El verde cántico de Carlos Cano

 

Daniel Vila

Decía el poeta catalán Jaime Gil de Biedma que la vida nos sujeta porque precisamente no es como esperábamos. Precaria y transitoria es la existencia humana. Accesoria, la experiencia; decisiva, la inocencia. Con el poeta barcelonés, aprendimos que todos los veranos son los últimos veranos de nuestra juventud.

Nuestra memoria sentimental se construye desde los márgenes. No obstante, venimos al mundo con cierta reminiscencia emocional. La tierra en la que nacimos influye en nuestro acento y, qué decir tiene, en nuestro modo de estar en la vida. Nuestro jornal diario viene amenizado por pequeños detalles, monedas corrientes, costumbres. Las canciones, tal vez, son la mejor compañía para la inmensa mayoría de las personas. Las canciones viajan más lejos que los astronautas. Llorar sobre los hombros de una canción es infinitamente más curativo que cualquier manual de autoayuda. No existe sobre la faz de la Tierra un invento superior a ese perfecto artefacto humano que los trovadores nos declamaron. De la mano de unos versos sonoros, bailan nuestras almas, se calma el intelecto. Los versos sonoros encienden el sol, iluminan nuestras sombras. Ante ellos, se proyecta, sin lugar a dudas, la alfombra roja de los deseos en carne cruda. En síntesis: entendemos, al fin, que nuestra creatividad nos salvará. Si no fuera por la voz sonora, nuestros oídos se ahogarían dolidos en el más unánime de los silencios. Por ahí, siempre nos emociona escuchar la voz de Silvio Rodríguez cantando «Te doy una canción». Sin la voz musical, te quedas tan desolado como Gregory Peck en Vacaciones en Roma tras la conferencia de Audrey Hepburn.

Tras inaugurar la singladura de Estrella Roja en La Andalucía con el poeta Luis García Montero, creí que únicamente podía proseguir con el cantautor andaluz del siglo XX por antonomasia, Carlos Cano. ¿Quién mejor puede representar lo genuinamente andaluz? El desaparecido trovador dijo que ser andaluz es la forma cultural que tenía de ser persona.

La obra de Carlos Cano mantiene el sentimiento identitario genuinamente andaluz a través de sus canciones. La voz de Carlos Cano es Andalucía. En cada propuesta, en cada álbum. Desde el trovador fundacional que firmaba Manifiesto Canción del sur hasta su testamento «De lo perdido y otras coplas», Carlos Cano simbolizaba al cantor andaluz que atesora en su garganta toda la sangre de la tierra. La universalidad de sus canciones queda patente en un rápido barrido: «La murga de los currelantes», «Habaneras de Cádiz», «Un vaso de té verde», «Una sirena en la Alhambra» o «María la Portuguesa». ¿Acaso en una de sus primeras canciones, «La muchacha», no podría sintetizarse todo esa propuesta vital del mundo que habita en todo andaluz?: «Viviremos en un mundo nuevo/ donde nadie nos mire con odio,/  donde amar no resulte un pecado/ o un sucio negocio». En otra de sus estrofas: «Busco un cuerpo que sea como un río,/ que parezca una hermosa palabra / donde duerman mis ojos heridos/ para siempre entre sus aguas».

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¿De qué hablamos cuando hablamos de Andalucía? Para algunos, es su tierra; para otros, incluso, su madre. Algunos llevan su patria en el corazón; otros, fieles o constantes en su amor, serían incapaces de abandonarla. Al escritor cordobés Antonio Gala le gusta escribir nuestro gentilicio del siguiente modo: «anda,luz». ¿Existe, acaso, un territorio limítrofe?  Para Aquilino Duque, nuestra patria es el universo. ¿Quién no ha paseado bajo la luna plateada del barrio de Santa Cruz dejándose la vida? ¿Quién no ha experimentado algo inexplicable tras beberse todo el sol de Andalucía embotellado a más de cuarenta grados a la sombra? Perderse por Andalucía es explorar estancias secretas del alma. Su cosmografía es el paisaje. Sus rincones, nuestros dejes. De los Caños de Meca hasta la Alpujarra. Bien lo sabe Gerald Brenan cuando se dejó su corazón romántico en ella. Al fin y al cabo, como dijo Cernuda, «Andalucía es un sueño que unos pocos andaluces llevamos dentro».

Militante andalucista confeso, afirmaba: «La política ha desaparecido como ética de comportamiento personal y colectivo. Una política que da gentes tan mediocres, tan mezquinas, no vale la pena. Pero eso es lo que hay en la pescadería. Me interesan más, probablemente, la cantidad de militantes anónimos andalucistas, que tienen un pedazo de corazón espléndido y generoso con la tierra. Me interesan los militantes anónimos, los que nunca han sido nada y nunca serán nada en ese partido. Creo que eso es lo que hace posible que ocurran tantos desastres en ese partido y no desaparezca. ¡Es una cosa milagrosa que no desaparezca! A lo mejor, esas razones las tienen que buscar en Alcalá de Guadaira, en Mairena del Alcor, en sitios así, donde unos cuantos señores, muy discretos, desde hace veinticuatro años, creen en un proyecto político propio para Andalucía, en un proyecto político de felicidad».

Su temprana muerte supuso una pérdida irreparable para la cultura andaluza y, sin duda, un golpe mortal de necesidad para la música.

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1 Comment

  1. Carlos Cano era andalucista, pero no era militante andalucista, menos aún confeso. Solo se afilió, por razones históricas a la Alianza Socialista de Andalucía (después sería el PSA) y nunca recogió el carné.

    En la entrevista que le realizó Francisco Javier Recio el 26 de noviembre de 2000 para El Mundo lo dejó bien claro.

    P.- Usted ha colaborado con el PA en campañas electorales…
    R.- Yo actúo por emociones, por amigos, no por otros motivos. No tengo comportamiento de militante en nada, ni comparto los hechos diarios de la política. Si un amigo me pide una cosa, lo hago.

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