¿Escribir en andaluz?

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Francisco García Duarte

 

«Yo no he ganado todavía el premio que más me estimularía: el poder vivir en andaluz, percibir en andaluz, ser en andaluz o escribir en andaluz».
Blas Infante (Inéditos ACR, 84).

 

Cuando Blas Infante ponía por escrito esa reflexión ya intuía la necesidad que tenía el pueblo andaluz, para el desarrollo de su propia personalidad secuestrada, de contar con un sistema ortográfico y gramatical propio. También era consciente de la dificultad que entrañaría esa empresa. Seguramente Infante, conociendo el grado de aculturación castellana en materia lingüística al que se somete a los andaluces en la escuela, desconfiaba de la intelectualidad andaluza castellanizada y así lo viene a dejar escrito en otro de sus textos inéditos (ADH, 3) que recoge Enrique Iniesta: «Letras o signos ortográficos, contextura gramatical y literaria tiene que crearlos el pueblo».

Por eso, cuando Infante se pone a escribir en andaluz su cuento de El lobo preferío se enfrenta a la dificultad de no contar con un sistema ortográfico: «El lenguaje andaluz tiene sonidos los cuales no pueden ser expresados en letras castellanas. Al ‘alifato’, mejor que al español, hay necesidad de acudir para poder encontrar una más exacta representación gráfica de aquellos sonidos. Sus signos representativos se los llevaron los árabes con su alfabeto dejándolos sin otros equivalentes en el alfabeto español. Tal vez hoy alguien se ocupa en la tarea de reconstruir un alfabeto andaluz». Infante se encuentra con la dificultad de representar con el alfabeto latino algunos sonidos que el pensador andalucista ya intuía como provenientes de la lengua andalusí y ve la necesidad de que se elabore una ortografía andaluza propia.

Antes que Blas Infante, a finales del siglo XIX, los dos recopiladores de canciones populares y letras flamencas Antonio Machado Álvarez (Demófilo) y Francisco Rodríguez Marín se plantean la necesidad de unas reglas ortográficas. En ellos dos encontramos los primeros intentos de elaborar un sistema ortográfico del andaluz. Se lamentaban de la carencia «de un sistema escrito que represente con exactitud las modificaciones fonéticas que se advierten en el lenguaje del pueblo andaluz» y tuvieron que elaborar unas mínimas reglas ortográficas que no les había proporcionado su amigo y conocido lingüista Hugo Schuchardt, «quien habiendo comenzado un artículo sobre fonética andaluza, nos dejó como decirse suele, con la miel en los labios, sin proveernos de aquellos conocimientos que tan indispensables nos hubieran sido en esta ocasión, para aceptar un sistema de ortografía adecuado al dialecto que habla la gente de esta bendita tierra».

Al igual que les había pasado antes a Demófilo, Rodríguez Marín, Blas Infante y a todos los literatos que han querido plasmar por escrito el lenguaje andaluz, le ha vuelto a suceder al filólogo y estudioso del léxico andaluz en las letras flamencas, Miguel Ropero Núñez, que se pregunta: «¿Es posible, por tanto, una escritura y una literatura en andaluz?, ¿se podría elaborar una sistematización gráfica para el andaluz?». Ropero cree que es necesario, especialmente para el caso de las letras flamencas y para las que hace una mínima propuesta grafémica. Aunque cree que «la elaboración de un código ortográfico de este tipo no es labor de un solo individuo sino de un equipo de expertos».

La utilización del andaluz gráficamente de una manera intencionada no la conocemos hasta finales del siglo XVIII, cuando se empiezan a editar obras que pudiéramos catalogar como costumbristas. La primera que hemos encontrado está escrita en 1784 por el sacerdote malagueño Gaspar Fernández y Ávila (1734-1809) y es un auto sacramental titulado La Infancia de Jesu-Christo. En el prólogo el propio autor declara: «Yo sólo escribo para los humildes y devotos,… no para los que en el siglo se han alzado con el miserable título de Ilustrados». Por eso Fernández y Ávila no duda en recrear en su obra el habla del pueblo andaluz donde vive en boca de los dos pastores que aparecen en la obra.

El sainetista del siglo XVIII, el gaditano Juan Ignacio González del Castillo (Cádiz, 1763-1800) utiliza bastantes palabras con rasgos andaluces en su obra El gitano Canuto o El día de toros en Sevilla. A este escritor lo podemos considerar como el precursor de lo que a mediados del siglo XIX se conocía como el género andaluz, en el que se incluyen comedias, sainetes, novelas de aventuras y un tipo de zarzuela chica conocida como zarzuelita andaluza.

En este género destacaron autores como José Sánchez Albarrán, José Sanz Pérez, (Cádiz 1818-1870) y Eduardo Asquerino (1826-1881). Este último autor ha sido considerado como el iniciador de la Comedia Flamenca al introducir la costumbre de incluir canciones flamencas en las obras. A ellos habría que añadir el sevillano Manuel María de Santa Ana (1820-1894), al que se puede considerar como uno de los pioneros del cuento folklórico y tradicional; al malagueño Ramón Franquelo Martínez (1821-1875); los sevillanos Francisco de Paula Montemar (1825-1889) y Enrique de Cisneros (1826-1898); el también sevillano de adopción Eugenio Sánchez de Fuentes (1826-1896); el malagueño Enrique Zumel (1822-1897) y el gaditano Antonio García Gutiérrez (1813-1884), aunque estos últimos no fueron muy prolíficos en la utilización del andaluz.

La comedia y el sainete andaluz siguen escribiéndose con gran profusión en el primer tercio del siglo XX, donde hemos de destacar a los hermanos Álvarez Quintero Serafín (1871-1938) y Joaquín (1873-1944).

Tampoco era infrecuente que en el siglo XIX se utilizara la escritura en andaluz en las zarzuelas, incluso en algunas de gran éxito como La boda de Luis Alonso y El baile de Luis Alonso del gaditano Francisco Javier de Burgos y Sarragoiti (1842-1902); La Tempranica, zarzuela ambientada en Granada, obra del maño Julián Romea Parra (1848-1903) o El gato montés, del valenciano Manuel Penella Moreno (1880-1939).

La poesía también ha sido un campo literario donde se ha utilizado el andaluz escrito desde que el malagueño Tomás Rodríguez Rubí (1817-1890), con sus Poesías andaluzas iniciara la poesía considerada andalucista. Muchos otros poetas han utilizado el andaluz escrito en sus obras, como el malagueño José Carlos de Luna (1890-1964), los almerienses Enrique Sierra Valenzuela (1845-1880), Álvarez de Sotomayor (1880-1947) o Antonio Cano Cervantes, El Ciego de la Garrucha (1883-1950); Los sevillanos Juan Antonio Cavestany (1861-1924), Rafael de León (1908-1982), y Juan Rodríguez Mateo (1888-1962) y el gaditano José María Pemán (1897-1981).

En la novela y el cuento, sobre todo de tipo costumbrista, también vemos la utilización del andaluz en los diálogos de algunos personajes. Ese es el caso de las novelas del sacerdote onubense Juan Francisco Muñoz y Pabón (1866-1920); de los sevillanos José López Pinillos (Pármeno) (1875-1922) y José Más y Laglera (1885-1941); de los malagueños Salvador Rueda Santos (1857-1933) y Salvador González Anaya (1879-1955); el jienense Antonio Alcalá Venceslada (Andújar, 1883-Jaén, 1955);  y en las de los hermanos cordobeses Cristóbal de Castro Gutiérrez (1874-1953) y Luis de Castro Gutiérrez (1888-1973).  Incluso vemos algo de andaluz escrito en el premio Nobel de literatura, el onubense Juan Ramón Jiménez (1881-1958).

Las soluciones ortográficas que encontramos en todos estos autores son muy variadas y también es variada la prodigalidad en su utilización. Así vemos autores que insertan en un texto castellano alguna palabra suelta con más o menos profusión. Otros que lo hacen en frases completas introducidas dentro de un texto castellano y algunos, los menos, que lo hacen en toda la obra.

Acabamos lamentándonos con José María de Mena en su libro El polémico dialecto andaluz, que «entre los años 1900 y 1936 perdió Andalucía una gran ocasión de elevar el habla regional a la categoría de lengua escrita literaria, como lo son otras hablas peninsulares. Andalucía tuvo, en los años que acabamos de mencionar, una ocasión maravillosa, quizás única, de elevar el lenguaje andaluz a un rango idiomático escrito, de proyección universal. En esos días contábamos con un grupo numeroso de escritores de grandísima valía, que han llegado a tener resonancia internacional, como Federico García Lorca, en Granada; Antonio Machado, en Sevilla; Rafael Alberti, en Cádiz; Juan Ramón Jiménez, en Huelva. Solamente estoy citando a los que han alcanzado la máxima resonancia internacional. Desgraciadamente, hay que reconocerlo, se avergonzaron de su lengua andaluza y se dedicaron a escribir en castellano».

Este artículo se publicó originalmente en Diálogos de Andalucía, sección del Centro de Estudios Históricos de Andalucía en lavozdelsur.es

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