Historia del flamenco (II). Evolución

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La Andalucía recupera el archivo de Triste y Azul: Flamencos Cabales en la Red.

Alfred Dehodencq Un baile de gitanos en los jardines del Alcázar, delante del pabellón de Carlos V 1851

 

Desde La Andalucía, vamos a rescatar las crónicas, los trabajos de investigación y el archivo completo de Triste y Azul: Flamencos cabales en la red, uno de los primeros espacios de Internet dedicado exclusivamente al flamenco.

Triste y Azul fue fundado por Manolo Chilla desde Buenos Aires, tierra que acogió a este jerezano forzado a emigrar en 1953. «Lolo» encontró en el flamenco una vía de comunicación con su tierra, Andalucía, desarrollándose como crítico e investigador flamenco. Rescatamos el archivo de Triste y Azul, perdido en la red durante estos últimos años, en homenaje a Manuel Chilla González, fallecido en Buenos Aires en septiembre de 2015, y a todos los que lo hicieron posible, sus colaboradores y sus técnicos.

 

Manuel Chilla González

Época anterior y actual

Nombraremos ahora los centros más representativos y donde los agrupamientos fueron formando los estilos diferentes del cante, empecemos por Triana, donde recordaba un antiguo cantaor sevillano, el Arenero, que cantaban a todas horas, desde niños se juntaban veinte amigos y cada uno cantaba a su aire y su manera, posterior al siglo XVIII. De lo más antiguo que se conoce es por ejemplo el Planeta, que fue el primer patriarca de lo jondo y un joven Fillo, casi siempre en segundo plano con respecto a él. Se cantaban romances, rondeña, el polo Tobalo, allí cantó probablemente la Andonda, jovencísima amante del Fillo, algunas de las primeras soleares y los Pelaos y los Cagancho cantaron martinetes y seguiriyas memorables, convivían los gitanos y los payos, sin ninguna diferencia, nada más que en los cantes.

Cádiz, otra cuna histórica de los cantes, los cantes de Cádiz tienen el prestigio de pertenecer al más rancio abolengo de lo jondo, el romance, uno de los más antiguos cantes, reapareció en tierras gaditanas y los estilos de genealogía de naturaleza netamente gaditana, fundamentados en el amplio grupo de las cantiñas, al que pertenecen las alegrías, la romera, los caracoles, el mirabrás y por fin los llamados cantes de ida y vuelta, es decir, los estilos contagiados de aires americanos que, a través del puerto de Cádiz penetraron en el solar del arte flamenco. Los cantaores más emblemáticos de la época fueron la Chiclanita, Dolores y Alonso del Cepillo, José de los Reyes y el Negro del Puerto. Siempre que se hable de Cádiz, no hay que olvidar otros centros cantaores de su entorno, igualmente importantes y con personalidad propia, como los Puertos, la Isla de San Fernando, Sanlúcar, Chiclana, Arcos y, por supuesto, Jerez de la Frontera.

En la escuela gaditana, tiene prioridad el ángel sobre el duende de acuerdo a esa filosofía propia en que la gracia y la ligereza son sus rasgos decisivos. La tendencia a acortar la duración de los tercios no resta flamencura al cante gaditano, como son las alegrías y tanguillos, los cantes más característicos de la zona.

Como Triana y Cádiz, Jerez de la Frontera es otro centro histórico que se considera cuna del cante. Semillero de cante desde los orígenes, principalmente en los centros gitanos concentrados en los barrios de Santiago y San Miguel. La amplia campiña Jerezana propició que muchos gitanos del entorno trabajaran en el campo y entre ellos, cualquier día de fiesta o de lluvia o unas horas de ocio eran aprovechadas para meterse en el cante o en el baile. A lo largo de su historia, Jerez se distinguió en dos grandes géneros flamencos: la seguiriya y las bulerías. Seguiriyeros famosos hubo unos cuantos, Paco la Luz, el Loco Mateo, Manuel Molina, Diego el Marruro, Joaquín Lacherna, Manuel Torre o Antonio Chacón, en cuanto a las bulerías, Jerez posee un genio y duende especial para el cultivo de este palo, del que ha hecho su bandera jonda. Hoy la situación en Jerez no es la misma, la gitanería se ha dispersado con lo que esos barrios han dejado de ser escuelas naturales como antes, esto fue comentado no hace mucho por José Mercé, nacido y criado en Jerez y descendiente de Paco la Luz.

Continúo con los centros cantaores, después nos meteremos con el baile. Siguiendo con la línea de estilos, llegamos a Utrera, municipio sevillano que juntamente con el de Lebrija, forman un núcleo de mucha importancia en el cante flamenco. Los gitanos de Utrera que nunca pierden el compás, que es realmente lo que los define, tuvo grandes familias de flamencos, quizás la más importante fueron los Perrate, pero lo que más caracteriza la Utrera flamenca es la gran masa gitana, siempre muy activa en lo jondo, y en los cambios de residencia que entre ellos había. En Lebrija, nació en 1847 Diego el Lebrijano, también nació años después el Pinini pero éste se trasladó a Utrera; después, aunque nacido en Jerez, se afincó en Lebrija Juan Moreno Jiménez; Tío Juaniquín de Lebrija; lo contrario ocurrió con el Chozas de Jerez, que nació precisamente en Lebrija pero pasó toda su vida en Jerez y hay que citar sin excusas a María la Perrata.

Llegamos a Córdoba, donde el flamenco tuvo gran vitalidad como el toreo. Fue precisamente un picador de toros, Manuel Moreno Mondéjar, cantaor conocido con el nombre de Juanelero el Feo, quien adaptó a la particular indiosincrasia cordobesa estilos de cante trianeros y gaditanos, soleares y alegrías; las cordobesas se diferencian claramente de las matrices. Juanelero fue el fundador de una dinastía de cantaores y toreros cuyos miembros llevaron todos el nombre de Onofre. Córdoba dio también nombre propio al fandango, con tres variantes: el de Lucena, el de Cabra y el de Puente Genil, al que también se le llamó Zángano. Todos tenían entonaciones verdialeras. Dolores de la Huerta y Rafael Rivas fueron famosos por sus fandangos de Lucena; Cayetano Muriel, el Niño de Cabra, fue el principal artífice del llamado de Cabra. También en los cantes de Lucena tiene su principal base el zángano de Puente Genil, recreado por Fosforito hace unas décadas.

Ahora nos instalamos en Huelva. Aquí el fandango es el estilo rey y dio en él verdaderos maestros. Son cantes que gustan mucho por su musicalidad, Alosno fue su cuna y de allí se extendieron a toda la provincia. Huelva capital es el segundo vivero, contabilizándose siete formas distintas, de las que una lleva el nombre de Antonio Rengel. Entre los grandes intérpretes, además de Rengel, hay que mencionar a Paco Isidro, Rebollo, el Comía y, por supuesto, Paco Toronjo; entre los grandes fandangueros, estuvo también nuestro conocido Niño León.

Situados en Málaga, a partir de Juan Breva, ha tenido siempre un primer rango en el cante. El origen básico se centra en el verdial, un fandango folklórico que se aflamencará para ir evolucionando hacia otras formas de cantes abandolaos. Los géneros de Málaga, de los que su eje central es la malagueña, conforman una de las parcelas más extensas y ricas del arte flamenco, comprende desde un considerable repertorio de fandangos hasta la granaína y la jabera, la rondeña y también los cantes mineros-levantinos que supongo florecidos del gran árbol malagueño. El recorrido por los palos que Málaga comprende nos está diciendo que su territorio geográfico es más grande que su provincia.

Ahora estamos en Granada, aquí se nos muestra un fenómeno singular en el flamenco, son esos espectáculos granaínos que conocemos con el nombre de zambra. Los gitanos del Sacromonte, un foco de atracción internacional, fueron sus principales protagonistas. La primera zambra de la que hay noticias fue la de Antonio Torcuato Martín, el Cujón. Era ya viejo cuando habilitó varias salas de una herrería que tenía en la Placeta del Humilladero y la ambientó, buscando en cada ocasión a los mejores artistas que encontraba por las cuevas. Zambra se llamaba tanto el local como el conjunto del espectáculo en sí. Los hubo muy famosos, como el de la Golondrina, de Pepa Amaya, Lola Medina, Rosa la Faraona, Manolo Amaya, María la Canastera,… Al margen de las típicas zambras y ya clasificables en el flamenco convencional, tenemos que mencionar la granaína y media granaína y el fandango de Frasquito Yerbabuena.

Continuando con nuestra ruta flamenca, llegamos a la zona de Almería. En 1838, se descubrió en la Sierra de Almagrera el filón jaroso, a partir de ese momento, llegaron los trabajadores y en forma ineludible, llegó el cante y, por consiguiente, la creación del cante minero-levantino. En solo diez años, el auge económico de la zona creció de una forma sin precedente alguno, lo que produjo una corriente migratoria espectacular. Comenzaron a escucharse cantes precursores de esta gama de estilos destinados a engrandecerse con el paso del tiempo. Sus primeros oficiantes es algo que se ha perdido en la vorágine que se produce en este tipo de explotaciones, pero uno de los más grandes exponentes de estos estilos sin duda fue José Sorroche.

Cartagena y La Unión son municipios de Murcia, próximos entre sí, que polarizan la comarca como campo de Cartagena. A partir de 1840, también produjeron una serie de descubrimientos mineros que atrajeron millares de emigrantes andaluces, en su mayoría de Almería. La avalancha foránea superó a la nativa en gran proporción. Ello generó una gran riqueza, obviamente mal repartida, mientras el minero trabajaba en condiciones infrahumanas, los propietarios se enriquecían. Por lógica, se propiciaron ambientes en los que el cante flamenco encontraba condiciones idóneas para su desarrollo, las ventas y ventorrillos, las posadas y burdeles. El patriarca de los cantes mineros levantinos fue Rojo el Alpargatero, que a su vez regentó muchos de estos puntos de reunión. La Unión celebra desde 1961 su Festival Nacional del Cante de Las Minas, lo que ha contribuido con eficacia al mantenimiento de los estilos de esta bella gama de cantes, algunos estaban a punto de olvidarse.

Linares – La Carolina. Este es el núcleo principal del cante de la provincia de Jaén, donde, para el año 1852, se produjo la misma situación que en las zonas precedentes, el auge minero atrajo gran cantidad de emigrantes y, por consiguiente, el cante flamenco. Esta zona tiene por estandarte el estilo de las Tarantas, siendo el Tonto Linares, Basilio, y el Cabrerrillo sus cultores más conocidos de la época.

Al comentarles los principales centros cantaores, en varias comarcas hablé del siglo XVIII y XIX. Fue a mediados de este siglo y a principios del siglo XX, época llamada de la Edad de Oro, cuando los cantes tomaron en formas más definidas los estilos que se conservan hasta nuestros días.

Les aclaro que no se extrañen de que en este relato al volver a mencionarles otros centros cantaores, me vuelva atrás en el tiempo. Eso es debido a que, para no cortar la narración, y ésta llega generalmente hasta esta época de principios de siglo, al comentar otra comarca necesariamente tengo que volver atrás en las épocas.

Alcalá de Guadaíra, población cercana a Sevilla en aquellos tiempos, hoy día es prácticamente un barrio de Sevilla, se convirtió en la Edad de Oro en un centro cantaor de gran importancia, dando lugar a una escuela capital de la soleá, articulada en torno a la familia gitana de los Gordos de Alcalá, después llamada de los Paula-Talega. A dicha familia, pertenecieron cantaores tan importantes como Agustín y Juan Talega, Joaquín el de la Paula o Manolito de María. Heredera directa de Triana, en Alcalá, la soleá se elevó a estilo no solo dominante sino casi exclusivo.

Fuera de los territorios Andaluces, hay dos zonas que aportaron mucho al flamenco. Una de ellas fue Extremadura, punto neurálgico del ir y venir constante, ocio, trato y mercadeo de la gitanería que por allí vivía o transitaba, lugares fáciles al cultivo del cante. Francisco Zambrano clasifica en dos diferentes bloques los estilos extremeños, los autóctonos y las creaciones personales de la región; los autóctonos son dos: los jaleos y los tangos extremeños. En cuanto a creaciones personales, se citan la taranta de Pepe el Molinero, fandangos de Pepe de Guzmán, Porrina de Badajoz y Manolo Fregenal.

El otro centro no andaluz y con acento flamenco, de gran importancia por cierto, es Madrid. Los flamencos de todos los tiempos acudieron allí para acrecentar sus carreras, lo que posibilitó que siempre el flamenco tuviera un auge importante. Ya en la prensa madrileña de 1853, aparecen noticias sobre el flamenco, pues se habla de conciertos gitanescos y de música flamenca, haciendo claras referencias a épocas anteriores. También en Madrid tuvo el apogeo de los cafés cantantes, los más conocidos fueron seguramente el famoso café de La Marina, el de La Magdalena y el de la Victoria. Al comenzar el declive de los cafés cantantes, la actividad flamenca se desplazó a los colmaos y ventas. Fueron tres las que quedaron en el recuerdo con la aureola de haber sucedido en ellas cosas importantes para el acontecer flamenco: Fonos, Los Gabrieles y Villa Rosa, situados en lo que fue el barrio más flamenco de Madrid, el barrio de Santa Ana; en los tres fue el amo indiscutido don Antonio Chacón. El cante de los caracoles, fue madrileñezado por Chacón, al punto que no faltaron quienes creyeran que era de pura cepa madrileña.

 

Este artículo fue publicado en Triste y Azul.

 

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