El tiempo del almirez

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Fotografía de Miguel Parra

 

Juan Manuel López Muñoz

El sustantivo almirez procede de un verbo, concretamente del verbo árabe harasa (هَرَسَ). Así, este nombre expresa una acción más que una propiedad material o estética, resaltando la dimensión utilitaria del objeto. El almirez describe lo que hacemos cuando lo usamos: mezclar, machacando, hasta lograr combinar diferentes elementos, hierbas o granos sobre todo.

La dinámica relacional que establecen las dos partes complementarias del almirez, una pasiva (el mortero) y otra activa (el pilón), es generadora de tiempo. Estamos hablando de un tiempo considerado a la vez en su duración y en la historia.

En efecto, el almirez es, primeramente, tiempo dedicado a la preparación de las comidas y de los medicamentos. Por un lado, nos recuerda el trabajo cotidiano, repetitivo, minucioso, ingenioso, muchas veces ingrato, realizado en el espacio de la cocina y del laboratorio. Por otro lado, nos trae de vuelta una conciencia de la experiencia humana del tiempo vivido en un mundo anterior a los electrodomésticos y a la industria farmacéutica y alimentaria.

En fin, lo segundo, pero no lo menos importante: el eco árabe que resuena en el nombre de este objeto es ejemplo de una práctica compartida con las culturas del norte de África en la denominación de nuestros utensilios cotidianos. El almirez es, en resumidas cuentas, un artefacto depositario de la experiencia constructiva de la mezcla.

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