La cesta

Fotografía de Miguel Parra

 

Juan Manuel López Muñoz

Hay artefactos tan bien concebidos que, aunque los viésemos por primera vez en nuestra vida, sabríamos usarlos sin necesidad de instrucciones. Es el caso de las cestas. Su producción requiere pocas herramientas: básicamente una navaja y un par de manos hábiles. La simplicidad primitiva de las cestas nos trae a la memoria recuerdos de necesidades ancestrales y de comportamientos que fueron habituales en el pasado, ligados a prácticas de recolección, de caza, de pesca, de intercambios y viajes. Hoy las tratamos como meros objetos de almacenamiento y decoración, vendiéndose principalmente en bazares y tiendas de bricolaje y jardinería. Las cestas han perdido así la movilidad que las caracterizaba como utensilios para transportar productos de un sitio a otro, de la granja al mercado y del mercado a la casa, o sirviendo a los pueblos nómadas durante sus eternos desplazamientos.

Para hacer una cesta, se requiere sin duda un gran sentido estético, habilidades técnicas y experiencia en el manejo de materiales especiales; sin embargo, a las personas que las fabrican no las consideramos artistas, ni ingenieros ni expertos en el sentido que hoy damos a estos términos en Occidente. Las consideramos, todo lo más, artesanos.

Por la cesta se conoce al artesano: la variedad de trenzados y la diversidad de vegetales utilizados, sauce, castaño, bambú, rafia, palma, mimbre, enea, junco, caña o paja, distinguen etnias y culturas, la mayoría de ellas (por no decir todas), marginalizadas.

Una cesta nos permite comprender que aún existen muchos mundos dentro de este mundo, separados entre sí por distancias enormes que no se miden en kilómetros sino en ignorancia y en prejuicios.

 

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