Historias añejas de Nerja: Rafalico Farfolla

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 Piedra, en los Castillejos de sierra Almijara.

 

In memóriam de Rafalico Farfolla

Piedra (Miguel Bueno Jiménez)

Rafalico era un cortijero del barranco Iglesias, cercano al de Mariquita Vela en Loma de las Cuadrillas. Lo recuerdo ya de edad respetable, pequeño, enjuto, con pantalones de pana, en los que era difícil adivinar la pieza original y chaquetilla de tela. Vivía solo en sus posesiones y venía muy poco a trabajar con nosotros. Solo acudía para injertar las viñas o algún frutal. Usando aquella navaja faltriquera de dos muelles que a mí me daba susto ver. El injertar era  un oficio muy reconocido, casi de un mago. Eso de sacar peras de un manzano, para muchos era casi un milagro.

Rafalico gastaba muy poco. Nada entraba de fuera en su casa.  A no ser aguja o hilo, que eran como un tesoro para reparar los pantalones, de lo demás se autoabastecía. Con el hilo de agua que le llegaba de la fuente Garcelán, cultivaba maíz para las migas del año. Si el verano le daba tomates o pimientos, los consumía. Fuera de temporada, era impensable probar esas cosas.

En una época lo perdimos de vista. Pregunté:

– ¿Dónde estará Rafalico?

– Se ha ido a Graná, a buscar hembra.

Al poco tiempo, apareció con una mujer. Ya pará, pero muy bien puesta en carnes. Mucho barco para tan poca vela. Ese no fue el problema.

No sabemos qué historia contó en Granada de su cortijo en la sierra de Nerja para engatusar a la parienta del ama de la pensión donde paraba. El caso es que cuando la señora vio el revolcadero que era el cortijo y aquella vivienda de una sola habitación: cocina, despensa, comedor, salón y dormitorio con el terrao donde Rafalico secaba el maíz y los pencales que rodeaban la casa; tomó las de Villadiego, carretera y manta y se plantó de nuevo en Graná. Rafalico quedó solo y sin aparear.

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Ruinas del cortijo Mariquita Vela, vecino al de Rafalico.

Con los años ya vencidos, vino a refugiarse a Nerja. No tuvo suerte, como más tarde os contaré.

A mí me gustaba sentarme a su vera cuando lo encontraba en el Balcón de Europa.

– Miguel, ayer fui ancá Paulina, le compré dos paquetes de galletas y le dije que si se portaba bien conmigo, tendría un buen marchante.

Me contaba historias de antes de la guerra. No había estado en el frente. No recuerdo muy bien si por estrecho pecho o por excedente de quinta para la leva, por su edad. El caso es que pasó la guerra en el batallón de mayores que habían montado para ayudar a que los otros se matasen. Él no pegó un tiro.

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Desde los Castillejos, sierra Almijara, sierra de Cázulas y sierra Lújar entre el taró.

Conmigo le apetecía echar un cigarro. Sacaba la petaca donde guarda la yesca que aún le quedaba de su tiempo en el barranco Iglesias y liaba un cigarrillo que fumaba en la pipa de madera que se fabricase para él mismo. Me contaba que el tabaco, una vez seco, lo guardaba en una caja de madera, espolvoreándole un buche de coñac de garrafón por encima y así le duraba mucho tiempo. Yo sacaba mi paquete de Rumbo, que fumaba por entonces y le acompañaba en el vicio.

Un verano empezó a quejarse de que no le dejaban vivir. Un malnacido se reía de él todos los días. Le perdí la pista, después me enteré de que el malhadado le revoleó la lechera donde traía el cuarto y mitad de leche de cabra para sus galletas. Al día siguiente, esperó a que viniese a meterse con él. Sacó su navaja faltriquera y lo rajó de abajo arriba, dejándolo con las tripas fuera. El juez, teniendo en cuenta todos los atenuantes y su edad, lo condenó al exilio de Nerja, mandándole a vivir a Almuñécar.

No lo vi más. Seguro que está esperándome para echar un cigarrillo.

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Desde los Castillejos, sierra Almijara, sierra de Cázulas y sierra Lújar entre el taró.

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