Filosofía perenne

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Cartel en la sede central de la Sociedad Teosófica (Chennai, India), con el lema: «No hay religión más alta que la verdad». Tanto este cartel como muchos de los edificios se encuentran hoy en un estado de semirruina.

 

Óscar Carrera

I

Nuestra imagen del mundo se debe en gran medida, como tantas otras cosas que hoy nos parecen fundamentales y eternas, al tumultuoso y fascinante siglo XIX. El siglo en el que los confines del orbe empezaron a intimar y conocerse, iniciando un loco romance cuyas consecuencias a largo plazo serían tan imprevisibles, inesperadas y acaso terribles como las de todos los romances. Esta interconexión se cimentaba en una premisa de dominio y erosión cultural, el colonialismo, y una tecnología tan extraordinariamente avanzada que –como no podía ser de otro modo– nos permitió lanzarnos de cabeza a las primeras guerras mundiales conocidas. Desde esos tiempos, los vínculos entre las diferentes culturas y las históricas «civilizaciones» no han hecho sino densificarse exponencialmente, proceso en el que seguimos ahondando por mor de Internet y la economía globalizada.

El conocimiento cada vez más directo de otras culturas inspiró profundamente al pensamiento y las artes europeas. Europa se mostraba receptiva, con una curiosidad por lo foráneo que, si bien a menudo no pasaba de exotismo barato (de lo que dan fe las modas orientalistas, el primitivismo o la egiptomanía), sería del todo inimaginable en siglos anteriores. O bien, claro, esta curiosidad despertó precisamente a causa del flujo de información que provenía sin cesar de las colonias. No lo sabemos: en la historia de la cultura y el pensamiento, y quizás en toda historia, causa y efecto suelen estar tan imbricados que poner una antes y el otro después es poco más que una licencia poética; podemos darnos por contentos si llegamos a identificarlos como dos cosas verdaderamente distintas.

El hecho es que los intelectuales europeos parecían más predispuestos que nunca a prestar oídos a lo que tuvieran que decir los pueblos subyugados por sus imperios. La antropología, la sociología, el orientalismo o el estudio de las religiones comparadas datan todos de esa época, al menos como los conocemos hoy.

En una Europa todavía cristiana hasta la médula, el mayor interrogante, a la par que el mayor quebradero de cabeza, no era, como en nuestros frívolos tiempos, qué comían, cómo se vestían o cuándo hacían el amor aquellas gentes, sino su diferente religión. Como siempre, primó la intransigencia, y, salvo casos excepcionales, el proyecto colonial dio su más sonriente beneplácito a un febril proselitismo. No hay que olvidar que el misionado como hoy lo entendemos tampoco tiene más de dos siglos de historia: anteriormente se pensaba que ser cristiano (y esto vale para cualquier otra religión) significaba hablar cierto idioma, vestir de cierta manera, adoptar tal nombre, estar versado en determinadas disciplinas… Ser un europeo, en definitiva: uno de los nuestros.

No podemos culparles. Si uno no ha tenido ocasión de verse reflejado en el espejo de una cultura diferente, si ni siquiera ha desarrollado una percepción crítica de la propia, ¿cómo decidir si los regalos de Navidad o el pavo de Acción de Gracias son esencialmente cristianos o sólo una parte prescindible de un folclore regional? ¿Cómo escoger qué se debe conservar y qué es un lastre? Lo más sencillo era vender a los nativos el pack completo, con la trampa escondida de que, por supuesto, un europeo «por conversión» siempre quedará por debajo de un europeo de nacimiento.

Podemos hablar entonces de un movimiento «extrovertido» frente a la interconexión cultural, que, debido al miedo y a la urgencia inmediata que nos despierta el Otro, tiende a la conversión forzosa: hacer de las Américas una segunda España, donde todos hablen castellano, sean católicos, coman «alfajores» y, para colmo, nos lo agradezcan. Y si nos ponemos a nombrar sus ciudades, que se llamen Santiago (de Chile, de Managua, de Caracas, de Guayaquil, de Montevideo…), como nuestro patrón nacional, o directamente Córdoba, Mérida, Guadalajara… Hacer del otro un espejo, un simulacro, vestirle como nosotros, convertir su mundo en una pálida copia del nuestro, para reforzar nuestra autoestima y disipar nuestra incertidumbre. Nunca lo lograremos, pero siempre nos quedará el consuelo de que lo intentamos.

Existe paralelamente un segundo movimiento frente al encuentro entre culturas, un movimiento «introvertido», que es el de replantearse lo propio, reformularlo consciente o inconscientemente a la luz de ideas procedentes del otro, con las que a partir de cierto punto del contacto no podemos evitar ya contaminarnos.

Ciertamente, hubo mucho proselitismo cultural, más o menos agresivo, durante el siglo XIX, pero también un fenómeno que rara vez se ha visto en los anales de la historia: empezaron a multiplicarse personajes y grupúsculos que abanderaban con orgullo ideas provenientes de lugares a decenas de miles de kilómetros de distancia, a veces por el mero hecho de ser exóticas y remotas. Las «otras culturas» pasaron gradualmente de ser un demonio a exorcizar a un objeto digno de ser estudiado y preservado, aunque fuera con la intención de demostrar la superioridad de la propia. Éste es el movimiento «introvertido» de la reflexión. Las universidades europeas incorporaron ramas especializadas para estudiar la cultura de los pueblos colonizados, que alumbrarían una ingente actividad académica de traducción y estudio. Los más provectos párrocos se veían aprendiendo las bárbaras lenguas y supersticiones de sus futuros conversos, ponderando cómo adaptar su mensaje evangélico a lo que alcanzaban a entender de ellas. Incluso los grandes filósofos, tan propensos a olvidarse de citar sus fuentes, empezaban a reconocer la influencia de lejanas y místicas filosofías asiáticas (aunque quizás no tanto la de sus rivales en el día a día). No hablemos del «primitivismo» artístico en el posimpresionismo y las vanguardias… Todo esto no era un movimiento completamente consciente, planeado y voluntario. (¿Qué lo es?) Era, sencillamente, el fruto de la interconexión.

Pero también se apoyaba en las ideas modernas de tolerancia y secularismo, previas al gran proyecto colonial. A fin de cuentas, la mayor grandeza de la modernidad occidental quizá sea su capacidad, en sus mejores momentos, de reconocer la grandeza de lo que no es la modernidad occidental. Aunque hoy, en la autodenominada posmodernidad, esa humildad se convierta fácilmente en servilismo o en desprecio de lo autóctono salvo por lo que de marginal tenga.

 

II

Fue en el terreno periférico del esoterismo y las nuevas religiones donde se gestaron los mestizajes más llamativos entre la cultura occidental moderna y las culturas de otros puntos del globo. Debemos mencionar el temprano movimiento teosófico (fundado en 1875), cuyo objetivo declarado era exponer la verdad que se oculta detrás de todas las religiones y tradiciones de sabiduría; otra cosa es que muy pocos de sus representantes se vieran reflejados en el idiosincrático «pastiche» que resultó de todo ello. El neohinduismo fue pionero en absorber todas las religiones como ramas menores de una (el vedanta, de preferencia advaita), aunque, de nuevo, esto solía ser visto como un ataque a lo genuino de esas otras tradiciones, por no hablar de la diversidad tradicional dentro del propio hinduismo, casi mayor que la de fuera… El motivo de la Sabiduría Primordial se volvió algo así como un cliché, y cada nuevo gurú o esoterista debía acreditar, si quería causar sensación en los círculos espiritualistas de París o Nueva York, que había escuchado la Doctrina Secreta, la doctrina «paraguas», que diría un inglés, que las cubre y sitúa a todas, en algún lugar lejano, preferentemente de la inexplorada Asia Central…

La llamada escuela tradicionalista, agrupada en torno a la figura de René Guénon, reunió a buscadores menos convencidos de sus descubrimientos y quizá más honestos en una búsqueda condenada a ser perpetua. Pensadores tan dispares como el «superfascista» italiano Julius Evola y el esteta esrilanqués Ananda Coomaraswamy creían que la philosophia perennis, la sabiduría originaria de la humanidad, se había perdido y distorsionado, pero que debía de ser accesible entre líneas o sobrevivir en algún lugar remoto, en alguna oscura escuela que la preservara con más cuidado y transparencia que las lamentablemente desviadas religiones mayoritarias, que en su día la traicionaron. Por supuesto, no faltaron literalistas que organizaron expediciones en busca de ese lugar misterioso (Agartha, Shambhala, Sarmoung…) donde estaba la clave de la existencia. Ni quienes, desde el marco de esas mismas religiones tradicionales (sobre todo en el mundo del sufismo), proclamaban pertenecer a aquella hermandad secreta: éstos consiguieron atraer a muchos buscadores empedernidos, con intenciones no siempre muy religiosas. Entre los espíritus inquietos de aquel tiempo no escasean personajes fascinantes (como John G. Bennett) que pasarían por decenas de gurús, filosofías y religiones a lo largo de la vida, persiguiendo aquella Sabiduría tan Oculta con la más sincera ingenuidad.

Y es que la propia idea de una «filosofía perenne», de una Doctrina Secreta e inmutable en cuyas páginas podamos leer todos los misterios del espíritu, es bastante poco universal en sí misma y tiene un tufillo occidental –por no decir de erudición decimonónica– bastante penetrante. En todas las culturas ha habido congregaciones esotéricas y conocimientos reservados sólo para iniciados, cierto, pero esos movimientos (pongamos el tantrismo indotibetano o las órdenes sufíes) no eran de carácter libresco. El maestro no era reputado sólo por su erudición, sino por ser la viva encarnación del principio sagrado. Se le debía completa obediencia y un vínculo eterno. Era él quien decidía cuándo estaba preparado su discípulo para recibir qué partes de la Enseñanza, y podía demorarse años sin ofrecer nada satisfactorio para su sed espiritual. Detentaba, en resumen, ese concepto clásico, tan incomprendido en el mundo moderno, de la autoridad (auctoritas), y el discípulo debía plegarse a ella y acatarla. En ambientes del budismo zen se bromea (aunque la broma es profunda como un kōan) que en los grupos norteamericanos la queja más recurrente es «mi maestro no me entiende», mientras que en los monasterios japoneses lo habitual es «no entiendo a este hombre».

El concepto de una filosofía esotérica universal, por el contrario, se adecúa al intelectualismo y al racionalismo del Occidente moderno, caracterizado por la tajante divisoria entre el plano subjetivo de la moral y los valores y el plano «objetivo» de los hechos empíricos, y por la –arbitraria– decisión de que la verdad está siempre con los últimos. ¿Cómo se puede validar si una doctrina es la dichosa sabiduría primordial? Pues tras un contacto superficial con ella; superficial, por lo menos, si lo comparamos con la vida de dedicación exclusiva que implica una genuina iniciación. En el esoterismo tradicional la secuencia ha sido primero la iniciación y luego (gradualmente y a cuentagotas) la información; mientras que en el esoterismo moderno primero queremos toda la información («los hechos») y luego ya veremos si nos gusta esta tradición o no. Puro individualismo: I want it all and I want it now!

El problema de tal actitud es que vuelve a los hombres propensos a volar de flor en flor, libando el néctar superficial de cada una, mudándose cada cierto tiempo a la siguiente, lo que en sí no tiene nada de malo salvo, tal vez, la frustración por no haber divisado nunca las raíces.

 

III

A partir de los años 60 del siglo XX la espiritualidad occidental contempló con horror cómo todos sus sueños de descubrir o confeccionar la Doctrina Universal se iban por el inefable sumidero de lo que terminó por ser conocido como new age, cuyo sincretismo es sin duda menos racional, sistemático o erudito de lo que soñaron los viejos filósofos perennialistas, pero también mucho más natural y espontáneo. Algunos concluyeron que el espíritu de crear una sabiduría universal sólo ha conducido al fracaso, al batiburrillo mitológico o al exotismo fácil (este crudo veredicto podemos remontarlo hasta el maniqueísmo y otras religiones antiguas diseñadas como una síntesis de las demás). Desde este punto de vista, las únicas alternativas serían las dos de éxito probado, esto es, el relativismo y el fundamentalismo.

¿No será que, por loable que fuera aquella búsqueda de una comunión entre espíritus y espiritualidades, sufría un grave problema de enfoque? Volvamos a las premisas: si de verdad existe una Doctrina Secreta, y si ésta se encuentra en el origen o raíz tanto del cristianismo como del islam, el hinduismo, el budismo o cualquier otra tradición de sabiduría «genuina» (siempre nos gusta dejarnos alguna fuera), ¿qué nos sugiere que mediante una comparación superficial entre las doctrinas vamos a rozar ese valor universal antes que profundizando en una sola? Y aunque realmente yazga el poso de la Verdad (o como queramos llamarlo) en el fondo de todas, ¿qué nos asegura que las teorías –no sólo las teorías existentes, sino cualquier teoría posible– no son por definición marcos caducos, culturalmente condicionados, que nunca llegarán a rendirle justicia? Que apuntan hacia algo sin conducir a él…

Tal vez sea la idealización que acarrea paso de los siglos, pero uno no puede evitar detectar una petulante complacencia en muchos de los gurús de nuestra época, en particular en aquellos que predican la tolerancia y la confluencia de todas las religiones (confluencia en ellos, claro), que no se imagina en los santos de antaño, los cuales, sin embargo, se atenían al marco «restrictivo» de una sola cultura, pues no conocían nada más. Tanto o más engreídos los fundamentalistas, abiertos o camuflados, cuya respuesta a la interconexión cultural y al libre flujo de ideas es la precaución de no contaminarse. Paradójicamente son la especie más reciente, pues sin tanta contaminación nunca hizo falta «purificarse» hasta tal extremo.

Quizás haya una tercera vía, pero posiblemente exija abandonar el intelectualismo que impregna tanto a fundamentalistas como a muchos de los que persiguen la «sabiduría universal». No abandonar el intelecto, sino el intelectualismo; no el análisis racional o la evaluación comparativa, sino la creencia en que el intelecto (ideología, logos) es capaz por sí mismo de llegar a la última conclusión y, peor aún, de formularla.

¿Por qué esa sensación de que todas las culturas y religiones están viciadas por prejuicios humanos, demasiado humanos? ¿No será una ingenuidad creer que existe en algún sitio una Doctrina Secreta que, saltándose la ley general de la descomposición, ha persistido en su pureza original? ¿Por qué se «perdió» el contacto con la Fuente? Probablemente por esto mismo: por obcecarse en diferencias escolásticas, teoréticas, y olvidar el sentido de las doctrinas, que podría ser apuntar antes que mostrar. Mejor, quizá, valerse de la tradición o tradiciones que nos sean más queridas e inmediatas, estudiando cómo los diversos marcos teóricos se relacionan con los sucesivos descubrimientos, que reducirnos a localizar paralelismos externos como escoliastas.

Para cierta opinión en boga esta confluencia no es posible porque las experiencias de una sensibilidad cultural determinada serían inconmensurables respecto de las de otra. Pretenden romper esencialismos con ello, pero no llegan hasta el final: por la misma lógica, hasta las experiencias de un individuo particular serían perfectamente inconmensurables respecto de cualquier otro, incluso respecto de las suyas propias en cualquier otro momento (o una parte de una misma experiencia respecto de otra parte, o una milésima de segundo…). El intelectualismo «enfermo» de la posmodernidad, que se embrolla en complejísimas teorías y abstrusos razonamientos para concluir que nada importa y todo vale. Algo a lo que cada vez más gente confiesa no verle sentido, ni siquiera argumentativo.

La idea de una conmensurabilidad experiencial de las grandes tradiciones no pasa de ser una hipótesis. No puede ser otra cosa; aunque por la misma regla de tres tampoco se puede «probar» su falsedad. Eso sí, que esa conmensurabilidad se traduzca cristalinamente en una súper-doctrina o un súper-método suena, a estas alturas, a sección de esoterismo de las ferias del libro de ocasión. Ese siglo ya pasó.

Tantos años buscando una soñada philosophia perennis para al final descubrir que siempre estuvimos a un paso de lo que le confiere sentido, lo que siempre estuvo ahí: la experientia perennis.

 

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