La noche del agua

 

Carlos Arbelos – Archivo de Triste y Azul

Sobre la madrugada, él se estaba muriendo y ella lloraba desconsoladamente. A mí la situación me sobrecogía, me creaba una profunda congoja saber que el final era inevitable. Sin embargo, en mi interior sonaban sin cesar el ritmo y las palabras de los últimos festivos tangos que él había cantado lleno de vida, y que habían sido especialmente compuestos para que él los transmitiera, con su voz cristalina, por su amigo Pepe:

«¡Ay!, como el agua, como el agua, como el agua.

Limpia del agua del río
como la estrella de la mañana,
limpia del cariño mío,
manantial de tu fuente clara.

¡Ay!, como el agua, como el agua, como el agua.

Como el agua clara
que baja del monte,
yo así quiero verte
de día y de noche.

¡Ay!, como el agua, como el agua, como el agua».

Llevaba horas escuchándolos en mi interior y, aunque quería apartar de mí las palabras y la música, no lo conseguía…

Con ese fondo musical, pensaba —mientras transcurrían minutos que se iban transformando en largas horas— que el agua siempre había sido un tema recurrente para José cuando cantaba. Y que resultaba toda una paradoja que en este último tramo de su vida, en mi mente sonara ese tema, cuando siempre había tenido para mí que hablar o cantar o decir el agua era decir la vida.

Su voz solía convocar a los ángeles con esos quiebros desgarrados e irrepetibles por ninguna otra garganta que no fuera la suya, con esa honda búsqueda para hacer emerger el dolor que tenían sus quejidos, la ternura casi maternal con que cantaba al amor, los larguísimos melismas que parecía nunca iban a concluir y aquella su risa —burlona y juvenil— que, al oírlo en los ritmos más alegres, lo habían convertido en el artista más aplaudido de su tiempo. Pero entonces, ahí, en ese preciso instante se estaba yendo y con él, todo lo demás…

Su vida corría —como el agua— hacia un destino incierto, ¿sabía acaso que, al igual que ella, volvería? Quizás sí o puede que no: no obstante, había sido prácticamente un analfabeto que comprendió que cantarle al agua era cantar al nacimiento, al florecimiento de la vida.

¿Sería tal vez la suya lo que el poeta llamó una «cultura de la sangre»? Porque sólo a través de una herencia ancestral, más vieja que su propia memoria, pudo haber llegado hasta su corazón esa suerte de sabiduría impersonal y perfecta, heredera de los antiguos pobladores mesopotámicos que siempre creyeron que el agua era símbolo precisamente de ella. Acaso por eso, al cantar, brillaba en sus ojos un extraño destello de erudición. Sin saberlo, porque su humildad era tan generosa como legendaria, en eso fue una suerte de involuntario Oannes, aquel mítico personaje, mezcla de pez y hombre, encargado de revelar a los seres humanos los misteriosos secretos de la cultura.

Un día, dijo que sus bisabuelos contaban y, a su vez, ellos habían escuchado contarlo a los suyos que procedían de la India, donde se dice que las aguas son inmortales e ilimitadas y, también, principio y final de todo cuanto hay en la Tierra. Y que, por eso, asentarse a la vera de los ríos era, de todos los posibles, el mejor de los asentamientos para vivir y dar vida a una numerosa familia.

Él mismo lo había cantado en unas bulerías memorables: «nací a la orillita de un río/, mi cuna fue una canasta/, siempre cortando varetas/ sin saber lo que a mí me pasa»; de modo que, a la más íntima certeza, seguía —sin solución de continuidad— la más profunda duda existencial…

Tocado por la gracia de alguna líquida deidad desconocida, proclamaba que: «si el agua se va a los ríos/, los ríos se van a la mar/ y el probe corazón mío /detrás del tuyo se va», haciéndose uno con el agua o, dependiendo de su estado anímico o de su circunstancia amorosa del momento, cambiaba de idea y afirmaba: «tú me tienes que buscar/ como el agua busca el río/ y el río busca a la mar».

Y aunque no lo supiera, esa sabiduría ancestral que lo acompañaba e iluminaba cada una de sus apariciones en público, daba cuenta de un vasto simbolismo más viejo que el tiempo y que atribuye a los ríos un doble significado: el ser responsables de la fertilidad de la tierra que ésta adquiere por el don de su riego y, al mismo tiempo, del olvido y abandono que ésta puede sufrir, porque «agua que pasa, no vuelve jamás en la misma forma». Así de simple, así mismo lo dice un verso que él cantaba: «y yo creí que tu cuerpo era mío/, pero te fuiste en silencio/ como el agua de los ríos».

La noche seguía avanzando y también el dolor que laceraba su cuerpo; la mujer, a su lado, seguía llorando y yo, sin poder apartarme de la idea del agua como generadora de vida. Trataba de aferrarme a esa idea para no lanzarme a llorarlo yo también y quizás por eso, visitaba mi mente todo aquello que alguna vez había cantado, lleno de vida, y que mentaba el agua. Sé que en algún momento pensé, o mejor dicho, me pregunté, si sería cierto lo que sostenía Freud acerca de que el agua es «el elemento mediador entre la vida y la muerte», así de lejos fui en mi pensamiento.

Pero más allá de teorías de posible comprobación o no, lo único cierto es que él era capaz hasta de echar un piropo por medio del agua, haciendo estremecer a tantas mujeres que se hubieran cambiado por ella cuando le cantaba a Rosa María: «flores silvestres del campo/ y agua de laguna clara/, así tengo comparados/ los colores de tu cara». No le había hecho falta leer ningún sesudo tratado histórico para recordar tiempos idos, acaso más felices o quién sabe: «fue una gitanita mora/, mora de la morería/, la que me lavó el pañuelo/, me lo lavó en agua fría» o confesar que «en un arroyo claro/, de agua pura y cristalina/, lavaba una mora guapa/ y sus ropas las tendía/ en un bonito ramaje/ de rosas y clavellinas».

Cuando descubrió al poeta de Granada y esos versos por donde viaja un rumor entrelazado de llanto y sangre de dos ríos, como el propio Federico definiera, ya no lo abandonó. Fue el intérprete que mejor entendió e interpretó su obra, el que más se adentró en el pozo hondo e infinito de un lirismo escrito que su voz hizo música, trino, desgarro, añadiéndole una nueva e insospechada dimensión. Y ahí están, aunque él, ¡qué desgracia!, nunca pudo oírlo. Nunca supo cómo «la niña se fue a la mar» montada en su voz de plata ni lo amargo del Romance del amargo envuelto en los negros sonidos de su garganta o de la dulzura de la Nana del caballo grande susurrada por José, que la cantó no para hacer dormir, sino para despertar los sueños de una multitud.

Pero eso hizo, y seguro que con la aprobación del poeta muerto injustamente, dondequiera que estuviese cuando él cantaba que «su niña se fue a la mar/ a contar olas y chinas/, pero se encontró de pronto/ con el río de Sevilla». Me intriga y me conmociona una incertidumbre: cuando decía que «será en la noche, en lo oscuro/, por los montes imantaos/, donde los bueyes de agua/ beben los juncos soñando», ¿sabía que allí en su tierra natal «bueyes de agua» es la forma de nombrar a esos cauces profundos que discurren por el campo para indicar su volumen, su acometividad y su fuerza…?

No podía llorar esa noche junto al lecho de la despedida definitiva y, sin embargo, cuántas veces lo hice, recordando mi infancia al oírlo cantar aquello de «Nana, niño nana/ del caballo grande/ que no quiso el agua./ El agua era negra/ dentro de las ramas/ cuando llega al puente / se detiene y canta./ Quién dirá mi niño/ lo que lleva el agua/ con su verde cola/ por sus verdes alas./ Duérmete clavel/ que el caballo no quiere beber. Duérmete rosal/ que el caballo se pone a llorar».

Él también nos trajo con su voz a un trovador filósofo de la lejana Persia y nos lo reveló en versos tan sencillos como contundentes; en ellos no faltó ni un poquito de pan ni un poquito de agua fresca y con la misma naturalidad revivió a otro filósofo, al cuarenta años maldito, aquel que un Premio Nobel chileno llamó «poeta campesino de cara de patata» para confesarnos que: «El pez más viejo del río/ de tanta sabiduría/ como amontonó, vivía/ brillantemente sombrío./ Y el agua le sonreía/. Tan sombrío llegó a estar,/ el agua no le divierte/ que después de meditar/ cogió el camino del mar,/ es decir, el de la muerte».

Recogía el agua de aquí y de allá, de donde estuviere y la deslizaba por esa caverna melodiosa y prodigiosa que anidaba en el interior de la columna estremecida de su cuello: «Entre tomillo y romero/ la tarde duerme la siesta/ y el árbol suspira al viento/ y el agua duerme en el río/ con palomas en silencio». Un silencio como el que estaba a punto de atraparlo a él, en mala hora…

Veintiséis siglos después de que el minucioso Lao Tse escribiera «El agua no se para ni de día ni de noche. Si circula por la altura, origina la lluvia y el rocío. Si circula por lo bajo, forma los torrentes y los ríos. El agua sobresale en hacer el bien. Si se le opone un dique, se detiene. Si se le abre un camino, discurre por él. He aquí porqué se dice que no lucha. Y sin embargo, nada la iguala en romper lo fuerte y lo duro…», en todos sus discos él dejaba impresa una huella de agua, una estela de vida…

El dolor se hacía cada vez más intenso, ya ni la morfina conseguía evitar que se revolviera inquieto en el lecho que ya era evidente que sería el de su muerte. Cuando, durante algunos breves instantes lograba mantener abiertos los ojos, la miraba a ella, como si aún pudiera cantarle «Tu querer y mi querer/ es como el agua de un río/ donde no puedo beber», y, antes de que los volviera a cerrar, a mí me parecía oír nuevamente su voz melodiosa: «y en el agua pura/ que lleva el río/ se refleja mi gitana/, dueña del corazón mío».

Por mi cabeza seguía incesante el sonsonete: «como el agua, como el agua, como el agua», no me abandonó en toda esa larguísima noche…; aunque por momentos, como vengo diciendo, se interrumpía, pero sólo para dejar paso a otras coplas, todas ellas hechas de agua —unas veces con sabor a miel y, otras, acibarada—: «me pongo mirando el mar/ y veo cómo las olas/ unas vienen y otras van», como tú estabas haciendo en aquél momento, como haremos nosotros todos, tal como siempre ha sido entre los hombres y mujeres, desde que el tiempo es.

Cuentan los que saben que, mirando su mar, su bahía o su estrecho, se le iban las horas sin sentir y que su rostro se distendía. No pude menos que pensar en eso cuando lo mismo empezó a ocurrir aquella noche y sus facciones afiladas se suavizaron porque, por fin, cesó el sufrimiento.

Lo había profetizado incluso antes de que el frío y feroz diagnóstico irrevocable se abatiera sobre él y lo contó cantando, que era —como él mismo decía— lo único que sabía hacer. Le quitó hierro poniéndole un deje de burla trágica a los versos que escribiera su amigo Diego: «Dicen de mí/ que me amenaza el tiempo./ Dicen de mí/ que si estoy vivo o muerto». Y, a la vez, rogaba a quienes lo escuchábamos: «Si me ves un día, los ojos vencidos/ llorando al alba/, apiádate de mí, no me maldigas/, que la desgracia va unida/ al cauce del agua».

El agua, siempre el agua presente en sus cantares, en los de vida y en los de muerte, en los de tristeza y en los de alegría, en la desgracia y en la fortuna, al recordar a su madre o en el cariño por sus hijos, en el amor como en el odio; en todos sus sentimientos, en todos los aconteceres de su vida, lo acompañó porque la convocaba, el agua. Y en esta hora en que a punto estaba de detenerse el torrente del agua empujando la sangre por sus venas, volví a preguntarme: ¿qué pasión, qué instinto lo guiaba hacia ella?
Al inicio del alba, su semblante ya reflejaba una paz interior que envidié. Abrió por última vez los ojos y, en su mirada líquida, nadaba la copla: «Me marcharé/ donde se escuchen los ruidos/ de los pájaros cantando/ y del agua de los ríos».

Mientras la mañana rompía el aire, rotunda, se secó su vida tal como se seca un río cuando dejan de nutrirlo los manantiales.

Un día entero tardó —no él, sino sólo su cuerpo— en llegar a su isla rodeada de mar, donde lo esperaba una multitud que le tributaba un adiós empapado en lágrimas que regaron la tierra que lo recibía.

«¡Ay!, como el agua, como el agua, como el agua».

Y, sin embargo, aunque ahí yace el hombre o sus despojos, su voz sigue volando y él mismo, alado, retorna —a cada día que pasa— su vuelo, convertido ya en leyenda.

Este artículo pertenece al archivo de Triste y Azul.

La Andalucía recupera el archivo de Triste y Azul: Flamencos Cabales en la Red.

Desde La Andalucía, vamos a rescatar las crónicas, los trabajos de investigación y el archivo completo de Triste y Azul: Flamencos cabales en la red, uno de los primeros espacios de Internet dedicado exclusivamente al flamenco.

Triste y Azul fue fundado por Manolo Chilla desde Buenos Aires, tierra que acogió a este jerezano forzado a emigrar en 1953. «Lolo» encontró en el flamenco una vía de comunicación con su tierra, Andalucía, desarrollándose como crítico e investigador flamenco. Rescatamos el archivo de Triste y Azul, perdido en la red durante estos últimos años, en homenaje a Manuel Chilla González, fallecido en Buenos Aires en septiembre de 2015, y a todos los que lo hicieron posible, sus colaboradores y sus técnicos.

 

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