La discriminación de la realidad lingüística andaluza

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Javier Martín González

Profesor de Lingüística Inglesa en la Universidad de Sevilla
javiermartin@us.es

 

 

Dos noticias de naturaleza lingüística relativas a Andalucía han causado recientemente un revuelo considerable: la propuesta de Laura Morales y Ángel Velasco, dos egresados de la Facultad de Filología de la Universidad de Sevilla, de que se cree una institución pública que promueva el estudio y la defensa de la realidad lingüística de Andalucía, y la publicación de una traducción al andaluz de la famosa novela El Principito por parte de Juan Porras, profesor de antropología social de la Universidad Pablo de Olavide. Llama la atención la virulencia de los ataques propagados por la prensa y las redes sociales. Abundan los insultos, incomprensiblemente se han cebado contra los proponentes atacando sus supuestas adscripciones político-sindicales y, desde un periódico de larga historia en nuestro país, hasta se han mofado en términos clasistas de la ropa con la que aparecen en las fotos publicadas, una muestra perfecta del nivel intelectual y ético de quienes así han actuado. Es más, también sorprende la reacción extrema de quienes, por sus especialidades académicas y profesionales, se supone deben opinar desde el conocimiento y el sosiego, pero que, sin embargo, han caído en lo mismo, llegándolas a tachar de disparate y de ridiculización del andaluz. En mi opinión, se ha vuelto a poner de relieve la necesidad de preguntarse por qué se muestra ese comportamiento tan desproporcionado, discriminatorio, visceral y tan falto de cualquier justificación científica.

Para empezar, dejemos claros algunos fundamentos básicos de lingüística que nadie en su sano juicio y con un mínimo de conocimiento sobre esta área pondría en cuestión hoy en día. En primer lugar, los seres humanos poseemos sistemas lingüísticos que se desarrollan en nuestra mente de forma natural. Estos sistemas internos naturales operan haciendo uso de reglas muy complejas que se aplican a una serie de elementos concretos con un alto grado de abstracción. Y esto es así para cualquier sistema lingüístico natural de cualquier persona (que no sufra daños cognitivos), ya sea lo que se suele denominar como lengua, dialecto o cualquier otro tipo de variedad, que, como bien se sabe en la lingüística, no son más que simples etiquetas muy connotadas por aspectos ideológicos y sociales.

Estos sistemas mentales se desarrollan gracias a una capacidad genética que tenemos los seres humanos para computar la información lingüística que recibimos y transformarla en un sistema complejo de conocimiento lingüístico en nuestros cerebros. En el caso de la adquisición de las llamadas lenguas maternas, se sabe que el input que rodea al niño no hace más que provocar que esa capacidad natural de los seres humanos se ponga a trabajar y «regularice» el caos aparente que recibe. Si el input es alemán, desarrollará un sistema alemán como lengua materna, si es castellano de una zona rural de Palencia, ese será su sistema y, si adquiere su lengua materna con hablantes de andaluz de Jerez, su sistema será ese. El cerebro del niño no distingue entre lengua estándar, no estándar, dialecto, habla, modalidad, etc., pues lo que escucha no viene con etiquetas impuestas ni explicaciones. Se trata de información lingüística humana, de sistemas de la misma naturaleza.

Esto significa que, en tanto que sistemas naturales, no hay diferencias esenciales entre ellos. Ni que decir tiene, esto no significa que sean idénticos. De hecho, la realidad es que no hay dos sistemas que lo sean totalmente, ni siquiera entre los componentes de un mismo núcleo familiar. Lo que existe en la naturaleza son sistemas individuales que comparten los suficientes elementos como para parecer lo mismo en su uso o, en caso contrario, irse diferenciando hasta dar la impresión de ser completamente distintos.

Teniendo en cuenta lo descrito hasta ahora, cualquier atisbo de discriminación lingüística tiene que quedar descartado por principio ya que no hay diferencias entre las llamadas lenguas, dialectos, hablas, etc. y, obviamente, tampoco existen sistemas elitistas que encarnen ninguna supuesta perfección con respecto a otros. De hecho, el concepto de perfección simplemente carece de aplicabilidad científica en este contexto pues se trata de una falacia construida desde posicionamientos subjetivos y acientíficos. Y esto incluye tanto la crítica discriminatoria negativa como la loa (a veces condescendiente) que propugnan algunos. Por otra parte, deja de tener sentido para la consideración de estos sistemas internos incluir cuestiones históricas puesto que los sistemas se adquieren sin atención a esta información: a un niño le da igual el origen o la evolución de una palabra o de una estructura; la adquiere tal cual funciona en ese momento.Y tampoco tienen sentido las discusiones sobre el grado de funcionalidad de las variedades lingüísticas ya que, como sistemas naturales, todos tienen la misma capacidad para cumplir su función en la comunicación.

Considerando todo lo anterior, ¿qué hay de malo, por ejemplo, en la palabra «jofifar» para referirise a limpiar el suelo con agua? Es una palabra que cumple su función como otra cualquiera. O ¿qué problema supone la oración «me se ha roto», que curiosamente mantiene el orden de los pronombres en el llamado italiano estándar («mi si è rotto»)? O ¿qué acto contra natura tan terrible se comete al decir [é ío] para «he ido»? En el llamado español estándar tampoco es que se pronuncie una [d] en ese participio. Nótese que la [d] es una consonante oclusiva, es decir, se pronuncia bloqueando completamente el paso del aire en la boca por unos milisegundos y dejando después que salga de golpe. Pero en ese participio la consonante se pronuncia en esa variedad con lo que los lingüistas llaman una pronunciación aproximante, en la que no se le cierra totalmente el paso al aire: [iδo]; es decir, se «debilita» el cierre del aire, con diferentes grados de debilitamiento real dependiendo del hablante y del contexto. Y, si se piensa un poco, ¿qué es la pronunciación [ío] sin consonante sino un paso más en un continuum de debilitamiento? Se habría originado, por tanto, como producto de la misma regla en esencia, solo que llevada al siguiente nivel.

Por cierto, ejemplos como este último suelen dar pie a la típica acusación ridícula de que los andaluces pronunciamos así porque somos unos vagos o porque buscamos lo más fácil; o bien, situándonos en el extremo de la loa, se suele apelar a que ese paso último supone un desarrollo más avanzado de nuestro sistema. Sin embargo, si así fuera, ocurriría siempre, algo que no es cierto. Por ejemplo, parece común encontrarlo en la forma verbal «pido» [pío], pero ¿aparece con la misma frecuencia en «mido»? Usando otra combinación de sonidos vocálicos, es frecuente en «nudo» [núo], o en «menudo» [menúo] cuando es sinónimo de «pequeño», pero ¿qué decir de la pronunciación de «-udo» en «a menudo» o cuando «menudo» tiene el significado de comida hecha con los intestinos del cerdo? Estamos hablando de la aplicación de reglas a casos específicos dictadas por sistemas naturales individuales concretos, no de actitudes personales ni de perfecciones.

Llegados a este punto, no debe resultar problemático comprender que la escritura no parece ser más que una representación gráfica de las producciones orales que nos permiten producir nuestros sistemas lingüísticos mentales; es decir, que la escritura es una construcción, una creación del ser humano, que parece tratar de representar el producto de algo que es lo verdaderamente natural y consustancial a este. Más concretamente, nuestra escritura es, en mayor medida, un intento de representar no ya la pronunciación real, sino la parte abstracta mental del sistema lingüístico que se encarga de los sonidos, lo que los lingüistas llamamos los fonemas. Ya vimos anteriormente que con una única grafía, la «d», se describen diferentes pronunciaciones en castellano. Otro ejemplo ilustrativo del español sería la palabra «un». Nótese que no siempre la pronunciamos con una [n] al final: [un]; por ejemplo, la pronunciamos como [um] si decimos «un beso», «un perro» o «un mes». Es decir, esa «n» escrita no refleja la pronunciación real en esas palabras sino que representa el fonema mental abstracto /n/. En resumen, no se puede confundir la escritura ni con los sistemas lingüísticos en sí ni con lo que estos producen a nivel oral; la escritura es una mera representación, con todo lo que ello implica.

Como decía al principio, lo descrito hasta aquí es, en esencia, lo que la ciencia lingüística asume desde hace muchas décadas. De hecho, los investigadores o especialistas «oficiales» del andaluz probablemente no dudarían en hacerlo suyo al completo e incluso, en el caso de ser docentes, incluirlo en sus asignaturas para que lo aprendan sus estudiantes. Sin embargo, a juzgar por las reacciones que han recibido las propuestas recientes que estamos tratando, es evidente que, en el fondo, no es algo compartido ni por ellos, ni por la mayoría de quienes pueden trasladar esa información básica a la sociedad (profesores, escritores, periodistas, etc.), ni, en consecuencia, por la opinión del público en general. Lo que prevalece es una visión totalmente opuesta que se fundamenta en modelos claramente elitistas y discriminatorios.

Explicado muy someramente, desde esta otra perspectiva se asume que una lengua es una entidad como externa y, en principio, ajena al individuo; un modelo que está en la sociedad de alguna forma y que es tarea de los hablantes aprenderlo y tratar de reproducirlo lo mejor que puedan. Esto implica que, si algún hablante no reproduce ese modelo, el responsable es el propio hablante debido a sus carencias. Es más, ese modelo que tiene la consideración de lengua y no de alguna otra naturaleza de categoría inferior (habla, dialecto, modalidad, etc.), se debe sustentar en la producción por parte de cierto grupo social de prestigio, y, algo muy importante, debe tener un sistema ortográfico específico que represente lo más fielmente posible esa producción elitista. Por último, y en relación a la escritura, la identificación entre esta y la lengua suele ser automática. En definitiva, estamos hablando de un concepto de lengua que no se deriva de la lógica lingüística, sino de una visión instrumentalista al servicio de la estigmatización ideológica, social y cultural.

Así se entiende, por tanto, que un ejercicio de representación gráfica de un sistema lingüístico como el de Juan Porras haya sido rechazado por parte de estos especialistas de la forma más irracional con argumentos tan disparatados como, por ejemplo, la acusación de reflejar lo más vulgar o el tópico del andaluz. ¡Como si el concepto de vulgaridad (o de refinamiento) fuese una categoría de análisis de la ciencia lingüística! Es igualmente previsible el ataque visceral a la propuesta de que se considere a un conjunto de sistemas lingüísticos con las semejanzas e importancia suficientes como para que se promueva su estudio y conocimiento si para estos especialistas se trata de simples «hablas» que, además, representan desviaciones degeneradas del modelo elitista ya establecido como lengua.

Ni que decir tiene, ambas propuestas son, sin duda alguna, susceptibles de crítica. Pero lo que se espera, al menos de los profesionales, es que dicha crítica se realice de forma seria, dejando de lado cualquier tipo de tergiversación interesada o prejuicios que nada tienen que ver con las bases científicas de la disciplina lingüística. En el caso de la supuesta academia del andaluz, parece evidente que carecería de sentido crearla para que limpie, fije y dé esplendor porque no sería más que caer en el mismo error que ha llevado a la situación de discriminación de todos los sistemas lingüísticos originarios de Andalucía. Sin embargo, según la información expresada por los propios proponentes, jamás ha sido ese el objetivo. También está claro que la creación de un organismo público de esa índole requeriría de una planificación muy compleja a muchos niveles. Pero esto llevaría a otro tipo de comentarios y de debates que nada tienen que ver con el hecho lingüístico per se.

Con respecto a la propuesta ortográfica, igualmente existen multitud de aspectos que dan pie a discusiones y reflexiones interesantes desde el punto de vista lingüístico como, por ejemplo, qué información morfológica o fonológica es aconsejable representar o hasta qué punto se deben considerar aspectos referidos al origen de las palabras. Es más, incluso se puede defender que se hace innecesario un nuevo sistema porque la escritura actual ya permitiría en gran medida la variedad de pronunciaciones diferentes. Dejando de lado el periodo cuando estamos literalmente aprendiendo a leer, en el que vamos paso a paso uniendo vocales y consonantes en sílabas, la lectura se hace de forma más global, identificando (series de) palabras completas, por lo que, en principio, cada cual las podría pronunciar como quisiese, añadiendo, eliminando o modificando sonidos según su sistema individual. Esta falta de equivalencia entre escritura y pronunciación no es para nada anormal. De hecho, es lo común. En primer lugar, recuérdese otra vez el ejemplo de la «d» intervocálica o de las pronunciaciones de «n» mencionadas anteriormente. O piénsese en lenguas como el inglés, donde la diferencia entre la escritura y la pronunciación es tan acusada. Por ejemplo, en la palabra «knight» (caballero) ni se pronuncia la [k], ni la [g] ni una [h] y se pronuncia con una vocal [a] que no aparece en la escritura: [nait].

Por consiguiente, es normal que muchos hablantes puedan leer el mismo texto usando pronunciaciones diferentes dependiendo del contexto de lectura. Así, un andaluz podría leer «el pajar» variando entre la típica «j» jiennense [x] o la «aspirada» [h], entre pronunciar la «l» con una [l] o con la vibrante simple [r], o entre mantener o no la consonante final: [elpaxár], [elpahár], [erpahár] o [erpahá]. El problema, obviamente, surgiría si se insiste en que la escritura solo debe representar una forma de pronunciación y no puede incluir construcciones o palabras que no pertenezcan al modelo estándar, algo de lo que los andaluces hemos sido y seguimos siendo víctimas en los centros de enseñanza, en los medios de comunicación, en la industria del cine, en el mundo del teatro, etc.

Como vemos, por tanto, lo que subyace al rechazo visceral de propuestas como las que se han planteado recientemente es una visión discriminatoria del hecho lingüístico que, en numerosas ocasiones, proviene incluso desde quienes «oficialmente» se supone que defienden la realidad lingüística de Andalucía. Y la causa de que esto sea así también merece una reflexión.

La discriminación en sí parece, en cierto modo, inherente al ser humano; está relacionada con el instinto de supervivencia como defensa frente al «otro», al «distinto». La discriminación lingüística, como parte del mismo fenómeno, tampoco es nueva. Es más, sobre ella tenemos noticias en su versión más cruenta en textos tan antiguos como, por citar un ejemplo famoso, la misma Biblia. Recordemos el caso de los efraimitas en «Jueces 12:5-6», quienes eran asesinados a manos de los hombres de Galad si pronunciaban la palabra «shibbolet» como «sibbolet» ya que el sonido de «sh» no existía en su dialecto y se delataban al usar la [s]. En el caso del andaluz, existe constancia de casos de discriminación desde Elio Antonio de Nebrija (o, como han apuntado algunos autores, desde tiempos de Trajano, cuya pronunciación provocaba risas en la Roma imperial). También sabemos que la discriminación se ejerció durante la conquista a manos de los castellanos. Y es que la estigmatización lingüística siempre ha sido un arma muy poderosa y efectiva para las culturas colonizadoras. No es ninguna sorpresa, por tanto, que los andaluces hayamos sufrido y sigamos sufriendo este tipo de discriminación a manos del empuje colonizador castellanizante del centralismo nacionalista español. Por no mantenernos en un pasado demasiado remoto, baste con señalar la imagen que se promovió del andaluz durante la última dictadura, con su ideal de unidad castellana y su intento de peyorizar nuestra tierra y nuestra cultura autóctonas, folclorizando nuestra lengua y presentando una imagen ridícula y distorsionada de sus hablantes. Se nos estigmatizó continuamente desde la escuela y los medios de comunicación. Por desgracia, la base de ese mensaje y la actitud discriminatoria que este representa contra nuestra realidad lingüística sigue existiendo tanto fuera como dentro de Andalucía.

Estamos hablando de una visión que se basa en una concepción particular muy atractiva sobre la relación entre el lenguaje y el pensamiento, y, por extensión, la inteligencia. La idea se puede rastrear como parte de los estudios de las culturas no europeas a partir del periodo moderno y fue difundida ya en el siglo XX bajo el nombre de teoría de Sapir-Whorf. Esta teoría venía a defender que la lengua de los hablantes determina su pensamiento. Por tanto, si un grupo de personas habla de forma diferente, sus miembros tienen que ser diferentes a nivel mental. Una vez establecida esa relación, no hay más que un paso para que en el acervo colectivo se reinterprete de forma más general como que la lengua no solo se convierte en un reflejo del pensamiento y de nuestra inteligencia, sino que es la llave esencial que nos permite o nos imposibilita cualquier cambio en el plano intelectual. Y, al hablar de cambios, no se trata solo de aumentar el vocabulario ante la necesidad de adquirir conceptos nuevos; este incluye la pronunciación, el uso de ciertas formas verbales, cierto orden de palabras, etc.

Planteada la cuestión como un problema de inteligencia, los hablantes querrán modificar su modo de comunicarse y/o se avergonzarán de sí mismos cayendo en una perniciosa sumisión derivada de la supuesta inferioridad que se les transmite con la valoración despreciativa de su forma específica de hablar. Pero se produce algo aún más grave: se habrá creado el contexto necesario para que nunca falten figuras socialmente influyentes (políticos, docentes, intelectuales, líderes de audiencia en los diferentes medios de comunicación, etc.) que vayan adoctrinando a las nuevas generaciones en la idea impuesta o que estigmaticen públicamente a quienes ellos consideren que no encajan en su estándar o se nieguen a plegarse a este mediante la autocorrección. En este sentido, recordemos el caso tan bochornoso de los comentarios dirigidos contra Diego Cañamero, diputado del Parlamento español, al que se le cuestionó su valía como representante político a nivel nacional por mantener su pronunciación andaluza.

En este punto quiero enfatizar una cuestión que no debe pasar desapercibida: siendo la forma de expresarse algo consustancial al ser humano y un rasgo identitario tan personal, con este tipo de actitud discriminatoria se está atacando a las personas en un aspecto esencial a las mismas, algo que debería ser intolerable por representar un atentado contra la dignidad. Sin embargo, se considera algo casi normal, generándose una aberración desconcertante.

Pero lo que, de verdad, debería producir sorpresa generalizada es el conflicto que surge cuando, de nuevo, se contrapone la base de esa ideología colonizadora con el conocimiento que nos proporcionan los avances científicos. La ciencia hace mucho tiempo que ha demostrado sin ningún género de duda que esa forma de entender la relación entre una lengua y la inteligencia de sus hablantes no tiene ninguna justificación. El debate actual está realmente en cuestiones bastante menores, como el grado de influencia que podría tener la gramática de una lengua para categorizar en primera instancia ciertos aspectos no muy significativos de la realidad. Pero no va mucho más allá. Multitud de experimentos muestran que se puede razonar cognitivamente sobre cualquier realidad incluso si la lengua carece de expresiones específicas para referirse a ella. Y lo que resulta más importante aún, es evidente que la inteligencia puede disociarse de la capacidad lingüística, como demuestra el hecho de que una se pueda ver afectada por algún problema cognitivo mientras la otra no.

En otras palabras, que sabemos que no existe la pretendida relación entre los sistemas lingüísticos y la capacidad intelectual de los hablantes que sirva de base para la discriminación, por lo que tener un vocabulario o una pronunciación diferentes de las de un modelo concreto ni siquiera plantea ningún problema a ningún nivel en este sentido. O sea, que pronunciar «nosotros somos» como [nohotro hemo] no incapacita al hablante en absoluto para realizar actividades intelectuales del nivel que sea. Pero, como se comentaba anteriormente, es tan atractiva esta idea errónea y está tan extendida, que parece que la gente se niega a que les estropeen «su realidad virtual».

Dejando a un lado las posturas elitistas, llama la atención, de todas formas, que los avances científicos no hayan calado tampoco entre los intelectuales y pensadores posmodernos que tratan específicamente el tema de la discriminación. Una razón importante para ello tiene que ver con el hecho de que estos intelectuales consideran la lengua algo primordialmente social, excluyendo el componente biológico-cognitivo. Especialmente para los marxistas, el lenguaje es como una superestructura y, por lo tanto, tiene que estudiarse en relación con la economía y la historia. En otras palabras, para ellos las lenguas se deben analizar como un instrumento ideológico, una visión que se comparte en la actualidad por todo el espectro político. Por tanto, no les interesa un enfoque que no tenga esto en cuenta. Sin embargo, debe quedar claro que ningún lingüista le niega a la lengua su componente social. Es simplemente una cuestión de prioridades y de objeto de estudio. En el enfoque que se describía al principio, se trata de explicar qué es un sistema lingüístico a nivel biológico. Qué se hace con los sistemas lingüísticos en el contexto social sería otro objeto de estudio. En cualquier caso, si podemos llevar a cabo tantas cosas a nivel social con ellos es precisamente por su complejidad como sistemas cognitivos, algo que no parece depender de cuestiones de clase social sino de que seamos seres humanos.

Pero lo más preocupante es que estos intelectuales de la posmodernidad parecen rechazar un verdadero estudio científico de las lenguas. De forma general, suelen concebir el lenguaje como una fuente crucial de creatividad. Por lo tanto, enfocarse en un concepto que toma las lenguas como un sistema con reglas muy complejas y prefijadas de antemano lo interpretan como una visión donde se coarta la libertad creativa. Produce vergüenza ajena tener que decirlo, pero esto es algo que carece totalmente de sentido. El mundo natural tiene sus principios y estos imponen ciertas restricciones en la forma y el desarrollo del mismo. La lengua como sistema cognitivo es parte de la naturaleza y está sujeta a tales factores básicos. No hay coerción en ese sentido negativo. Es la naturaleza. Puede parecer de perogrullo, pero es lo que tenemos cuando, por ejemplo, las manzanas caen de los árboles al suelo, lo que le permitió a Isaac Newton desarrollar su ley de la gravedad. Son hechos que no nos sorprenden porque la naturaleza es así, pero hay reglas y leyes que los explican y que obligan a que sea de esa forma y no de otra sin que eso signifique que se ataque la libertad o la creatividad.

En el caso de los sistemas lingüísticos ocurre exactamente lo mismo. Por ejemplo, en la oración «¿Por qué dijo Isabel que iba a llegar tarde?» se puede estar preguntando por el motivo de la llegada tardía o por la razón de haberse proporcionado la información. Si negamos el verbo «ir» y decimos «¿Por qué dijo Isabel que no iba a llegar tarde?», otra vez el «por qué» se puede referir a la llegada o a dar la información. O sea, que, en principio, cambiar un verbo a negativo parece no modificar nada. Sin embargo, si lo que negamos es el verbo «decir», y preguntamos «¿Por qué no dijo Isabel que iba a llegar tarde?», ya no se puede estar preguntando por la causa de la llegada sino solo por la razón de no proporcionar la información. Se trata de un hecho del que no podemos escapar y es así porque nuestro sistema lingüístico funciona con las reglas que tiene de forma natural. Por cierto, el motivo de usar este ejemplo concreto es resaltar que las reglas no son únicamente las típicas que vienen a la mente al hablar de ellas (como el orden de secuencias de pronombres «se me», etc.). De nuevo, volvemos al concepto del alto grado de abstracción que se mencionaba al principio cuando se describía la naturaleza de los sistemas lingüísticos.

Dicho de otro modo, estos intelectuales de la posmodernidad, que sí han contribuido de forma decisiva a luchar contra muchas formas de discriminación, en general rechazan el enfoque que, de forma más clara y contundente, nos proporciona las evidencias necesarias contra la discriminación lingüística. Si acaso, lo que encontramos es la típica actitud condescendiente de tolerancia del «otro», la apelación a lo «popular» o a la funcionaldiad de las variedades no estándar en contextos informales, pero siempre asumiendo que son realmente desviaciones de la forma estándar, que es la correcta.

En definitiva, que el campo de la discriminación está siempre abonado para que tanto desde esferas elitistas y colonizadoras como también desde los colectivos que se presentan como adalides contra las desigualdades, se refuerce en la sociedad en general esta perniciosa idea que hace muy complicado salir de ese círculo discriminador.

En este momento cabe preguntarse qué función han cumplido, entonces, quienes han estado luchando arduamente por la verdadera defensa de la realidad lingüística de Andalucía. Es lógico que, ante la presión y la ridiculización, se traten de demostrar las bondades de la lengua propia y que incluso, dejándose llevar por ese impulso de orgullo personal, se busque la forma de hacerle ver a los demás que es hasta superior a aquella con la que siempre se la ha comparado en términos despectivos. Sin embargo, ya sabemos que los sistemas lingüísticos en cuanto a sistemas cognitivos no son ni mejores ni peores, ni unos permiten mayor capacidad expresiva que otros, ni son ni más ni menos evolucionados, complejos o estructurados que otros. Ni que decir tiene, es igualmente loable cuestionar las afirmaciones impuestas por los colonizadores sobre el origen del andaluz y su relación con el castellano, pero el origen histórico tampoco proporciona ni mayor ni menor capacidad para ser un sistema lingüístico al mismo nivel que cualquier otro.

En otras palabras, que, de forma general, para la defensa del andaluz se han estado usando las mismas «armas» de los colonizadores. De este modo, cuando se ha planteado esta defensa atendiendo a una supuesta superioridad a diferentes niveles formales, a una evolución más avanzada, a una mayor utilidad funcional, a un origen diferenciado concreto, etc., no se ha hecho sino asumir y perpetuar los mismos principios erróneos y problemáticos del discurso discriminador. Y, en cierto sentido, es de esperar que no se hayan producido los cambios deseados pues, con las mismas armas, especialmente si tienen una función distorsionadora, se impone quien cuenta con un mayor poder o legitimación social y ahí el andaluz siempre está en desventaja.

Para concluir, no hay nada malo en que los andaluces nos sintamos orgullosos de cómo nos expresamos. Es muy positivo y muy necesario darle visibilidad a los sistemas lingüísticos autóctonos y hacer que se conozcan en su complejidad y en su variedad, como muy bien animaba a hacer Blas Infante. Pero, sigamos también a Infante en el andalucismo que proponía como ideal de humanidad y consideremos la defensa del andaluz dentro de una defensa global de cualquier sistema lingüístico humano. En este sentido, una comprensión profunda del fenómeno de las lenguas desde el punto de vista defendido aquí, en consonancia con el conocimiento científico actual, ayudaría a fundamentar las bases en contra de la discriminación lingüística del andaluz al mismo tiempo que nos haría tomar conciencia como andaluces de que tampoco podemos reproducir la estigmatización de ningún tipo de variedad, ni local ni exterior. También evitaría que tuviéramos que depender exclusivamente del grado de sensibilidad social promovido desde la política como parte de una estrategia ideológica democratizadora o inclusiva de singularidades autóctonas.Y, por supuesto, haría que propuestas como las que han sido presentadas recientemente nunca fuesen recibidas con la sarta de insultos y de opiniones producto de visiones discriminatorias, sino que fuesen debatidas desde el respeto académico y social que merecen, entre otros motivos por el esfuerzo encaminado que suponen en la lucha contra la nefasta discriminación lingüística que los andaluces seguimos padeciendo.

2 comments

  1. Se nota que este hombre ha hecho este post con amor y paciencia, razonando las cosas y buscando el entendimiento. Ojalá hubiera más como él.

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