Ibn Hazm

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José Ruiz Mata

Ibn Hazm (Córdoba, 994 – Montíjar (Huelva), 1063). Teólogo, filósofo y poeta, era hijo de un cristiano converso, natural de Montíjar, que llegó a ser visir de Almanzor. Su padre, de nombre árabe Ahmad, se agenció una falsa ejecutoria de orígenes persa para su familia; lustre adoptivo que no sería un caso único en este tiempo andalusí.

Por su pertenencia a la aristocracia, su infancia la pasó en la corte cordobesa de al-Zaira. Cuando estalló la guerra civil, que acabaría con el califato, la familia de ibn Hazm tomó partido por el bando legitimista Omeya, en oposición al nuevo linaje amirí, que sería el que se impusiera. En 1012, murió su padre y él fue desterrado a Almería, donde se enfrentaría al gobernador, que se había mudado al bando amirí, y nuevamente fue exilado, esta vez a Aznalcázar. Estando en esta ciudad, se enteró de que un nuevo pretendiente omeya se había levantado en Játiva para reclamar el califato. A causa de una traición, el ejército de este aspirante fue derrotado en Granada e ibn Hazm cayó prisionero. Su nuevo retiro sería Játiva, donde escribiría El collar de la paloma; contaba con veintiocho años.

En 1023, fue elegido Abderramán V como califa, que nombró como visires a ibn Hazm y a su grupo de amigos, antiguos aristócratas cordobeses, cultos y de buena preparación política. El gobierno duró un mes y medio, el califa fue ejecutado e ibn Hazm, de nuevo encarcelado.

A partir de este episodio, ibn Hazm abandonó la política para dedicarse a los estudios jurídicos y teológicos. No obstante, fue nuevamente proscrito de su tierra natal por defender fervientemente la escuela jurídico-teológica heterodoxa zahirita[1], en contra de la oficial malikita[2]. Tras esto, renunció a la enseñanza y vagó por las principales cortes musulmanas de la Península como polemista y erudito: Almería, Talavera, Mallorca, Sevilla (donde se quemaron públicamente sus libros), hasta su retiro a los territorios de sus antepasados en Huelva, donde murió.

En su juventud, ibn Hazm perteneció a un grupo minoritario de escritores, aristocrático y algo presuntuoso, pero con un programa revolucionario dentro de la literatura, que promulgaba la defensa y expansión del arabismo, a la vez que rechazaba la forma de escribir de la mayoría de sus coetáneos. Lo cual no implicaba una ciega sumisión a lo que llegaba de Oriente, pues decían que se había que estar muy atentos a las modas literarias bagdadalíes para poder darlas por sabidas, desentenderse de ellas y rivalizar con ellas.

Fue un ingente polígrafo, ya que nos ha legado unas 80.000 páginas sobre asuntos muy diversos. Sus obras más representativas son: El collar de la paloma, Historia crítica de las religiones, sectas y escuelas, El bordado de la novia, Los caracteres y la conducta, Epístola en elogio de al-Ándalus y Linajes árabes. Estas obras solo serían superadas en Occidente en el siglo XIX. En algunos de sus tratados, denota un pensamiento aristotélico, se esfuerza en distinguir lo verdadero de lo falso y donde la verdad está en estrecha relación con la fe. Elabora una teología natural que antecede a los postulados de Santo Tomás y desarrolla los significados de esencia y existencia.

Su obra más famosa, El collar de la paloma, fechada en Játiva en 1022, puede considerarse el primer libro renacentista de la historia, el puente de unión entre el concepto romano del amor y el que se daría en Europa varios siglos después, el «amor cortés». Uno de los rasgos fundamentales de este texto es que, como hiciera Ovidio, nos presenta el amor en libertad, fuera de lazos oficiales, sólo guiado por la atracción pasional, desde el que somete a un califa enamorado al que puede sentir cualquiera de sus súbditos.

Está dividido en treinta capítulos, los diez primeros tratan los fundamentos del amor, los doce siguientes versan sobre los accidentes del amor y sus cualidades loables y vituperables, seis más se refieren a las malaventuras que sobrevienen al amor y los dos últimos, uno sobre la fealdad del pecado y, el otro, de las excelencias de la castidad. En el capítulo VI, sostiene la imposibilidad de amar a dos seres al mismo tiempo, lo que, unido a lo anteriormente expuesto, nos da noticias de la relación amorosa y el concepto matrimonial en Alándalus, en contra de lo que hoy en día se mantiene de casamientos de interés o pactados, que los habría, y una poligamia en la que la mujer era el sujeto paciente.

Este libro, en el que incluye detalles autobiográficos y documentales, constituye también un diwan o antología poética de temas amorosos.

El concepto del amor que irradia este libro está muy lejos del visigodo anterior, del que se imponía en el resto de Europa y del que se daba en el resto de los reinos musulmanes en esa época. Este libro ha inspirado a muchos escritores posteriores, como al Arcipreste de Hita.

En El collar de la paloma, capítulo 7, nos da noticias de cómo la mayoría de los Califas fueron rubios de ojos azules y amaban a las rubias, seguidos en esta preferencia por sus vasallos. También nos da cuenta de que, entre los poetas de su tiempo, raro era el que escribiese versos en árabe sino en zéjel y moaxaja, géneros mestizos entre el árabe vulgar y el romance; a ambas las despreciaba ibn Hazm. Un dato más que nos demuestra que en aquella época la lengua árabe no era familiar; como resultaría con el latín durante el Renacimiento, el árabe era sólo utilizado como lengua culta, oficial y religiosa.

No obstante, ibn Hazm fue un hombre de profundas convicciones religiosas que dirigió parte de sus críticas contra la relajación de las costumbres en Alándalus. Situaba la fe por encima de cualquier otra consideración y buscaba la doctrina islámica verdadera, más literal y menos alegórica.

En uno de sus poemas, inspirado en la quema de sus libros por al-Mutadid de Sevilla, dice:

«Dejad de prender fuego a pergaminos y papeles,
y mostrad vuestra ciencia para que se vea quien es el que sabe.
Y es que aunque queméis el papel
nunca quemaréis lo que contiene,
puesto que en mi interior lo llevo,
viaja siempre conmigo cuando cabalgo,
conmigo duerme cuando descanso,
y en mi tumba será enterrado luego».

En su Risala apologética, que algunos autores han comparado con Montesquieu y otros han relacionado con la posterior clarividencia de Larra, comenta ibn Hazm con amargura española:

«Esto es particularmente verdad en Alándalus. Sus habitantes sienten envidia por el sabio que entre ellos surge y alcanza maestría en su arte; tienen en poco lo mucho que pueda hacer, rebajan sus aciertos y se ensañan, en cambio, con sus caídas y tropiezos, sobre todo mientras vive, y con doble animosidad que en cualquier otro país. Si acierta, dicen “Es un audaz ladrón y un plagiario desvergonzado”. Si es una medianía, sentencian: “Es una nadería insípida y una mediocridad insignificante”. Si madruga en apoderarse del trofeo de la carrera, preguntan: “¿De dónde ha salido éste, dónde aprendió y cuándo ha estudiado…?”. Si la suerte lo lleva luego por el camino de descollar claramente sobre sus émulos, o le hace abrirse una senda que no es la que ellos frecuentan, entonces se le declara la guerra al desgraciado, convertido en pasto de murmuraciones, cebo de calumnias, imán de censuras, presas de lenguas y blanco de ataques contra su honor. Le atribuirán lo que no ha dicho. Le colgarán lo que no ha hecho, le imputarán lo que no ha proferido ni ha creído su corazón. Aunque sea hombre señalado y campeón de su ciencia, caso de no tener con el poder público relaciones que le procuren la dicha de salir indemne de los peligros y escapar a las desgracias, si se le ocurre escribir un libro, lo calumniarán, difamarán, contradirán y vejarán. Exagerarán y abultarán sus errores ligeros; censurarán hasta su más insignificante tropiezo; le negarán sus aciertos, callarán sus méritos y le apostrofarán e increparán por sus descuidos, con lo cual sentirá decaer su energía, desalentarse su alma y enfriarse su entusiasmo. Tal es, entre nosotros, la suerte del que se pone a componer un poema o ha escribir un tratado: no se zafará de estas redes ni se verá libre de tales calamidades, a no ser que se marche o huya o que recorre su camino sin detenerse y de un solo golpe».

 

[1] Para el zahirí, el hecho religioso está basado en el sentido de lo divino, de lo sagrado, y la autenticidad de ese sentido depende de la afirmación de la Unidad trascendente, garantizada a su vez por la Revelación profética. Para que esta Revelación conserve su acción permanente, es importante que sea conservada textualmente, de siglo en siglo, puesto que el texto es el umbral a través del cual se aproxima al misterio divino.

[2] La doctrina malikí, conocida como «la escuela de exégesis coránica más anciana», fue fundada por el imán Mâlik Ibn Anas (716-795) e introducida en Alándalus en tiempos de Hisham I. Es una de las cuatro fiqh o escuelas de derecho que existen dentro del islam sunní. Hacía referencia a la aplicación práctica del derecho religioso, tal como había sido, en teoría, fijado por la sunna, la ley tradicional musulmana. Una de sus características era la flexibilidad para que las normas se ajustasen a las diferentes situaciones de cada país. Esta doctrina era enemiga de innovaciones y muy rigorista.

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