nuestros versos, incluso la gente que gobierna,/ lo que trae consigo que tengamos acceso/ al poder y a sus premios y condecoraciones,/ ejerciendo un servil e injusto monopolio». Claro que no nos explicamos si el lector medio conoce su Elsinore, la mitología de Islandia, la Edda de Snorri y la promesa de Winland. Sus cultismos, sus citas literarias, su serie negra. Por supuesto, partimos de la idea de que no todos los lectores de Luis Alberto de Cuenca son licenciados en Filología Clásica. Ni falta que hace. Pero, recuerden, línea clarísima. Con motivo del estreno de Aunque tú no lo sepas, documental sobre la figura del poeta granadino Luis García Montero, el escritor comentaba: «Si ya es raro que en España se dedique una película a la poesía, más aún que se acuerde de mi figura. Este documental es sobre todo una reivindicación de la poesía y de su papel en la actualidad, una defensa de la poesía como parte esencial de la educación sentimental de la gente. No es un arte para eruditos ni para iniciados. Y en mi caso, que tomo el amor como centro, aludo a un latido que nos une a todos». No obstante, Luis García Montero es un ciudadano tan activo que se autoproclama intelectual comprometido. Y, una vez más, suponemos que no todos los lectores de García Montero demandan del poeta sesudas intervenciones en radiofónicas tertulias políticas ni en prensa. Sin matices. Si bien Ortega y Gasset escribió que «la poesía es hoy el álgebra superior de las metáforas», hoy por hoy, por el contrario, únicamente se publican naderías. No hay un editor serio de pequeñas tiradas que sepa diferenciar una línea clara luisalbertiana de la simple llaneza de parvulario que el más tonto de la clase escribe a duras penas y con ortografía fatigosa. Leer poesía actual es ejercicio perezoso que nadie, salvo los iletrados, disfruta. Recuerdo un poema, Narices y barbillas, de Rafael Sarmentero, recogido en su poemario Dadá demodé (2011), en el que describe a la perfección el sopor propio de esos infumables recitales de la nueva poesía. Poetry slam les llaman los muy pájaros. No sé qué tienen estos papagayos de lo anglosajón, que se autoproclaman escritores y destrozan con vileza su propio idioma. De juzgado de guardia. Pues bien, como iba diciendo, en el poema, Sarmentero admite perderse entre los vericuetos de su sutileza, acepta la derrota al no ser capaz de captar la supuesta genialidad oratoria y lírica de estos rameros del lenguaje. Y el panorama donde se perpetran tales chanzas es dantesco: tugurios de la modernez donde muchachos disfrazados de informáticos van a ligar con dudosas vírgenes veganas. El sagaz aficionado habrá comprobado qué lejos están todos estos del ejemplo mayestático de la Generación del 27. Aquel grupo se llamaban asimismo, y con fundamento, la joven literatura, y conformaba un conjunto descriptible de vanguardia donde defendían el arte nuevo. Si Mariano José de Larra levantara la cabeza, se volvería a pegar un tiro en la sien.

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Volvamos a Luis Cernuda, aquel gran andaluz oculto. Cernuda pasaría a la historia de nuestra poesía contemporánea con poemas como Donde habite el olvido, una de las cimas más altas de la literatura española del pasado siglo:

 

«Donde habite el olvido,

En los vastos jardines sin aurora;

Donde yo solo sea

Memoria de una piedra sepultada entre ortigas

Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Donde mi nombre deje

Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,

Donde el deseo no exista.

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,

No esconda como acero

En mi pecho su ala,

Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

Allá donde termine ese afán que exige un dueño a imagen suya,

Sometiendo a otra vida su vida,

Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

Donde penas y dichas no sean más que nombres,

Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;

Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,

Disuelto en niebla, ausencia,

Ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;

Donde habite el olvido.»

 

Imposible permanecer ajeno a una obra tan sólida y rica en matices como la de Cernuda.  El autor de poemas como Elegía anticipada o Si el hombre pudiera decir es descrito por Francisco Brines como «un poeta que tuvo la poesía como destino personal y razón de vida».

A menudo en el exilio, más o menos forzado, más o menos interior, Cernuda escribiría, en lugares como Glasgow (Primavera vieja) o Toulouse, poemas donde evoca a Andalucía con especial sentimentalismo (Quisiera estar solo en el sur):

 

«Quizá mis lentos ojos no verán más el sur

de ligeros paisajes dormidos en el aire,

con cuerpos a la sombra de ramas como flores

o huyendo en un galope de caballos furiosos.

El sur es un desierto que llora mientras canta,

y esa voz no se extingue como pájaro muerto;

hacia el mar encamina sus deseos amargos

abriendo un eco débil que vive lentamente.

En el sur tan distante quiero estar confundido.

La lluvia allí no es más que una rosa entreabierta;

su niebla misma ríe, risa blanca en el viento.

Su oscuridad, su luz son bellezas iguales.»

Siempre entre la realidad y el deseo, siempre hermético, el poeta de la memoria sería reivindicado por la Generación del 50 y ampliamente reconocido por Jaime Gil de Biedma. Luis Cernuda se autodefinía como un andaluz oculto: «Andalucía es un sueño que unos pocos andaluces llevamos dentro». Y así versificaba este sentimiento:

«Sombra hecha de luz,

que templando repele,

es fuego con nieve

el andaluz.

Enigma al trasluz,

pues va entre gente solo,

es amor con odio

el andaluz.

Oh hermano mío, tú.

Dios, que te crea,

será quién comprenda

al andaluz.»

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