Euróticos

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Un español de pura cepa en la película Amanece que no es poco (1989)

 

Óscar Carrera

Cuando el río suena, agua lleva. Algo debe de atraer a tantos europeos a España en busca de pasión, aventura, romance, exotismo… ¿o qué? Al igual que la interconexión global nos permitió descubrir que hay sociedades más desarrolladas en ciertos aspectos que la nuestra, mientras que nosotros las superamos en otros (no vamos a entrar en cuáles, lo que importa es que todo el mundo tiene su opinión particular al respecto), del mismo modo, digo, la cultura de una sociedad dada no suele resistir mucho tiempo el contacto con otras, pues éstas le permiten descubrir sus insuficiencias, sus recónditas mediocridades. Que los ingleses votaran el curry tikka masala como su plato preferido o que los alemanes (quienes, por cierto, optaron por el curry-wurst) se hayan vuelto los grandes trotamundos de la era del turismo low cost parecerían pruebas de realidades crudas… o demasiado hervidas.

No me malinterpreten, por favor. La cultura europea es maravillosa y en muchos aspectos no tiene parangón (no, no diremos cuáles hoy). Pero en gran parte del continente es poco más que una momia exhibida a los turistas con todo su ajuar. Algo que estudiar en los libros o, a lo sumo, venerar desde la lontananza. O así es sentida, y resentida, por muchos franceses, alemanes e incluso italianos.

Habiendo falafeles, ¿quién necesita declarar orgullo nacional el Wiener Schnitzel (filete empanao’)? Da la impresión de que la cantidad de veganos de un país europeo es inversamente proporcional al renombre internacional de su cocina. Y haría falta una Tercera Guerra Mundial (o, en su defecto, una Europa de las Patrias tan peligrosa como la que se avecina) para salvar al fish & chips de la amenaza del pescaíto frito…

España se resiste a la decadencia porque ellos sólo tienen ojos para la diferencia, mientras que nosotros sólo los tenemos para las semejanzas. Cuyo ritmo siempre creciente suele ser aplaudido, pues España siempre tuvo ese complejo de mora, de gitana, de marrana, que hace que, cuando se lo propone, pretenda ser más europea que los propios europeos, afinarse y refinarse hasta el extremo de que, más que euro-peos, querríamos ser euro-pedos.

Hablando en plata: los españoles, en nuestras transacciones con Europa, gustamos de trocar nuestra densidad ontológica por su claridad epistemológica. Ellos quieren oír las castañuelas de nuestra danza espontánea; nosotros, convertirnos en euróticos de Instagram, peli-manta y café latte. En ese sentido, no hemos perdido la mentalidad de esa tribu tropical que sólo se arrepiente de haberse convertido en una farsa turística cuando ya es demasiado tarde. No es casualidad que la imagen de marca de España sea la de una mujer joven vestida de gitana en un cabaré, pues ya sabemos para qué servían los cabarés en la época en que se consolidó el delirante arquetipo español que preservan los norteños…

Si España es surrealista, no es menos cierto que a menudo lo ha sido de forma involuntaria y penosa. Proponer un retorno al circo de antaño carecería, pues, de sentido, empezando por el del ridículo. La solución pasa precisamente por lo contrario: en lugar de deleitarnos en la fachada exterior de España (afición preferida de los «fachas», que deben a ella su nombre), desprenderla de todo contenido, de toda apariencia, convertirla en una actitud vital. Y por amor al arte. Dejemos descansar en paz al pobre viejo Chorrojumo. La españolidad de un tablao bilingüe empieza y acaba con cada función.

¿Y cuál es la esencia de España? ¿Qué es lo que merece la pena poner a salvo de ese disolvente cultural que llamamos globalización?

A diferencia de sus pares franceses, los surrealistas hispanos, saco en el que meto tanto a Torres Villarroel o Fernando VII como a Dalí, Arrabal o Albert Pla, se caracterizan por serlo sin el menor esfuerzo. No en los pequeños detalles, en la decoración doméstica, en fiestas de sociedad, sino las veinticuatro horas del día, sin pausa, sin una risita irónica, con total seriedad. Un surrealismo de oficio. Las películas de Berlanga, Azcona y Cuerda dan fe de que no es cosa de élites artísticas, sino que florece espontáneamente en pueblos y campos. Para los legos, un sorprendente esfuerzo propagandístico e hipócrita… hasta que hicieron un tour por España y sus impenetrables entretelas. Esos hilos que no saben distinguir entre formalidad y cachondeo, gravedad y locura, mentecatez y fantasía, apertura y fanatismo, sino que se entrelazan en un tejido indescifrable que es el estado natural de las cosas. No podía ser de otro modo en un país que, bajo el patronazgo temible del apóstol Santiago (Iacov) parece revelar, en cada esquina, al apóstol San Baco (Iaco)…

Si lo pensamos bien, lo que España ha admirado de Europa y Estados Unidos en los dos últimos siglos (el romanticismo, las vanguardias, el rocanrol, la alfombra roja, la belle époque…) han sido las fórmulas por ellos diseñadas para devolverle a sus vidas el sentido perdido que aún conservábamos. Por eso sólo consiguieron calar en clases medio europeizadas, dejando impermeables a las masas populares. Nuestra incapacidad congénita para el inglés (o cualquier otro idioma extranjero, soit dit en passant) es un síntoma entre muchos.

Y por eso los intelectuales españoles son tan propensos a volverse folclóricos, ruralistas y patrioteros, al descubrir que el surrealismo que les fascinaba en los cafés de París ya canturreaba por los disparatados campos de La Mancha o Andalucía. Al descubrir que existe un punto donde confluyen lo surreal y el sur real.

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