La búsqueda de Tartessos en Sidueña por «el cura loco»

Jerez y el Cerro de la Bola visto desde la Sierra de San Cristóbal. (Fotografía: Sebastián Chilla).

 

Jesús Caballero Ragel

Un artículo publicado por el director del Archivo Municipal de Jerez, Cristóbal Orellana González, en el blog Memoria Histórica de Jerez el 30 de mayo de 2016, me pone sobre aviso sobre Ventura Fernández López, un personaje singular que creyó haber descubierto en 1923 restos de la civilización tartésica y otros restos de civilizaciones posteriores en el pago de Sidueña, en el límite entre Jerez y El Puerto de Santa María, en zona cercana a la pedanía de El Portal. Orellana González, en su artículo titulado «El cura loco que pensó descubrir Tartessos al pie del Cerro de la Bola (Jerez, 1923)», realiza una semblanza del personaje y de sus descubrimientos en la zona comentada1.

Una extensa biografía del padre Ventura, citada por Orellana González, ha sido realizada por Jesús Cobo en su trabajo Elogio de la locura y menosprecio de la necedad (Necedad y locura en D. Ventura F. López)2. Sin duda, Ventura Fernández López fue un hombre culto que compaginó la vida religiosa con la dedicación a la literatura, el periodismo, la arqueología, la historia y el arte. Sin embargo, en todos sus trabajos, se observan delirios de erudición que le llevaron siempre a defender ideas disparatadas y fantasiosas, llegando incluso a perder la cordura y terminando su vida en un manicomio.

Siguiendo a su principal biógrafo, Jesús Cobo, de la que extraemos una síntesis de su biografía, había nacido en el pueblo santanderino de Bárcenas de Pie de Concha el 14 de julio de 1866. Se trasladó a los 10 años a estudiar en los escolapios de Madrid y después, a Ocaña (Toledo), donde ingresó en 1881 en el Colegio de Dominicos donde profesó votos simples. Tuvo que abandonar el colegio en 1866 por problemas de salud, que Jesús Cobo interpreta como «desarreglos nerviosos» mostrados ya desde su juventud3.

Siguiendo los datos que nos aporta Jesús Cobo, realizó posteriormente pequeñas colaboraciones en el periódico madrileño La Patria y publicó algunas poesías en El Correo de la Moda, publicando en 1887 su primer poemario titulado Libro para la cartera. En 1889, ya perdidas las últimas colonias españolas, marcha a Manila, donde estudia Teología en el colegio dominico de Santo Tomás. En Filipinas, donde colaboró con La Voz de España, estuvo 4 años, hasta que vuelve a España en 1.993, ordenándose sacerdote al año siguiente.

Siguió colaborando asiduamente en periódicos y revistas, sobre todo madrileñas, iniciando una gran producción literaria de poemas, ensayos, novelas, obras teatrales y estudios históricos. Su obra es ingente y profusa, propia de un carácter creador exuberante y un afán continuado de escribir y comunicar. Escribe el libro La Religión de los Indios tagalos (1894), los poemarios Theologales (sonetos) (1895) y Un sueño (1897), así como las novelas El filibustero (1893) y Los Niñongos (1894),

Después de un breve paso por Fontanar (Guadalajara) como párroco del pueblo, se establece en Toledo en 1898. Allí transcurriría gran parte de su vida. Funda ese mismo año el periódico independiente La Aurora, de corte regeneracionista y que tan sólo duró un mes y medio. En 1901, publica La Rota (canto épico), un trabajo basado en la derrota española contra las tropas napoleónicas en la batalla de Ocaña en 1809 y que él compara de forma regeneracionista con el desastre de 1898. En 1902, publica Prácticas de la vida espiritual, ascética y mística, un tratado meramente religioso. En 1905, publica la obra dramática D. Quijote y su escudero, en homenaje a Miguel de Cervantes.

En 1910, obtiene una plaza de religión en el instituto de Figueras, pero sus continuas ausencias, licencias y bajas por enfermedad, dejando incluso un curso sin evaluar a sus alumnos, provocaron su cese en 1915. Este mismo año, publica Arqueología y Bellas Artes. Apuntes para uso de institutos, seminarios y colegios de segunda enseñanza, un libro con el que inicia sus estudios históricos, arqueológicos y artísticos y que tuvo mucho éxito.

En 1915, es nombrado comisario de excavaciones en Toledo. Excavó en la zona de la Vega Baja de Toledo, donde se suponía la existencia del circo romano de la ciudad, donde encontró interesantes restos de épocas visigoda, árabe, mozárabe y mudéjar, considerando que había descubierto las ruinas de las antiguas basílicas visigodas de donde emanaron los concilios toledanos. Dijo haber encontrado la tumba del rey visigodo Suintila, cuyos restos guardaba en su casa para evitar su expolio. De hecho, muchos de los restos arqueológicos que encontraba, se los quedaba; otros, los vendía o regalaba, aunque otros los enviaba altruistamente a distintas instituciones culturales.

En esta etapa fue enemistándose con todo el mundo cultural de Toledo, sobre todo con la Academia de Bellas Artes y Estudios Históricos, fundada en 1916 por el erudito Ruiz de Arellano, que criticaban sus rápidas conclusiones y sus dudosas actuaciones metodológicas. A muchos de ellos, dedicó mordaces artículos en la prensa toledana. El caso es que su actitud continuamente polémica, su arrogancia y orgullo, su sentimiento de superioridad cultural sobre los demás y sus críticas a otros investigadores le valieron el cese en 1920 de su licencia para excavar en Toledo.

Su fama de «loco» se fue acrecentando por todo Toledo y su figura fantaseada sirvió de inspiración a varios novelistas de la época. De nuevo, Ventura F. López volvió a la carga con fantásticas elucubraciones históricas. En un artículo titulado «Cervantes en infantería», defendía que Cervantes había servido como soldado en el Alcázar de Toledo. En otros artículos, intentó probar la relación de Cervantes con Toledo, así como la inspiración de El Quijote en leyendas moriscas, por supuesto toledanas. Escribió la novela Don Alonso Quijano el bueno. Continuación de D. Quijote de la Mancha (1922), en donde D. Quijote es acompañado por un ingeniero inglés y un escudero jerezano. El relato curiosamente está dedicado al jerezano Marqués de Torresoto. Otras dos obras posteriores, como El proceso del Quijote (1925) y La Argamasilla de Cervantes (1926), muestran sus delirios eruditos, también muy polémicos, sobre la vida y la obra de Miguel de Cervantes.

El caso es que Ventura F. López obtiene en 1923 la plaza de profesor de religión en el instituto provincial de Cádiz, cargo que ocupó hasta 1926 cuando fue cesado por discrepancias con el obispo de Cádiz. En estos momentos es cuando elaboró su teoría de la existencia de Tartessos en el pago de Sidueña, de la que luego hablaremos con mayor profusión.

Una vez de vuelta a Toledo, como bien nos indica su biógrafo, Jesús Cobo, «le llegó el turno a Cristóbal Colón». En un nuevo folleto titulado «Colón, toledano» y otros escritos, quiso demostrar que Colón provenía de la nobleza toledana, llegando a la conclusión de que su nombre real era Miguel Illán Fonterrosa, hijo del arcediano de Guadalajara y de una morisca llamada Rosanna. Defendió incluso que murió en Toledo y que estaba enterrado en la iglesia de San Román, en la capilla de los Illanes. Incluso llegó a identificar su cuerpo momificado4. También escribió artículos sobre los cuadros de El Greco, creyendo descifrar de forma disparatada a los retratados en El entierro del Conde de Orgaz.

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Pese a haber mantenido siempre una ideología tradicionalista y regeneracionista, en 1931, según su biógrafo Jesús Cobo, festejó la llegada de la II República, quizá por el desencanto que le provocó el regeneracionismo. Pese a su condición de sacerdote, salvó su vida durante el dominio republicano de la ciudad, quizá por su fama de perturbado. Pero cuando la ciudad fue tomada por los nacionales, fue detenido con arresto domiciliario. Posteriormente fue declarado loco y recluido en el Nuncio o manicomio de Toledo.

Estando en el manicomio, escribió al director aludiendo a que el edificio había sido construido por Francisco Ortiz, nuncio apostólico del Vaticano, exigiendo que todos los que lo habitaban fuesen también considerados ciudadanos de El vaticano5. Entre las cartas que enviaba desde el manicomio y que quedaron guardadas en su expediente personal, se conserva un soneto a Franco como salvador de España, lo que hace dudar de sus sinceras ideas republicanas o quizá aumenta más la percepción de erudita locura que siempre padeció. También se conservan escritos en los que dice ser vidente, haber tenido visiones divinas, haber sido llamado para salvar la religión cristiana y otros delirios por el estilo. Murió tras padecer una miocarditis aguda en el manicomio toledano el 17 de noviembre de 1944 a los 78 años de edad.

Ventura F. López y Tartessos en la desembocadura del Guadalete

Orellana González, en el artículo ya comentado, nos indica la existencia de tres artículos publicados por Ventura F. López sobre la temática de Tartessos en el periódico local de Jerez, El Guadalete, correspondiéndose con los días 5, 7 y 9 de diciembre de 1923. En realidad, hemos podido documentar 15 artículos publicados en El Guadalete en 1923 sobre la Atlántida y Tartessos, así como sus descubrimientos arqueológicos en la zona de Sidueña. Creemos que publicó uno más entre el 1 y 2 de mayo de 1923, ejemplares que no hemos podido hallar.

Con su primer artículo, titulado «Las Atlántidas» y publicado el 8 de abril de 1923, inicia Ventura F. López sus disparatadas teorías sobre la situación de la ciudad de Tartessos en la zona rural de Jerez. En aquellos momentos, el alemán Adolf Schulten buscaba la ciudad de Tartessos en el coto de Doñana, teoría que él considera equivocada. Ventura F. López inicia la tarea de rivalizar con Schulten por encontrar la gran ciudad de Tartessos. Para el padre Ventura, Tartessos era la heredera de la Atlántida, una tierra entre Cádiz y América que se había hundido por desastre natural. Sin embargo, una parte de la provincia de Cádiz no quedó hundida, siendo parte de la antigua Atlántida. La Atlántida poseía un nivel de civilización superior y, según el padre Ventura, Tartessos ocupó su espacio no hundido y heredó su cultura y nivel de civilización. En este primer artículo, concluye que «De suerte que de Jerez se trata al hablar de Tartesio, y son sus campos y esteros la soñada Atlántida…» y que «…de Jerez viene el pueblo más antiguo de España». Cree, además, que el Guadalquivir y el Guadalete estuvieron unidos por la zona de Jerez, aludiendo probablemente al arroyo o estero del Guadabajaque: «Para verlo claro no hay más que observar el gran seno formado por La Alcubilla, que es el lago de Pomponio Mela, todavía manando en el balneario, y el cauce a todas luces del antiguo brazo del Guadalquivir conservado en el arroyo de la Puerta de Rota».

En su segundo artículo, titulado «El jardín de las Hespérides», alude a la existencia de esta zona en la región de Jerez, zona que representa el mito del rico occidente, adonde los pueblos orientales quieren llegar6. Tiene claro que las frutas de oro del jardín de las Hespérides son «las naranjas» e identifica la existencia de Tartessos en donde estuvo este jardín. Buen conocedor de las fuentes clásicas, identifica a Gerión con el Guadalquivir y sus tres cabezas con tres cauces: «…el Guadalquivir, el Guadalete y el Salado (río San Pedro)», pues consideraba, quizá acertadamente, que los periplos antiguos habían confundido que el Guadalquivir y el Guadalete eran el mismo río. Considera que el nombre de Asta Regia deriva de la «laguna Estigia». Afirma con su característica rotundidad que los Atlántidas y sus herederos los tartesios «…inventaron las letras, el cálculo de las estrellas, los barcos y, en fin, todo lo que se ha llamado cultura griega», pues consideraba que los tartesios habían transmitido su cultura a los colonizadores griegos.

Sobre Jerez, hace notar la «eufonía con Gerión» y alude al mito de Augias, cuyos establos fueron limpiados por Hércules desviando un río y provocando la desecación de la laguna Estigia, que quedó convertida en fértiles campos. Considera a Tarsis el creador de Tartessos y a su hermana Elisa, como quien da nombre a estos campos fértiles en torno a Jerez, los «Campos Elíseos». Y concluye que Jerez es Tartessos, pero no su ubicación actual, sino la zona de El Portal, donde estuvo el Jerez antiguo.

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En su tercer artículo, titulado «Tartessos o la Atlántida», vuelve a insistir en que el Jerez antiguo no fue la ciudad de Asta, como defendía el padre Rallón, sino, siguiendo al moro Rasis, Gerebo o Jerez-Saduña, que él identifica claramente con las ruinas existentes en el pago de Sidueña7. Para él, aquí estuvo anteriormente la Asido romana de Plinio y niega su existencia en Medina Sidonia. Estas teorías se pueden entender como innovadoras y hoy día historiadores como Borrego Soto identifican la Sidonia árabe en el pago de Sidueña, y no en Medina Sidonia. Ventura López parece acertar al considerar el actual Jerez como fundación árabe, y la arqueología parece darle la razón al no haber aparecido restos de una ciudad romana en el actual Jerez. Manifiesta la gran importancia estratégica de la sierra de San Cristóbal «…dominando todo el llano desde Cádiz hasta Sanlúcar ¡y no hay eminencia igual en toda la llanura!». Quizá, en este tercer artículo, Ventura F. López hace conclusiones de gran coherencia.

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Vuelve a identificar con claridad la ciudad de Tartessos con las ruinas existentes en Sidueña: «…y la entrada de la ciudad está en la torre de Doña Blanca, mirando al mediodía, como Tartessos estaba; es decir suavemente recostado en la pendiente de la sierra hasta tocar con los esteros del Puerto. Fuerte, en una palabra, por el lado del mar, y condicionalmente asequible por tierra». En otro estado de lucidez, alude al gran daño causado a los posibles restos por las canteras existentes en San Cristóbal, como han observado otros historiadores en la actualidad. Así, ante la ausencia de restos arqueológicos, manifiesta que «quizá muchos sillares que han pasado por sacados de las canteras, han salido de los muros ciclópeos que debían defender Tartessos».

El caso es que, tras la publicación de este tercer artículo por Ventura F. López, se crea en Jerez una gran expectación en torno al descubrimiento de Tartessos. Tal es así que el propio periódico de El Guadalete sacó una reseña titulada «En busca de la Atlántida», en el que hacía constar el interés provocado por los artículos del padre Ventura, así como la intención de varios jerezanos de «pedir a la Junta Central de Excavaciones Artísticas el oportuno permiso o concesión de las que intentan en cerro redondo (Cerro de la Bola en El Portal) y sitio denominado de Las Cruces». Incluso se añade que el padre Ventura había dado noticias de sus hallazgos en el lugar al director general de Bellas Artes, «y no tendría de particular que éste viniera a inspeccionar el terreno acompañado con D. José Ortega y Gasset». La expectación provocada por el padre Ventura era tanta que El Guadalete concluye que «la corriente mundial del turismo que hoy va a Egipto a ver las tumbas recientemente descubiertas, derivarían hacia Jerez, con lo que la fama de nuestra ciudad acrecería notablemente»8.

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Sin duda, la expectación venía por la creencia del momento de encontrar una ciudad de Tartessos grandiosa, llena de palacios, formidables esculturas, inscripciones y tesoros artísticos de oro y plata, etc. En definitiva, el sueño que Schulten había provocado en la sociedad del momento y que Ventura F. Soto había hecho propio y transmitido a través de sus artículos a la sociedad jerezana de principios de siglo.

En un cuarto artículo titulado «Más de la Atlántica», vuelve a insistir en la ubicación de Tartessos en el pago de Sidueña frente a otros despistados arqueólogos que la buscaban en otra parte9. Siguiendo notas del Génesis, identifica la Sidón fenicia con una ciudad portuaria instalada en la antigua Tartessos: «…Tartessos, destruida por los cartagineses, es Sidonia o Sidón, de lo que hoy se llama el Puerto se trata». Vuelve a insistir en que la ciudad de Asido romana nombrada por Plinio es el Jerez antiguo, en el pago de Sidueña. Habla de unas supuestas monedas de Asta Regia: «…que todas tienen una estrella como divisa, entre el tritón que figura el mar y el toro que simboliza la tierra firme de los campos Elíseos». Hoy parece confirmarse que Asta no acuñó monedas, en lo que parece otro delirio del padre Ventura. Considera que la Sierra de San Cristóbal es el nombre cristianizado de la antigua Sierra de Hércules. Y, por último, indica el lugar por donde deberían empezar las excavaciones para descubrir Tartessos, insistiendo en empezar por El Portal: «…sitio denominado de la Bola o cerro redondo, porque nos parece que eso es un templo al modo de los asirios, que servían lo mismo de torres para consultar los astros, que de lumbres para alumbrar a los navíos». Empieza aquí su obsesión por encontrar un templo tartésico en el Cerro de la Bola, motivado, como después veremos, por haber hallado en este cerro diversos materiales arqueológicos. Culmina el artículo resaltando de nuevo la importancia de la Sierra de San Cristóbal: «…lo único que llegando del Estrecho se divisa».

En un quinto artículo titulado «Cómo era la Atlántida», sitúa Tartessos en la Sierra de San Cristóbal y describe una época tartésica donde la provincia de Cádiz era una zona de esteros donde el agua estaba muy presente en todas partes, formándose islas en donde se crearían ciudades dependientes de Tartessos. Concluye que Tartessos es la Jerez antigua existente en el pago de Sidueña: «Y columbro la ciudad de Tartessos o Jerez antigua precisamente con la figura de barco, cuya proa señalando a Cádiz es el Puerto; de dos leguas no menos de larga; es decir de Cerro Frutos hasta la torre de Doña Blanca…». También nos indica en este artículo que se habían iniciado excavaciones en el lugar por parte de la comunidad franciscana, de la que nunca se han tenido noticias10.

En un sexto artículo titulado «En pleno Tartesos», nos habla de restos arqueológicos recogidos por él y un grupo de amigos en la zona de Sidueña, más concretamente en el entorno del Cerro de la Bola, correspondiente a varias épocas: «en la isleta hallaron en un yacimiento de grava restos de un sepulcro romano anterior a nuestra Era, y luego en un horno derruido junto a Puente viejo, que las piedras de que estaba hecho eran ni más ni menos que monolitos, unas al modo de los asirios, y otras trozos de capiteles egipcios, alguno con inscripción no cifrada todavía». Pero quizá lo más significativo para sus teorías es la aparición en el lugar de «una loseta de derretido» o «piedra artificial» que representa el rabo de un toro, de la que extrae unas personales conclusiones sobre que el toro era el símbolo de la cultura tartésica, lo que le sirve para apoyar sus ideas de que ha descubierto restos de la ciudad de Tartessos en el Cerro de la Bola. Sobre el capitel encontrado reutilizado en el horno, dice que «…queda sin descifrar; más desde luego es carácter de fenicio sidonio, el correspondiente a S.», por lo que parece haber encontrado restos púnicos en el lugar. Por último, pide que se inicien excavaciones en el Cerro de la Bola, resaltando el error de Schulten de buscar Tartessos en el coto de Doñana: «Véase pues, nuestro acierto al señalar el Cerro de la Bola como el lugar donde deben empezar las excavaciones, y cuan errados andan todos los que persiguen el Tarteso por Sanlúcar y el coto de Doñana»11.

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Quizá la importancia de este artículo resida en la relación de restos arqueológicos que parece que encontró en el lugar: una tumba romana, un horno de época indeterminada con restos reutilizados, una loseta con restos de un rabo de toro que él cree de época tartésica y restos de capiteles reutilizados, uno de ellos de época púnica.

Dedica después varios artículos a Tartessos y a la Atlántida en los que analiza su cultura, su religión y su lengua, partiendo siempre de que Tartessos era la continuación de la civilización de la Atlántida. En su séptimo artículo sobre el tema, titulado «La religión del Tartesos», divaga sobre la religión que existió en la Atlántida y en Tartessos. Para ello, se basa en los restos de un toro o buey encontrado en el Cerro de la Bola, lo que le hace considerar que era este lugar donde estaba situado su principal templo. Considera que es la representación del buey Apis, que es la divinidad egipcia que éstos transmitieron a los tartesios tras su conquista. Aclara que estaba hecho en una piedra negra, observándose encima la muesca del triángulo que representaba la divinidad. Posteriormente, en otros artículos, aclarará que esta piedra negra es un aerolito o meteorito en la que se grabó el toro, siendo estos meteoritos utilizados tradicionalmente como piedras sagradas.

Cree que los códigos de leyes tartésicos fueron copiados por el griego Solón. Concluye que los tartesios eran monoteístas hasta que fueron conquistados por los egipcios, que trajeron el culto al buey Apis. Termina el artículo aclarando que «Este ídolo del tartesio, por lo demás, lo hemos hallado al pie del Portal, donde nosotros supusimos desde el principio el templo de el Tartesos y representa el becerro de los israelitas, o sidonios, en el desierto. Por eso Jerez (se refiere al Jerez antiguo en Sidueña) es la Asidonia de los romanos, de la Sidón de los fenicios»12. El padre Ventura da a entender que, en el pago de Sidueña, hubo una Sidon fenicia, después, una Asidonia romana y después, una Sidueña o Sidonia árabe, siendo el poblamiento antiguo de la actual Jerez.

Creemos que un octavo artículo suyo divagando sobre la cultura tartésica se debió haber perdido y que pudo publicarse el 1 ó 2 de mayo de 1923, números de El Guadalete que no se han conservado. El caso es que el siguiente artículo lo numera como IX, cuando el anterior conservado era el VII.

Este noveno artículo que titula «La Arquitectura tartesiana» puede resultar interesante, porque vuelve a hacer referencias a restos arqueológicos de la zona de Sidueña. Dice haber encontrado un hacha de sílex como las que aparecen en el bajo Nilo y una basa y nacimiento de columna «…que se diría también una palmera petrificada, si no fuese que el tornasolado de los grumos que la componen nos dieran idea también de un derretido, o piedra artificial fundida en molde…». A raíz de este trozo de columna, fantasea sobre los edificios tartésicos: «Así podían decir de él los antiguos escritores que era ciudad de maravilla, porque si al simulado bosque de palmeras que constituiría el conjunto de edificaciones, se añade su coloración rosada, simularía al nacer de la aurora su coloración constante». Del análisis de esta columna, convencido de que es de un templo tartésico, saca por conclusión un sincretismo cultural entre Egipto y Tartessos, inspirando la arquitectura tartésica a las construcciones egipcias13.

En el siguiente artículo titulado «Piedras del Cielo», Ventura F. López nos habla del hallazgo de dos aerolitos o meteoritos de piedra negra labrados con la figura del buey Apis encontrados en la zona de Sidueña. Ya en artículos anteriores, había referenciado que uno de ellos había aparecido en el Cerro de la Bola. El padre Ventura especifica que se tratan de exvotos traídos por culturas orientales al templo tartésico existente en el lugar. Jesús Cobo y Cristóbal Orellana observan que uno de ellos fue regalado por el padre Ventura al Vaticano, lo que originó el disgusto del obispo de Cádiz y una de las causas de su posterior cese como maestro de religión en el instituto de Cádiz14. Por lo demás, divaga sobre sincronismos religiosos y vuelve a resaltar la influencia de la cultura tartésica en las civilizaciones orientales15.

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Debieron aparecer las primeras críticas en diversos medios de comunicación de la zona cuestionando las teorías defendidas por el padre Ventura, pues en El Guadalete de 12 de mayo, en una escueta noticia titulada «Nota del día», el padre Ventura se defendía de las críticas que estaba recibiendo. Conforme a su agresividad verbal característica, arremetía contra un académico de la Academia Hispanoamericana de Cádiz, al que no cita: «…que eso del Tartesos lo he inventado yo y no era Jerez donde estaba sino en la Mancha Alta». Se ve que todos los eruditos, a la moda de Schulten, buscaban por todas partes tan esplendorosa ciudad, como el propio Ventura Fernández lo hacía en el pago de Sidueña. Parece que existía una clara rivalidad entre los eruditos de la época por ver quién sería el descubridor de la ciudad de Tartessos. Por supuesto, el padre Ventura lo critica con dureza: «Para ello el hombre baraja unos cuantos nombres de autores griegos y romanos, copiados por supuesto, que él no sabe latín y menos griego, y se queda tan fresco…». Para terminar el artículo despreciando al académico con la frase: «Y no va más, que ya estamos alargando el comentario». Fiel a su estilo, como le había ocurrido en Toledo, Ventura Fernández tenía el don de enemistarse con el mundillo intelectual y con todo aquél que no apoyase sus teorías.

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El siguiente artículo suyo, que enumera con el XI, no tiene desperdicio alguno. Lo titula «La lengua de la Atlántida» y viene a intentar demostrar que el euzkera o vascuence era el lenguaje de los Atlántidas y después, de Tartessos y que éstos transmitieron a otras culturas: «…que demuestra que dichos caracteres son en el número y el nombre los mismos que el vascuence, y ello sólo basta para tener a este idioma como el primitivo de España, porque está fuera de dudas que de aquí lo tomaron los fenicios y de ellos Cadmo entre los griegos». Concluye el padre Ventura que «…no queda sino proclamar el vascuence, no ya como el lenguaje ibérico, como el idioma primitivo universal, mejor, que es a lo que tienden los modernos filólogos, que encuentran las palabras del euzquero desde los Urales hasta la aborigen América»16.

En el siguiente artículo, «Hacia la nueva era», intenta probar que el género humano tenía un solo origen. Destaca que «… la Atlántida era, en efecto, un país sumergido hoy en el Océano, del que apuntan sólo en el Atlántico las islas de Cabo Verde y Puerto Rico, desde Cádiz a Guatemala». Resalta las similitudes de las culturas maya y egipcia y acaba pidiendo reconocimiento para sus hallazgos en Sidueña17.

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El caso es que, con este artículo, Ventura F. López interrumpe por un largo tiempo sus teorías sobre Tartessos y deja de publicar en El Guadalete. Posteriormente dirá que había interrumpido sus artículos por respeto a Schulten, hasta que éste terminase de excavar en Doñana, y quizá temiendo que pudiese encontrar la ansiada ciudad de Tartessos. Quizá su silencio se deba también al disgusto que sus artículos estaban provocando en las autoridades religiosas gaditanas, que ya debían estar al tanto de su carácter desabrido y sus desequilibrios anímicos. El caso es que no hemos encontrado más artículos suyos en El Guadalete desde el 20 de mayo de 1923 hasta diciembre del mismo año. Estos últimos artículos, tres de ellos referenciados también por su biógrafo Luis Cobo y por Cristóbal Orellana, fueron publicados en El Guadalete el 2, 5 y 7 y 11 de diciembre de 1923.

En el primero de ellos, que titula «Vuelta al Tartesos», incide en haber dejado de escribir sobre el tema «…por respeto al rubio alemán, que ha tenido la honradez de confesar que no ha descubierto nada en su exploración que ni por lo más remoto se acerque a la más antigua ciudad de Occidente que buscaba». Dice que el catedrático de prehistoria de la Academia de la Historia había visitado el yacimiento de Sidueña y apoyaba su teoría. Dice tener licencia de excavación en el Cerro de la Bola y pide al dictador Miguel Primo de Rivera, en su condición de jerezano, que sufrague la excavación. Dice reconocer la planta de la ciudad, parecida a la ciudad de Tiryus (la fenicia Tiro), «…tal como nosotros la vemos desde el castillo de Doña Blanca…». Dice que la ciudad estaba amurallada y dos ríos recorrían su foso: «…entre dos ríos que sirven de foso a la muralla inferior, (piensa en el Guadalete y en el arroyo de Torrox) con tres arcos lo mismo hasta llegar al palacio de Argantonio en el Cerro de la Bola». Considera que la ciudad de Tartessos existente en el lugar tiene 3000 metros y piensa en la urgencia de excavar en el castillo de Doña Blanca, «que llegaba hasta Las Cruces antes»18.

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En el siguiente artículo, titulado «El alma del Tarteso», escribe poéticamente aludiendo a voces que se escuchan en la zona de Sidueña y que son oídas por una simple pastorcilla: «…alguien que la llama, invitándola a desenterrar el tesoro que bajo aquellas tierras se guarda… Es la voz del Tarteso, que espera miles de años doliente quien la escuche…». En cierta manera, el artículo es una llamada a modo de canto lírico para que se acometan excavaciones en Sidueña. Concluye que él se considera el elegido para desenterrar los misterios de la civilización tartésica: «…Y quiero ser yo quién la atienda solícito; quien desentierre el tesoro de su prehistórica cultura; descifre sus enigmas; explique sus misterios…»19.

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En otro nuevo artículo que vuelve a retitular «En pleno Tartessos», con el mismo nombre con el que ya había publicado otro artículo en abril de 1923, vuelve a pedir urgentes excavaciones en la zona y describe restos arqueológicos que ha encontrado. Ve con claridad una ciudad romana en el lugar: «…hay que excavar la ciudad griega; más la romana que la sucedió está tan clara sin excavar, que solo puede no verla quien jamás haya visto ruinas romanas». Incluso dice ver con claridad una calzada romana que atraviesa la ciudad: «la calzada romana, atravesando a lo ancho la ciudad…».

Al parecer, Ventura F. López, que sí entendía de arqueología, aunque después fantaseaba en exceso con lo que encontraba, dice haber visto restos de una ciudad romana en el pago de Sidueña. Hasta ahora, los arqueólogos han encontrado restos romanos en esta zona, pero no los suficientes restos para constatar la existencia de una ciudad. Sí han aparecido restos de zonas industriales con alfares en las cercanías (Barja, El Tesorillo, Las Quinientas, etc.), pero no los restos de construcciones urbanas. Tampoco se han encontrado restos de una vía romana por la zona, aunque algunos historiadores consideran factible la presencia de una vía romana por el lado oriental del Guadalete que cruzase este río hacia el lado de Sidueña y El Portal y continuase hacia la zona de la actual Jerez20. También se ha especulado en la actualidad sobre que esta ciudad romana pudo ser destruida totalmente por las canteras de San Cristóbal, que durante siglos surtieron de piedra para las construcciones sevillanas y jerezanas. El caso es que el padre Ventura dice haber visionado una ciudad romana en el lugar. ¿Quizá la Asido de Plinio, como él defendía21?

Por otra parte, dice haber hallado restos de otras épocas: «…hemos hallado allí vestigios de todas las civilizaciones que al Jerez antiguo precedieron: tumbas fenicias con lápidas de caracteres ibéricos y tartesianos que otro día reproduciremos….y las murallas de ésta de más de tres metros de espesor antecedida por la parte de la vieja madre del río Guadalete, de los glasis en forma estrellada, exactamente lo mismo que en la castramentación moderna… Luego algo que recuerda los monolitos asirios, sus típicos libros: o quizá meridianos egipcios, y para que nada falte, en otra piedra, la Cruz de los Santos Lugares».

Concluye que «…La ciudad debió tener a lo largo una extensión de media legua, y a lo ancho terminar en la Sierra de San Cristóbal». Sigue describiendo la abundancia de restos: «Y tras esto, claro es que lo que más abunda es el frogón característico romano; los ladrillos gruesos alternando con ello en algunos sectores, y galerías partidas con refugios que han servido hasta el siglo XVIII de capillas». También habla de los que los lugareños han expoliado y vendido objetos de oro y «jáquimas de caballos». Considera urgente excavar en el Castillo de Doña Blanca y dice haberse acompañado en su visita al lugar de sus amigos Durán, Guinea y Martín. Y culmina con que «Nos basta con haber descubierto el Tarteso».

Quizá sea este artículo en el que más profusamente describe los restos encontrados en el lugar. Sin duda, el padre Ventura observa un gran yacimiento, como después, ya en el siglo XX, la arqueología acometería sacando a la luz el gran yacimiento púnico de Doña Blanca.

El último artículo que hemos encontrado de Ventura F. López sobre Tartessos se publicó el 11 de diciembre de 1923 y lo tituló «Hiram el arquitecto». En él, dice haber encontrado una lápida «…en el castillo de Doña Blanca (que ya podemos llamar sin peligro torre del Tartesos, puesto que ella sola prueba su emplazamiento)». El artículo en sí es un delirio erudito más del padre Ventura. Dice leer en la lápida «Hiramb gagueren, es decir algo que por sus raíces euzquera podría traducirse Hiram el arquitecto…». Cree que hace mención al constructor del templo de Salomón. Describe la lápida encontrada de la siguiente forma: «…es un bloque de piedra arenisca como la de las próximas canteras, de setenta centímetros de larga, por treinta de ancha, y cerca de veinte de espesor. Se hallaba con otra sin leyenda cubriendo una tumba fenicia como las que se ven en Cádiz en Puerta de Tierra, y en la misma disposición». Dice que mandó el calco de la lápida a la Real Academia de la Historia. Termina el artículo afirmando haber encontrado una ciudad griega con su puerto: «…y en tanto adelantamos ya que conlumbramos la ciudad griega con su puerto fluvial, muy parecido por cierto, al similar de Alejandría con todo y con ser cinco siglos más antiguo que éste el del Tarteso».

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Después de este artículo, no hemos encontrado más colaboraciones de Ventura F. López en El Guadalete, lo que no quiere decir que no las hubiese, pues no hemos consultado todos los números hasta 1926, año en que volvió de nuevo a Toledo. Dejamos esa tarea a otros interesados en el tema. Dejando al margen las hipótesis eruditas y fantasiosas del padre Ventura buscando la mítica Tartessos en Sidueña, creemos que los artículos de Ventura F. López tienen su interés por la descripción, aunque no sean del todo fiables, de la gran cantidad de restos arqueológicos que halló en el pago de Sidueña en la desembocadura del Guadalete.

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Desde un principio, en su búsqueda de Tartessos, Ventura F. López observó un gran yacimiento arqueológico en la zona del castillo de Doña Blanca, así como otros restos dispersos en la cercana Sierra de San Cristóbal y en el Cerro de la Bola. No fue el único que vio estos restos. Agustín y José García Lázaro, en su artículo «Por las tierras de Sidueña con el Padre Coloma», hacen referencia a la obra Caín de este escritor jerezano, publicada en 1873 y que ya recogía restos arqueológicos en la zona, nombrándose la existencia en el lugar de una gran fortificación con murallas turdetanas donde eran visibles hasta 8 torres22. Ventura F. López se dio cuenta en 1923 de que estaba ante un gran yacimiento arqueológico y, emulando a Schulten, buscó aquí Tartessos.

El yacimiento de Doña Blanca fue excavado entre 1979 y 1995 por un equipo de arqueólogos dirigidos por Diego Ruiz Mata. En sus ruinas se descubrió una importante ciudad amurallada y portuaria fenicia datada entre los siglos VIII-III a. C. En el entorno al poblado fenicio, existen restos de la Edad del Cobre como los encontrados en el poblado de La Dehesa (III milenio a. C) y la plataforma de las cazoletas, así como otro posible poblado de la misma época en la zona occidental de la sierra de San Cristóbal, poblado y necrópolis de Las Beatillas, quizá aún más antiguo que el de la Dehesa. También destaca la necrópolis de Las Cumbres con el hipogeo del sol y la luna del Bronce pleno (siglos XVII-XVI a. C), un túmulo funerario del siglo VIII a. C. y la existencia de una gran necrópolis fenicio-púnica con más de 80 tumbas dispersas, muchas de ellas excavadas en la rocas, que se datan entre los siglos VII-V a. C. También hay que destacar el poblado turdetano de Las Cumbres (siglo V-III a. C.), una zona industrial donde apareció el lagar más antiguo de la península Ibérica. El historiador Borrego Soto identifica sobre las ruinas fenicias del Casillo de Doña Blanca la existencia de la ciudad de Sidonia o Saduña, donde han aparecido restos islámicos desde el siglo VIII e identifica también en el lugar, siguiendo a Ruiz Mata, la existencia de restos romanos y visigodos23.

El Cerro de la Bola, donde Ventura F. López creía que estaba el principal templo tartésico o incluso el palacio de Argantonio, es un cerro de forma redondeada existente a menos de un kilómetro del castillo de Doña Blanca en dirección a Jerez. No conocemos que haya habido intervenciones arqueológicas en dicho cerro. Como bien nos documentan los investigadores Agustín y José García Lázaro, el espacio del Cerro de la Bola fue adquirido por la Armada española en 1944 para construir un polvorín, aprovechando la existencia en el lugar de unas canteras de areniscas. La idea era albergar numeroso arsenal explosivo que por entonces se acumulaba en unos almacenes de la armada en el barrio de San Severiano de Cádiz. Antes de que se trasladase el material al Cerro de la Bola, el polvorín de Cádiz explotó el 17 de agosto de 1947, provocando una de las mayores tragedias que ha sufrido esta ciudad. Tragedia de la que nunca se depuraron responsabilidades, constituyendo un hecho trágico que fue celosamente velado por la dictadura franquista.

La explosión de Cádiz aceleró el proceso de construcción del polvorín en el Cerro de la Bola. Para ello, siguiendo a los mencionados autores, en los años 50 del siglo XX, se construyeron varios túneles para guardar el material explosivo en su interior. El polvorín estuvo activo hasta los años 80 del siglo XX, cuando se desmanteló y se abandonaron las instalaciones por parte de la armada. En los primeros años del siglo XXI, ante el abandono de las instalaciones, se creó una plataforma social para conseguir que los terrenos del Rancho de la Bola revertieran a la sociedad en espacio público, algo que no se ha conseguido24. Por todo ello, este espacio, en donde el padre Ventura situaba un templo tartésico y donde encontró restos de gran importancia, ha quedado en el ostracismo para la arqueología.

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Pese al carácter fantasioso del padre Ventura en cuanto a sus investigaciones en el pago de Sidueña buscando, a imitación de Schulten, la mítica Tartessos, creemos que algunas de sus aportaciones pueden ser de gran valor. Ventura F. López fue el primero que observó en este lugar un yacimiento de gran importancia, que con la forma de actuar de la arqueología del momento, interpretó a su manera, orientando sus hallazgos a la búsqueda romántica de Tartessos. Las excavaciones dirigidas por el profesor Diego Ruiz Mata a partir de 1979 en el lugar confirmaron la gran importancia arqueológica de la zona, como ya había constatado el padre Ventura en 1923.

También es significativa su teoría sobre el origen de Jerez. Para Ventura F. López, el Jerez actual era una fundación islámica, algo en lo que parece que no se equivocó a tenor de los restos arqueológicos aparecidos en el núcleo urbano de Jerez que así lo atestiguan. En cierta manera, fue una idea original, pues por esos años todavía los historiadores locales discutían sobre si las propias murallas de Jerez eran romanas. Para el padre Ventura, la población de Jerez proviene del pago de Sidueña. Él creía ciegamente que allí estuvo la ciudad de Tartessos, pero dio continuidad a este asentamiento con una ciudad púnica, Asidón, que después se verificó en el lugar. También creyó ver restos de una ciudad griega (¿el mítico Puerto Menestheo de Ptolomeo?) y describe claros restos de una ciudad romana y una calzada de la misma época en el lugar, que identifica con la Asido romana, descartando subliminarmente la ubicación de ésta en Medina Sidonia.

En este sentido, da otra nueva versión sobre ser Jerez la Asido romana que tanto defendieron los eruditos de los siglos XVI al XVIII, interesadamente, para reivindicar el obispado asidonense en Jerez y su separación de la diócesis sevillana. Pero no defiende una Asido romana en el solar de la actual Jerez, como hicieron los eruditos anteriores, sino en Sidueña, lo que él denomina el «Jerez antiguo». Y, por supuesto, también da por sentado que esta ciudad fue la Asidonia árabe, siguiendo a Razis, y vuelve subliminarmente, sin nombrarlo, a negar su existencia en Medina Sidonia. Esta última teoría ha sido después defendida en la actualidad por el historiador Borrego Soto, en mi opinión, con gran suspicacia.

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Por tanto, en la búsqueda enloquecida de Tartessos, Ventura F. López, sin quererlo, da una versión lógica del enigma existente sobre los orígenes de Jerez. Y este habría que buscarlo, siguiendo a este empecinado Schulten cántabro, en el pago de Sidueña, donde él creía que estuvo Tartessos, heredera de la Atlántida, y después, la Asidón fenicia, la Asido romana y la Sidonia islámica. Y en fecha islámica que el padre Ventura no precisa —y que pudieron ser con lógica los ataques normandos que sufrió la zona en el siglo VIII—, el grueso de esta población se trasladó a la actual Jerez, la Sarish Sadunia de clara fundación islámica.

En consecuencia, no hay que desdeñar las fantasiosas teorías del padre Ventura sobre Tartessos en Sidueña, sino entresacar sus aportaciones a la historia de la zona de Jerez, a partir de lo que él pudo ver y descubrir en esta zona en 1923.

Ventura F. López fue un soñador de la historia. Siempre buscó ínfulas llenas de esplendor en sus investigaciones históricas y arqueológicas, concluyendo en contradictorias teorías llenas de fantasía y locura. Perdió la cabeza buscando la sabiduría, pero en sus trabajos se observa a veces un grado de lucidez propio de los que enloquecen por acercarse con tanta intensidad a descubrir la verdad entre la nebulosa del pasado.

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PIES DE PÁGINA

1 ORELLANA GONZÁLEZ, Cristóbal: «El cura loco que pensó descubrir Tartessos al pie del Cerro de la Bola» (Jerez, 1923). En Diario de Jerez de 4 de junio de 2016 y en blog Memoria histórica de Jerez, publicación de 30 de mayo de 2017 en http://memoriahistoricadejerez.blogspot.com.es/2016/05/el-cura-loco-que-penso-descubrir.html.

2 COBO, Jesús: «Elogio de la locura y menosprecio de la necedad (Necedad y locura en D. Ventura F. López)». En Archivo Secreto: Revista Cultural de Toledo, nº 6, 2015, pp. 198-229. Puede verse en http://www.toledo.es/wp-content/uploads/2017/02/revista-archivo-secreto-6-parte-08.pdf. La mayoría de los datos biográficos aquí expuestos están tomados de este trabajo.

3 Ibídem, p. 199.

4 Ibídem, p. 216.

5 Ibídem, p. 219.

6 El Guadalete, 10 de abril de 1923, p. 1

7 El Guadalete, 11 de abril de 1823, p. 1

8 El Guadalete, 12 de abril de 1923.

9 El Guadalete, 15 de abril de 1923.

10 El Guadalete, 24 de abril de 1923, p. 1

11 El Guadalete, 25 de abril de 1923, p. 1

12 El Guadalete, 27 de abril de 1923, p. 1

13 El Guadalete 3 de mayo de 1923, p. 1. El Guadalete lo titula como «artículo IX», por lo que parece que se ha perdido un artículo más sobre Tartessos, que debió publicarse el 1 ó 2 de mayo, días en los que, o no se publicó El Guadalete (el 1 de mayo era la fiesta del trabajo), o algún número (quizá el del 2 de mayo) no se ha conservado.

14 Ver Orellana González, Cristóbal, Ob. Cit. y Cobo, Jesús, Ob. Cit., p. 216. Jesús Cobo hace referencia a que en la obra del padre Ventura titulada «El Templo de Melkart en Toledo», hacía alusión a sus excavaciones en la desembocadura del Guadalete. Jesús Cobo se expresa así: «Dice haber encontrado “entre Jerez y Puerto de Santa María uno de los ex votos” que se ofrecían a Melkart, “un aerolito en forma de cabeza de carnero”, que regaló al museo Vaticano. Sus peculiaridades le hicieron enfrentarse al obispo de Cádiz, don Marcial López Criado, y dieron lugar a la instrucción de un expediente disciplinario que se resolvió con su separación definitiva del profesorado en julio de 1926. Don Ventura achacaba la pérdida de su cátedra a la incomprensión que había suscitado su regalo del aerolito».

15 El Guadalete, 8 de mayo de 1923, p. 1.

16 El Guadalete, 18 de mayo de 1923, p. 1.

17 El Guadalete, 20 de mayo de 1923, p. 1.

18 El Guadalete, 2 de diciembre de 1923, p. 1.

19 El Guadalete, 5 de diciembre de 1923, p. 1.

20 CABALLERO RAGEL, Jesús: «Los caminos de la Vía Augusta en torno a Jerez». En blog Jerez en la Historia. En https://jerezenlahistoria.files.wordpress.com/2016/03/los-caminos-de-la-vc3ada-augusta-en-torno-a-jerez.pdf. Literalmente: «La Vía Augusta, aunque tuviese un trazado oficial, se bifurcaría en varios caminos para comunicar las distintas zonas productoras en su entorno. Es probable que según el estado de los riachuelos y humedales siguiese, según la época del año, caminos diferentes. No es descartable que un camino de la vía atravesase El Guadalete por El Portal y continuase por la antigua vía ya descrita de la Cañada de El Carrillo, o que atravesase las Playas de San Telmo bordeando el Guadabajaque hacia Macharnudo Bajo, Tabajete y Asta Regia».

21 El Guadalete, 7 de diciembre de 1923, p. 1.

22 GARCÍA LÁZARO, Agustín y José: «Por las tierras de Sidueña con el padre Coloma». En blog Entorno a Jerez. En http://www.entornoajerez.com/2015/12/por-las-tierras-de-siduena-con-el-padre.html.

23 BORREGO SOTO, Miguel Ángel: «De Asidon a Sidonia. Localización de Madinat Siduna en el yacimiento de Doña Blanca». En Revista Historia de El Puerto, nº 42, 2009, p. 11. Puede verse en http://www.revistadehistoriade-elpuerto.org/contenido/revistas/42/42_estudios_01.pdf. El autor dice literalmente: «En su solar se encuentran los vestigios de la que tal vez fuera la Capital del Estado fenicio Occidental, y otros de origen romano, visigodo e islámico».

24 Ver GARCÍA LÁZARO, Agustín y José. «El Rancho de la Bola» en http://www.entornoajerez.com/2010/01/el-rancho-de-la-bola.html y «Un paseo por el Cerro de la Bola con la plataforma ciudadana» en http://www.entornoajerez.com/2010/04/un-paseo-por-el-rancho-de-la-bola-con.html. En blog Entorno a Jerez.

 

Este artículo se ha publicado con el permiso de su autor, Jesús Caballero Ragel.

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