Jerez y la piratería en la Bahía de Cádiz

Cuadro de Ilin Maxim Alexeevich, titulado After a rain

 

Emilio Ciprés

El fenómeno de la piratería comprende un largo periodo de tiempo. En el presente artículo nos centraremos en una de las épocas más importantes que se vivieron en esta región, concretamente, la de finales del siglo XV, el s. XVI y parte del s. XVII. ¿En qué se fundamenta esta selección? Jerez centró sus esfuerzos siglos atrás en torno a su condición de ciudad de frontera con el Reino de Granada y, por ello, se destacó como núcleo de especial importancia estratégica. La claudicación de Granada y el comienzo de las conquistas de Ultramar desembocaron en el dominio, por parte de la corona castellana, de las Indias Occidentales. A partir de ello, un aluvión de riquezas llegaría hasta nuestras costas y la Bahía se convertiría, por ende, en una región sumamente atractiva para los piratas. Sin embargo, la relación de nuestra ciudad con el mar se configuraría a través de los flujos comerciales que se fueron realizando tradicionalmente a través del río Guadalete.

Durante el siglo XV y buena parte del XVI, destacaron especialmente los ataques berberiscos, es decir, las incursiones piratas provenientes del norte de África, a las que también se añadirían las de los turcos. Estos episodios estuvieron probablemente incentivados por intereses económicos y políticos, justificados, además, con argumentos religiosos que hablaban de la prevalencia de la fe cristiana o islámica en el Mediterráneo. Jerez, en esta disyuntiva, sirvió de refuerzo para las diferentes ciudades costeras mediante la cesión de hombres y recursos a ciudades como Cádiz o Puerto Real. Se suele considerar que la derrota turca en la Batalla de Lepanto en 1571 marcaría el fin de los ataques a la región pero, en realidad, se continuaron produciendo durante más tiempo. La preeminencia de los ataques otomanos y berberiscos sería reemplazada poco a poco por la de los ingleses, en un contexto en el que la monarquía hispánica se enfrentaba a Inglaterra (Guerras anglo-españolas, 1585-1604). Durante estas guerras, buena parte del conflicto tuvo lugar en mitad del Atlántico y en las plazas portuarias de ambas naciones, por lo que ello incluiría las ciudades de la Bahía de Cádiz, al ser el destino de las remesas de metales preciosos de las Américas.

Frente a ellos, una de las estrategias más utilizadas fue la de devolver dichos ataques, llegando incluso a tomar plazas de interés estratégico para la piratería berberisca en el norte de África. Por ejemplo, frente a los ingleses, la Corona enviaría a la Armada Invencible (1588), siguiendo esa estrategia de atacar al enemigo en sus propias bases, que ya utilizó, precisamente, en el norte de África.

Dado que la Corona no sufragaba todos los costes, empezaron a surgir diferentes empresas protagonizadas por marinos que se pagaban las incursiones hacia las costas africanas, recibiendo por ello patentes de corso. De una forma u otra, no faltaron ocasiones en las que se convirtieran, directamente, en piratas. Sobre ello tenemos ya noticia en el siglo XVII, como nos cuenta Esteban Rallón –un clérigo que realizó una de las primeras historias de Jerez– en su Historia de la ciudad de Xerez.

¿Qué diferencia había entre el corsario y el pirata? El corso proviene, etimológicamente, del latín cursus, que significa «carrera o recorrido». Dicho término hacía referencia a la condición de un particular que, con el permiso de un estado, realizaba incursiones navales en oposición al comercio y los navíos de otra nación. Normalmente, era el propio individuo el que armaba su propio barco o flota, disponiendo de una licencia real para realizar y justificar sus actos en perjuicio de una u otra nación. Entre el pirata y el corsario, la principal diferencia estribaba en la carencia del primero de una patente o permiso para saquear. De entre los corsarios más sobresalientes que hubo en Jerez, podemos citar a Pedro de Vera –conquistador de la isla de Gran Canaria– o Gonzalo Pérez Gallegos.

También hubo ocasiones en las que algunos jerezanos protagonizaron actos de piratería. Las razones que llevaban a una persona a esto podían ser muy variadas pero, entre los casos que hemos recopilado, destacamos el de una persona buscada por la justicia y que veía en la piratería una forma de huir de su complicada situación. Por otro lado, cualquiera podía convertirse en pirata con los riesgos que eso suponía, con el último fin de obtener un lucro con su actividad. Hablaremos, por encima, de un par de casos que lo ilustran.

El primero fue Mosén Diego de Varela, quien parece que en 1482, sin poseer una patente de corso, se hizo a la mar con navíos de su propiedad y de otros particulares. Entre ellos, los barcos del conde de Pallares, con los que asaltaron una flotilla portuguesa y cuya nave mayor, una nao conocida como la Borralla, estaba cargada de arneses de Milán y brocados y sedas de inmenso valor. De esta forma, este hombre encontró para sí y para los suyos una vía rápida y poco ética hacia la riqueza.

El segundo ejemplo que queremos comentar es el de Fernando de Padilla Dávila, que alcanzó mucha fama en su época. Según se cuenta, sus andanzas comenzaron cuando tuvo un altercado en El Puerto de Santa María con un caballero del séquito del Duque de Medinaceli llamado Fabián de Salazar. Este hecho no quedó zanjado según Fernando de Padilla y cuando el duque y su séquito partieron de viaje a Castilla, Fernando les dio alcance y, en presencia del duque, dio muerte a Fabián con su espada. Tras ello, se vio obligado a huir del país en 1499 con su hermano bastardo Sancho de Padilla. Llegaron a Génova y allí, según Manuel Ramírez López, robaron un barco. Hicieron creer a la tripulación, según esta versión, que estaba en posesión de una patente de corso y, por su gran carisma y liderazgo, la tripulación se sumó a él pese a no conocer que, en realidad, no tenían licencia y que, al fin y al cabo, se estaban convirtiendo en piratas. Estuvieron muchos años recorriendo el Mediterráneo, asaltando enemigos del Reino sobre aguas del Estrecho y Berbería. Al final, Dávila recibiría el perdón real tiempo después de la muerte de su esposa. Con este perdón, se alistó en el Ejército y participó en campañas tan importantes como la de la conquista de Túnez. Fue recompensado con un hábito de Santiago por sus hazañas en dicho conflicto, pasando a ser, por este motivo, miembro del cabildo jerezano. Vemos, en este caso, una historia con tintes de leyenda de un hombre buscado por la justicia que, gracias a la piratería, consigue hacer fortuna y escapar de la ley.

A este respecto, ¿qué sucedió con los ingleses? Durante el ya nombrado período de guerra entre las coronas española e inglesa, la reina Isabel I mandó a sus corsarios saquear las costas hispanas e indianas. De entre estos ataques, destaca el que hizo Drake en Cádiz en 1587, al mando de 30 barcos partiendo del puerto de Plymouth. Posteriormente intentó realizar una incursión sobre Puerto Real, pero la defensa para aquel entonces se había reorganizado y los esperaba una flota de cuarenta barcos. Tras escaramuzas y hostigamientos, se retiraron, aunque las pérdidas económicas fueron importantes. Jerez contribuyó a la defensa de estas diferentes plazas y, junto con El Puerto de Santa María, colaboró con soldados y recursos para repeler cualquier futuro ataque sobre Cádiz. Drake acabaría siendo recordado como un héroe para los ingleses, en cambio, para los españoles, acabaría siendo un pirata.

En conclusión, Jerez jugó un papel importante a la hora de apoyar a las ciudades costeras de nuestro entorno. Además, el pirata se reconocía socialmente como tal, no tanto por lo que fuera oficialmente en su tierra de procedencia, sino por los actos que realizara al asaltar navíos extranjeros. La piratería, en sí misma, es un método de desgaste sobre los adversarios que tiende a ser bélico. No debe extrañarnos, pues, que para debilitar a la Corona española fuera muy común que sus correspondientes enemigos utilizaran este tipo de asaltos. El objetivo era claro: debilitar su economía, plenamente dependiente de las riquezas que llegaban de las Américas.


Bibliografía

Blanco Freijerio, Antonio (V.V.A.A.) (2010). Historia de España. Historia 16.

García Cárcel, Ricardo (Coord) (1991). La España Moderna. Siglos XVI-XVII. Historia 16.

Rallón, Esteban (1999). Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación. Vol III. Universidad de Cádiz.

Ramírez López, Manuel (2006). Historia de piratas, corsarios y otras ratas del mar en Xerez y la Bahía de Cádiz. Editorial AE.

Este artículo fue publicado en la sección Crónicas con Solera de lavozdelsur.es

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