La canción de Pink Floyd y Triana

Triana y Pink Floyd, respectivamente

 

Carlos Domínguez
Óscar Carrera

No se sabe cuándo ni por qué, tampoco dónde ni cómo empezó todo. Pero lo cierto es que a finales de los 90, apareció una extraña rareza en Sevilla. Una de esas extravagancias que se mueven a la velocidad del sonido para traspasar cualquier frontera y arribar en el corazón huérfano de cualquier rockero.

Son muchas las misteriosas grabaciones ocultas que parecen circular en un mercado aún más insólito si cabe. Las famosas caras B, las canciones a medio editar, el popular LP post mortem… Son ejemplos de la posterioridad artificial que, sin mayor malicia, se intenta insuflar a un conjunto de bandas exánimes, si no literal, al menos compositivamente.

A ese juego de lo inaudito, se han apuntado las grandes compañías, desde la Warner a EMI. Todos recordamos las más de siete horas de documental o los tres LP que componen el napoleónico proyecto The Beatles Anthology. Además, claro está, de la inclusión de «Free as a Bird», ese tema que volvía a reunir a la banda alrededor de una cinta de casete con la voz de Lennon. Una disparatada conjugación que resultó ser un éxito de ventas, bajo un eslogan ciertamente prometedor, que auguraba una experiencia íntima con los cuatro muchachos. ¿Pero qué decir de Led Zeppelin? Aún resuena en nuestros oídos la reciente publicación de los británicos donde «Since I’ve Been Loving You» o «Whole Lotta Love» suenan «casi» iguales a su respectivas versiones originales.

Existe un grado de intimidad en la experiencia musical. Una fraternidad entre la banda y el oyente potenciada desde mediados del siglo XX, con la difusión en masa del tocadiscos o cualquier otro artefacto de reproducción musical. Permitiendo así una escucha directa en un ambiente privado y, con ello, una restructuración en la relación del público con el artista. Esa relación convive con el mayor periodo de divulgación musical en la historia de la humanidad, dando lugar a un singular fenómeno muy común en el fan. La compilación discográfica de una banda en particular, con el objeto de progresar en una intimidad con ella que resulta cuanto menos impostada. ¿Quién no se ha sumergido en las entrañas de una banda emblemática? Esa huida hacia adelante.

Tener toda la discografía de Yes, junto con los bootlegs y demás rarezas, es para muchos la única forma de diferenciar su experiencia particular, respecto a los millones de seguidores (que se dice pronto) de la agrupación a nivel internacional.

Ese fenómeno alcanza su vértice cuando la obsesión acumulativa falsea la historia de una banda. Y es que no son pocos los ejemplos de bulos que quedan injustamente anexionados a la trayectoria de un grupo. Hoy nos hacemos eco de uno de ellos. Y este no nació en California o en un motel de París. Este es patrio. De Sevilla.

Como decíamos al comienzo del artículo, un rumor se extendió rápidamente en la Sevilla de mediados de los 90. Que Triana bebe de las influencias de los Crimson, Yes o Pink Floyd lo sabíamos todos. Quizá lo que no sabíamos era que los Floyd y los Triana confraternizaban mutuamente. O al menos esa parecía ser la comidilla en los ambientes rockeros de Sevilla. La fecha no parece ser gratuita. Y es que se cuela mejor una mentirijilla cuando el mundo parece estar a otra cosa. Y la verdad, en 1995, tanto Pink Floyd como el rock andaluz en su conjunto vivían horas críticas.

La milonga coló, y ya había quien auguraba visitas exprés de Waters a su amada Sevilla. O quien se escuchaba el More una y otra vez, intentando atisbar a su amado Jesús o a cualquier otro maestro tras la guitarra o el teclado. Finalmente, todos ellos serían escuchados en sus plegarias. Al menos durante unos meses.

Espontáneamente la fantasmada adquirió mayor valor, si cabe. Una joyita de 2:50 minutos comenzó a extenderse por los círculos afines. Una canción de la que se aseguraba una coautoría de las dos emblemáticas bandas: Triana y Pink Floyd. Bajo el título de «A Rare Devil Doll in Seville».

Nadie sabía cuándo se produjo tal fatídica colaboración. Se barajaban fechas pero a nadie parecía importarle lo más mínimo. Parecía darse por hecho que Pink Floyd colaborara con la banda más grande de la historia española. No cabe la menor duda de que esa ingenuidad ayudó a difundir la «valiosísima» grabación.

 La canción tiene inri: ni suena a Pink Floyd ni suena a Triana. Excepto por una melodía final que recuerda de lejos a «En el lago», nada más lejos de la realidad. Que el sevillanito necesitado de la fe confundiese el lamento de gremlin circense de Mr. Doctor con el quejido de Jesús de la Rosa clama al cielo. El tema resultó ser otra de las extrañas piezas de Mr. Doctor y su banda italo-eslovena Devil Doll. Parte de una suite llamada Dies Irae (1996). Todo estaba mal desde el título, que pudiera haber aludido a una actuación en directo de «la secta de los Devil», quienes probablemente nunca pisaron Sevilla y rara vez un escenario, y que con dicho álbum se despedían. Ni por ahí se salvaban.

Y aunque usted crea que la comedia tiene exclusivamente carácter local, la falsa colaboración cruzó nuestras fronteras. Con mucha menos fortuna, también fue objeto de interés por los coleccionistas de Pink Floyd (alguno de ellos terminó por caer en la breva).

Una mentira que parece desvelar una realidad. Un grito de socorro por la perpetuidad del rock andaluz y la cultura autóctona de otra época. Una llamada de atención sobre el referente. Aquellos con los que los jóvenes de los 70 y 80 afirmaban haber vivido auténticas experiencias catárticas. E incluso un auténtico cambio de mentalidad, y quién sabe si de vida. Pues afirmando que una banda de prestigio internacional disfrutaba con Triana, se clamaba por su continuidad. Lo que no sabían es que la primera llevaba ya muchos años de lucha por no caer en el olvido.

 

Este artículo fue publicado en La Andalucía con autorización de sus autores, habiendo sido publicado originalmente en lavozdelsur.es

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