El germen del autonomismo andaluz

Andaluces y andaluzas celebrando los resultados del referéndum el 28 de febrero de 1980.

 

Sebastián Chilla

Mucho llovió desde que nuestro paisano Ramón de Cala participara en la Junta Revolucionaria de 1868 en Jerez o en el propio Proyecto de Constitución Federal de la República hasta aquel 28 de febrero de 1980, día en el que los andaluces y las andaluzas pudieron acudir a las urnas para ratificar, por fin, la autonomía andaluza.

Ir al encuentro del origen del autonomismo andaluz –que no, en este caso, del andalucismo histórico– no es cosa fácil, pues hay que entender el nacimiento de este fenómeno en torno a tres pilares, en gran medida, simultáneos y complementarios. Ya que queremos centrar nuestro artículo en los ejes vertebradores del autonomismo andaluz, no vamos a entrar en el debate de algunos de los acontecimientos históricos sobre los que muchos andalucistas ponen de referencia por su reivindicación territorial (véase la conspiración del duque de Medina Sidonia).  De esta manera, podemos separar el ámbito político del cultural y, por supuesto, también del socioeconómico. En lo político, el autonomismo andaluz empieza a tomar forma como crítica al centralismo del régimen de Isabel II, si bien no se configurará definitivamente hasta la conocida y no concluida Constitución de Antequera de 1883. Por otra parte, en lo que incumbe al ámbito cultural, Andalucía es sujeto tanto del relato romántico como del realismo, ambas corrientes influyeron notablemente en el regeneracionismo que se vive con particularidad en nuestra tierra. Ello sin olvidar tampoco la influencia del krausismo. En otra línea, el debate socioeconómico se centra en torno al problema de la cuestión agraria, el atraso de la región y el humanismo, desde los primeros regionalistas que se acercan al socialismo hasta los que finalmente serán influenciados directamente por las ideas contemporáneas de Henry George y Joaquín Costa.

Andalucía como sujeto político en el contexto regionalista

En el plano político, sería conveniente introducir la cuestión con la reflexión del sociólogo Juan José Linz. En su obra El sistema de partidos en España, señala cómo el sentimiento nacionalista de época decimonónica en España, a diferencia de lo que sucedía prácticamente en toda Europa, no vino a reafirmar el centralismo ni el españolismo, sino que, por el contrario, contribuyó a que aparecieran los nacionalismos regionales. Siguiendo esta línea, Linz nos viene a indicar que, frente al liberalismo radical de mediados del XIX en España, los movimientos y organizaciones críticos con el devenir político del país afloran precisamente en torno a este singular sentir regionalista y, como es lógico, también al calor de las ideas federalistas y republicanas. En esta línea también podemos situar al autonomismo andaluz.

Si bien la identidad regionalista andaluza no se configura claramente hasta principios de siglo XX, su nacimiento definitivo se produce a finales del XIX. Tras el auge del federalismo y el cantonalismo que provoca la I República, una década más tarde, en 1883 se formula la Constitución Federalista de Andalucía en Antequera. Un texto que lanzan los delegados del Partido Republicano Democrático Federal en Andalucía y que toma de partida el ya citado Proyecto de Constitución Federal de la I República. El documento incide en torno a la necesidad de una Andalucía soberana y democrática y la concesión, para tal fin, de una serie de facultades autonómicas a la región. Esta búsqueda de un gobierno para Andalucía será aún más desarrollada por la generación venidera que constituirá el andalucismo histórico.

El debate social y económico en torno a Andalucía

Los primeros regionalistas, como ya hemos comentado, se muestran preocupados por los problemas derivados de la cuestión agraria. De este debate surge la influencia del georgismo. Así lo describe el historiador Juan Antonio Lacomba:

«El andalucismo, al apoyarse en el pensamiento económico de H. George, ataca la desocupación y el abandono de las tierras. Todo esto, en muchos casos, no son peticiones cardinales del regionalismo, en tanto que tal, sino demandas propias de la peculiaridad de cada región […]. No se trata de un separatismo, sino de un autonomismo, acompañado de un afán de progreso económico, de libertad política y de modernización social».

El georgismo es una doctrina filosófica, económica y política elaborada por Henry George que nos habla sobre la redistribución de la tierra, el establecimiento de un impuesto único sobre esta y su garantía de pertenecer a toda la comunidad humana. Esta ideología tiene una gran acogida en la España de finales del XIX, especialmente en pensadores como Joaquín Costa –que a su vez influyeron notablemente en los primeros regionalistas andaluces–, que tomará protagonismo en Andalucía a partir de 1913, cuando se celebra el Congreso de Ronda en el que ya participa Blas Infante. Por otra parte, aunque sin abandonar el ámbito teórico, el krausismo –doctrina derivada de las ideas del filósofo Krause que defiende la libertad de cátedra y la tolerancia académica– goza de éxito entre los intelectuales de la época, sobre todo a partir de la consecución de la libertad de cátedra en 1868. Muy de la mano de esta corriente de pensamiento, se crea la Institución Libre de Enseñanza en 1876, un proyecto pedagógico en el que colaboran importantes andaluces de la época como Francisco Giner de los Ríos o Nicolas Salmerón y que, sin duda alguna, guarda relación con los debates culturalistas de folcloristas y regionalistas andaluces desde este momento en adelante.

(2)El ilustre jerezano Ramón de Cala y Barea
El ilustre jerezano Ramón de Cala y Barea.

Por otra parte, aunque en relación con el atraso económico de la región andaluza, la incompleta industrialización de la región es crucial en su subdesarrollo económico. Así lo describe el escritor e investigador Ramón Reig:

«El fracaso de la industria andaluza en la Edad Contemporánea se enmarca en un contexto internacional similar al de hoy. Tal contexto nos muestra la pujanza de lo septentrional frente a lo meridional. Por otra parte, si es notorio que Andalucía contaba y cuenta con importantes recursos endógenos, también es cierta su escasez energética, y no olvidemos que la energía fue una de las grandes protagonistas de las revoluciones industriales».

Aun con ello, la industria siderúrgica y textil fue importante durante la primera mitad del siglo XIX pero perdió terreno en la segunda mitad de siglo, suponiendo, por tanto, el estancamiento económico con respecto a otras zonas del país como el País Vasco o Cataluña. La descripción económica que hace el ya citado J.A. Lacomba es aún más esclarecedora:

«El tramo final del XIX significa una profunda regresión económica y social: es el momento de la desindustrialización, de la crisis filoxérica, de la aguda proletarización campesina, del aumento del paro y el comienzo de la emigración. Es, en suma, la culminación del proceso de depresión económica andaluza. Andalucía quedó reducida a sus solos recursos agrícolas, en los que hubo, junto a graves problemas, ciertos avances: expansión del olivar y de la industria vitivinícola de Jerez e introducción de la remolacha y sus fábricas de azúcar. Pero el hambre, el desempleo y la emigración se incardinaban ya desde ahora como tres ejes dramáticos de la realidad andaluza».

La Andalucía folclórica y la Andalucía trágica

En vinculación con las corrientes artísticas de la época, Andalucía pasó de ser en pocos años una idealización romántica a una trágica realidad, de la imagen de una cultura admirable a la de un pueblo sumido por la miseria. A este respecto, el regionalismo andaluz se englobaría en el concepto clásico de este fenómeno en España en su tiempo y forma pero con notables singularidades: Andalucía se constituirá para el romanticismo como una tierra de bandoleros, pasado glorioso y riqueza cultural; para el realismo será el retrato de la miseria, un pueblo oprimido que llora.

(3) Azulejo en memoria de Blas Infante en Jerez
Azulejo a Blas Infante, en Jerez.

La creación del Ateneo de Sevilla en 1887, lugar de encuentro y organización de actividades culturales como «los juegos florales», con objetivo de aunar la intelectualidad folclorista de la ciudad, constituye el primer punto de inflexión en este aspecto. No es, sin embargo, hasta los juegos florales de 1907 cuando se plantee de manera muy explícita el andalucismo con el título de: «¿Hasta qué punto pueden ser compatibles las teorías regionalistas con la idea de Patria?». A partir de este momento, el regionalismo andaluz empieza a ser un tema recurrente en los congresos y tertulias políticas y culturales. Este germen del regionalismo andaluz se sitúa muy cerca de los planteamientos regeneracionistas españoles y, al mismo tiempo, de los regionalistas de otras partes de España. Esta dicotomía crea un debate en torno al ser del andalucismo. Hay dos bifurcaciones: por un lado, hay una corriente conservadora que tiende a ser moderada y sólo se fija en el folclorismo y otra –que será la precursora del andalucismo histórico–, que quiere configurar un proyecto político orientado hacia un cambio social. Al calor de esta cuestión, se desarrollarán, en las primeras décadas del siglo, los Centros Andaluces así como diversas publicaciones y revistas como son el caso de Bética o Andalucía.

Del regionalismo al andalucismo histórico

De esta manera, el regionalismo andaluz será planteado en un principio como medio de regeneración para la región andaluza, reflejo de una España en decadencia y derivará, sin embargo, en el debate sobre el ideal andaluz, que es la reivindicación de algo bien distinto: el ser y la identidad de Andalucía, un paso definitivo en el nacimiento del andalucismo. Así lo concebirá Blas Infante, el Padre de la Patria andaluza:

«Viniendo a demostrar: 1º que Andalucía es un pueblo creador de culturas directoras; 2º que la suspensión de la voluntad política no es omisión a ella imputable, sino resultado de la conquista política a la cual fue y continúa sujeta; 3º que su estilo está vivo aún; es decir, que ha existido una absoluta evolución de continuidad en cuanto al Estado cultural presente y el expresado por la última cultura desarrollada por Andalucía».

El desarrollo del regionalismo andaluz en pos del andalucismo histórico beberá de estas ideas en torno a debates de gran calado político, social, económico y cultural.

 

Bibliografía

  • Lacomba, J.A. y Tierno Galván, E. (1982). El Ideal Andaluz, estudios preliminares. Madrid: Tucar.
  • Vergara, Jesús. (2014). Historia de los orígenes del andalucismo.
  • Lacomba, J.A. (1983). Regionalismo y autonomía en la Andalucía Contemporánea (1835-1936). Granada: Caja de Ahorros de Granada.
  • Ruiz Lagos, Manuel. (1980). Tesis y claves del andalucismo histórico. Andalucía Libre.
  • Reig, Ramón. (1990). Emilio Lemos Ortega y el andalucismo histórico. Sevilla: Alfar.
  • Pimentel, M. y Manuel, A. (2008). Teoría y fundamento político, Blas Infante.

 

 

Este artículo fue publicado originalmente en Crónicas con Solera de lavozdelsur.es

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