García Montero, el poeta comprometido

Daniel Vila

En su célebre Oda a la crítica, Pablo Neruda escribía acerca de su propia poesía que «los hombres,/las mujeres,/ vinieron y tomaron/ la sencilla materia,/ brizna, viento, fulgor, barro, madera/ y con tan poca cosa/ construyeron paredes, pisos, sueños./ En una línea de mi poesía/ secaron ropa al viento». En la obra de todo autor sobresalen rasgos y voces propias que convenimos en llamar estilo. Decía Woody Allen que «el humor es tragedia más tiempo». No deja de resultar irónico que el director estadounidense más dotado para la comedia sea a su vez un importantísimo conocedor del cine lúgubre e intimista de Ingmar Bergman. Tanto es así, que en su admiración hacia el sueco, en películas como September e Interiores expresa un mundo sombrío y cercano al cine de autor europeo que fascina y desconcierta a sus seguidores más acérrimos. Es importante ponerlo todo en perspectiva, contextualizar los hechos. Como escribió Antonio Machado: «Sin el tiempo, esa invención de Satanás, el mundo perdería la angustia de la espera y el consuelo de la esperanza». El artista, su obra y su tiempo. La transcendencia de ésta toma bríos ayudada por ese juez implacable que es el tiempo. O, como escribiera Neruda, que el trabajo del artesano viviera para siempre entre la gente sencilla.

En 1955, Gabriel Celaya publicaba Cantos ibéricos. Del celebrado poemario sobresale especialmente La poesía es un arma cargada de futuro. Digamos que toda su teología poética queda resumida en los siguientes versos: «Maldigo la poesía concebida como un lujo/ cultural por los neutrales/
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden./ Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse./ Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren/y canto respirando./ Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas/personales, me ensancho». El poeta vasco se definía como «un ingeniero del verso y un obrero», esto es, el mayor exponente de la poesía comprometida. Junto con Blas de Otero, Celaya se erige como una de las figuras más simbólicas de nuestra cultura contemporánea llegando a poseer una fructífera obra con 12 textos teatrales y más de 80 libros de poesía.  Los antecedentes de la poesía social se remontan hasta los autores de la Edad de Plata de la Literatura Española y, de entre los más afamados autores de La Generación del 27, destaca Rafael Alberti. Sus Coplas de Juan Panadero y su poesía satírica a lo largo de las campañas y mítines del Partido Comunista se afianzaron durante la Transición como acicate.

Heredero de esta vertiente canora es sin lugar a dudas Luis García Montero. Para el poeta granadino «el valor ético de la poesía va más allá de los contenidos. No se trata sólo de los versos que denuncian una injusticia o asumen una protesta. La poesía establece una relación con el tiempo muy distinta de la que hoy domina en las sociedades del vértigo. Esa defensa del lenguaje, del entendimiento y del propio conocer, con uso libre de razón y de corazón, es lo que le da un carácter rebelde a la poesía y la enlaza con las tradiciones del humanismo». Desde edad temprana, su compromiso político lo llevó a la militancia y ésta le llevó a ser designado candidato por Izquierda Unida a la presidencia de la Comunidad de Madrid en 2015. Al respecto, afirmaba: «Creo que la rebeldía y la independencia son inseparables de la poesía. Más allá de una política determinada, el creador mira al mundo y le responde. Hay muchos rebeldes de derechas, no se nos olvide, que se comprometen con su ideología. Yo me identifico más con los rebeldes de izquierdas. Me gusta esa palabra en el sentido que le dio Camus en El hombre rebelde. Por encima de nuestra conciencia no podemos admitir ninguna consigna patriótica, partidista, política, religiosa o de cualquier tipo, racial, por ejemplo. Esa rebeldía es imprescindible».

Desde la publicación de su primer poemario en 1980, Luis García Montero se afianzó en la poesía patria con una voz única y demostrando un conocimiento insólito de la poética en castellano. Junto al fallecido Javier Egea, se autoproclamó, influido por la poética de Jaime Gil de Biedma, como poeta de la experiencia.

En 1994, la editorial Visor publicaría Habitaciones separadas. A partir de entonces, ningún poeta joven podría escribir sin tener en cuenta poemas como Aunque tú no lo sepas o Si tú me llamas, amor, yo cojo un taxi. Junto a Luis Alberto de Cuenca es el poeta más afamado, querido y respetado por crítica y público.

 

 

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