La mala maternidad

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Noelia García Millán

La maternidad es la experiencia de vida que tiene una mujer al convertirse en madre. El término abarca un conjunto de creencias relativas a la imagen e identidad de la mujer y a la noción de crianza, creencias que han ido experimentando diversas transformaciones a lo largo de la historia. Sin embargo, el modelo de maternidad patriarcal y su arquetipo de buena madre aún sigue imperando en nuestra sociedad.

Dentro del sistema patriarcal las mujeres éramos obligadas a asumir la maternidad sin cuestionamiento alguno. No existían opciones para nuestro desarrollo personal y laboral, considerándose la maternidad como la misión más importante y enriquecedora para las mujeres, así como la única vía para realizarnos plenamente. Por otro lado, se juzga como fracaso personal la imposibilidad de la mujer para concebir hijos y se censura la libre elección de no tenerlos.

En esta concepción de la maternidad hay una marcada impronta religiosa tanto en la imposición de la maternidad como en la identificación de la mujer con su rol materno. A las mujeres no sólo se nos exigía ser madres, sino que además debíamos hacerlo de modo abnegado, obligándonos a ser madre antes que mujer. Desde esta perspectiva, la buena madre es la que no disfruta ni se realiza, la que se sacrifica y renuncia a todo a favor de los hijos, considerando malas madres a aquellas que anteponen sus proyectos personales y laborales a la maternidad y a la crianza de los hijos.

Dentro de este sistema, la maternidad se vive en soledad, asignándose a la mujer el trabajo doméstico y el cuidado de los hijos, frente a una paternidad que sólo asume la figura de autoridad y la responsabilidad de proveedor económico de la unidad familiar.

A pesar de la evolución histórica de la noción de maternidad, algunas de estas creencias permanecen vigentes en nuestra sociedad: la mujer continúa asociada al hecho de ser madre, sufriendo presión social cuando alcanza la edad de gestar sin haber parido. Observamos una doble moral: por un lado, se exalta la maternidad como la mayor fuente de realización y felicidad de las mujeres, pero por otro lado, la realidad es que las mujeres siguen ejerciendo la maternidad en condiciones de desventaja y sacrificio. Ello se debe a que la sociedad, en general, concede poca importancia al hecho de ser madre por tratarse de un proceso natural y, en consecuencia, no reconoce el alto coste personal que la maternidad sigue suponiendo aún para las mujeres.

Aún habiendo superado en buena medida este modelo de maternidad vinculado al sacrificio, vivimos actualmente una regresión que apunta hacia la «profesionalización de la maternidad»: la obsesión por ser madres más que perfectas. Surge así el movimiento formado por  las «buenas madres», que desempeñan una larga lista de tareas y obligaciones, en muchos casos, incompatible con el desarrollo de una carrera profesional, dado el gran esfuerzo y dedicación que requiere este tipo de crianza.

Las «buenas madres» optan por el parto natural sin ningún tipo de anestesia, por la lactancia materna, el colecho y la alimentación orgánica. Llevan a sus hijos personalmente a novedosas y variadas actividades extraescolares, hornean galletas, diseñan disfraces, organizan fiestas y cumpleaños, y aún disponen de tiempo para ir al gimnasio y cuidar su imagen. Para algunos, este movimiento convierte nuevamente a las madres en esclavas de sus hijos, volviendo a una maternidad intensiva y opresiva.

Diversos estudios sociológicos evidencian que cada vez más mujeres pertenecientes a los segmentos medio y alto de la sociedad abandonan sus carreras profesionales para dedicarse exclusivamente al cuidado de los hijos. Este sector de mujeres suele compensar su falta de actividad profesional reforzando sus habilidades organizativas en el hogar y profesionalizándose en supermamás.

Frente a esta perfección de la maternidad, nos encontramos con aquellas mujeres que desempeñan una carrera profesional por necesidad económica, quienes no pueden evitar ser comparadas con las «buenas madres», sintiéndose juzgadas y culpables por priorizar su trabajo sobre el cuidado de sus hijos.

Esta tendencia social de las buenas madres está incrementando, en mi opinión, la presión social que ya de por sí soporta la mujer respecto a la maternidad, a la que se le sigue exigiendo ser la madre, la esposa, la profesional y, en definitiva, la mujer perfecta, sin que pueda quejarse, expresar tristeza o anhelar su vida anterior al alumbramiento de los hijos.

En contraposición a este movimiento, surgen las autodenominadas «malas madres», quienes manifiestan que la maternidad y la crianza pueden llegar a ser un suplicio. Son aquellas que anteponen proyectos personales y laborales a la crianza, hacen planes en los que no entran los hijos y reivindican su condición de mujer por encima de la de madre, sin que en ningún momento ello implique desatención o abandono de los hijos.

Ambas tendencias han iniciado una guerra abierta que, en mi opinión, es imprescindible superar para salvaguardar la libertad e identidad de la mujer, respetando el derecho a elegir el tipo de madre que cada una de nosotras queremos ser, sin entrar en juicios morales y de valor que deterioren nuestra imagen. Ambas formas de ejercer la maternidad son válidas siempre que sean ejercidas de forma voluntaria y no limiten o coarten nuestras propias libertades.

La lucha, por tanto, debe centrarse en la afirmación de la libertad de cada mujer para elegir si quiere o no ser madre y qué modelo de madre quiere ser, sin que la sociedad nos juzgue por ello o asocie el hecho de serlo o no con un mayor o menor desarrollo en la vida de las mujeres.

La maternidad y la crianza no deben suponer un impedimento para el desarrollo de otros proyectos vitales, siempre que se faciliten medidas eficaces que permitan conciliar la vida familiar y laboral, dado que aún seguimos sacrificando más que conciliando. Asimismo, es imprescindible acabar con la imposición del rol de mujer resignada y sacrificada por y para sus hijos y apostar por un reparto equitativo de roles, donde la paternidad y maternidad sean ejercidas de forma igualitaria.

Finalmente, es necesario adoptar medidas educativas y de sensibilización para erradicar la presión social que genera en la mujer sentimientos de culpabilidad, frustración y fracaso, porque ser madre no significa dejar de ser mujer y porque no existe la maternidad perfecta, permitiéndonos ser «malas madres» sin importar el coste social que ello nos reporte.

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