La diosa Shitala

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Imagen bengalí de Shitala de mediados del s. XIX

 

Óscar Carrera

En la India del norte, Bengala y Nepal la viruela es comúnmente atribuida a la diosa Shitala, que porta sobre su cabeza un cesto en precario equilibrio, repleto de granos que, al caer al suelo por accidente o un movimiento brusco, se convierten en las pústulas de los enfermos. Si Shitala lavaba los granos en su cántaro, el paciente sobrevivía; si blandía su escoba, fallecía, aunque también se decía que la escoba era para ahuyentar a los gérmenes. A la vez que atribuyen la viruela a la diosa Shitala, los hindúes la clasifican entre las enfermedades que germinan como resultado de las malas acciones en vidas pasadas. Parece que, una vez más, el modelo frío e impersonal del karma y el renacimiento ha sacrificado su consistencia lógica en favor de la introducción de dioses personales que el enfermo puede propiciar.

Entre 1966 y 1980, la Organización Mundial de la Salud estuvo sumida en una campaña de vacunación de proporciones abrumadoras, con el objetivo de erradicar la viruela del planeta. No se esperaba que se enfrentara a las resistencias de muchos hindúes, que consideraban la enfermedad una bendición de Shitala. Tanto era así, que quien la padecía era visitado por familiares, conocidos y amigos en señal de veneración, lo que, desde el punto de vista de la ciencia, contribuiría a propagar el contagio, o la «bendición».

Hoy, que la viruela ha sido erradicada en todo el mundo, el culto a Shitala corre peligro de debilitarse, aunque todavía es adorada con fervor por aquellos que sufrieron en su juventud una enfermedad que, con suerte, nunca más volverá a afectar a un ser humano. La extinta universalidad de la viruela se refleja en los panteones de las diferentes culturas. En China, la diosa de la viruela se llamaba T’ou-Shen Niang-Niang, y sus devotos trataban de apagar su ira refiriéndose a las pústulas que los cubrían como «bellas flores». En Japón, se creía que la traían unos demonios que, por alguna razón que sólo ellos conocían, abominaban del color rojo. Curiosamente, esta creencia de que objetos, ropajes o amuletos rojos son un remedio contra la viruela se daba también en Turquía y en la Europa medieval, e incluso en la religión yoruba el dios de la viruela, Sopona, tiene el rojo entre sus colores; aunque por supuesto no es lo mismo abanderar el rojo que huir de él.

Veamos otras tácticas de deshacerse de esta temible enfermedad. En el distrito de Mysore (India del sur), existía la costumbre de forzar al demonio de la viruela a introducirse en una talla de madera que, con nocturnidad y alevosía, era trasladada a la aldea vecina. Los habitantes de ésta hacían lo propio con sus vecinos, hasta que, de pueblo en pueblo, el demonio terminaba lanzado a un río. La tribu ewé, de Togo y Ghana, prefería construir fuera del pueblo una figura de arcilla por cada uno de sus habitantes. Para asegurarse de que el espíritu de la viruela se ensañaba con éstas, y no con sus representantes de carne y hueso, construían una barricada en el camino al poblado.

De suplicar a una madre celestial (Shitala es conocida por sus devotos como «Mata» o madre) a encerrar a un demonio en una figura de madera hay una gran diferencia, pero todas estas prácticas tienen en común que atribuyen una enfermedad biológica a alguna clase de ser antropomorfo con –buenas o malas– intenciones. Detrás de una trágica sequía, una súbita invasión, un cataclismo natural, una cosecha desastrosa o, en nuestro caso, una injusta enfermedad, desgracias cuyas causas y soluciones han escapado durante milenios a la comprensión y la competencia de los hombres, éstos adivinaron la maldición de dioses iracundos o la presencia de espíritus taimados. Las bendiciones, en cambio, habían de ser agradecidas a los espíritus benignos, y no recompensarles por ellas ha sido visto, con frecuencia, como un crimen de lesa fe. En el caso de Shitala, se trataba más de una expiación o prueba de fe, por lo que un resultado tan maligno como la viruela se atribuía a una deidad maternal merecedora de devoción y ofrendas.

La inteligencia social del ser humano está tan desarrollada que antropomorfiza todo lo que toca. Enfrentado a las desgracias que asolaban su vida, el hombre buscó inteligencias e intenciones detrás de todas ellas. Pero no se quedó ahí. Frente al misterio del origen del mundo, también arribó a la conclusión de que algún ser divino ha debido de crearlo por su voluntad expresa, como quien se sienta a esbozar un dibujo o construir una maqueta. Ante la certeza de la muerte, se postuló que es lo específicamente humano (el alma, con sus sentimientos, pensamientos e intenciones) lo que le sobrevive, y no el material cuerpo de cuya reabsorción por parte de la naturaleza sí tenemos pruebas tangibles. Tras los grandes hitos de la naturaleza, que le maravillaban y atemorizaban, como el sol, la luna, la montaña imponente o el caudaloso río, así como tras los conceptos que, de modo análogo, conforman su paisaje interior (la sabiduría, la justicia, la locura, la compasión…), el ser humano ha colocado, cual celosos vigías y guardianes, a sus respectivos dioses.

Independientemente de lo que pensemos de Shitala y sus semejantes, hemos de reconocer que su modelo explicativo no dista tanto del científico como pudiera parecer. La ciencia contemporánea sostiene que los «culpables» de la viruela son dos virus del género Variola, es decir, una entidad invisible al ojo humano que contagia a los seres vivos y los infecta a través de células también invisibles. Sin la ayuda del sofisticado aparato científico y técnico que nos ha permitido descubrir la existencia de los virus y las células, los hindúes de hace siglos llegaron a la conclusión de que la causante era una entidad invisible al ojo humano que contagia a los seres vivos y los infecta a través de un karma también invisible; esto es, la diosa Shitala. No podemos tomarnos a la ligera semejante esfuerzo de dotar de coherencia y razones la experiencia humana, pues no estamos nada seguros de que, sin las muletas de un corpus científico que en su conjunto resulta incomprensible e inabarcable para un solo individuo, lo fuéramos a hacer mucho mejor.

Algunos hindúes piensan hoy que Shitala ha abandonado esa faceta terrible, compartida con otras hermanas diosas como Kali o Durga, que le empujaba a poner a prueba a los habitantes del subcontinente índico con los dolorosos estigmas de la viruela, para contentarse con su aspecto maternal y bondadoso. Quizá incluso sintió una pizca de arrepentimiento por tanto sufrimiento como había causado, e hizo voto de compensarlo. Pues ¿quién si no la diosa de la viruela podía conseguir que nuestro quijotesco intento de erradicarla llegara a buen puerto?

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