El flamenco y la cultura andalusí

El Farruco, Sevilla, años 50

 

José Ruiz Mata

Sobre el origen de la palabra «flamenco» han existido diferentes hipótesis, algunas de ellas creemos que bastante peregrinas. De principio, desechamos cualquier relación con Flandes, ya que nos parece arriesgado comparar el carácter de un holandés con el cante flamenco; además, ni los gitanos ni los moriscos, posibles vías del flamenco, tomaron parte, al menos de manera significativa, en los Tercios de Flandes; por lo que la similitud de estas dos palabras es solo casual. En cuanto al ave llamada flamenco, creemos que no es más que una coincidencia en unas palabras que, como en el caso anterior, provienen de fuentes bien distintas.

Según nuestra investigación, el primero que intenta buscar una relación del vocablo flamenco con la cultura andalusí fue Blas Infante en su libro Orígenes de lo flamenco y secreto del cante jondo, escrito entre 1929 y 1931, donde dice que el término flamenco viene de la expresión andalusí fellah min gueir ard, que significa «campesino sin tierra», o felah-mengu, «campesino huido». Según sus premisas, después de las sublevaciones moriscas, se produjo una alianza entre moriscos y gitanos que llevó a la fusión de sus modos musicales; algo que, siglos más tarde, desembocaría en el flamenco. Este autor opinaba que muchos moriscos se integraron en las comunidades gitanas, con las que compartían su carácter de minoría étnica al margen de la cultura dominante y suponía que, de ese caldo de cultivo, debió surgir el cante flamenco como manifestación del dolor que ese pueblo sentía por la aniquilación de su cultura.

Por nuestra parte, pensamos que Blas Infante había encontrado el camino, pero no creemos en la integración de las comunidades gitana y morisca, sino en que los moriscos se hicieron pasar por gitanos para evitar su persecución y son, estos moriscos, el lazo de unión entre la antigüedad y el flamenco actual. Debemos recordar que, en el siglo XVII, los gitanos aún no se habían asentado en ninguna población andaluza, eran nómadas sin apenas contactos con otras comunidades y, así, mal se puede dar ningún sincretismo. La demostración de esta teoría sería tema de otro artículo, pues nos desviaría mucho del asunto que tratamos. En lo que sí estamos totalmente de acuerdo es que el flamenco conlleva, entre otras particularidades tal vez más profundas, una manifestación del dolor, o rebeldía, que el pueblo morisco sentía por la aniquilación de su cultura.

Años más tarde, el Padre García Barrioso, en su libro La música hispano-musulmana en Marruecos, Larache, 1941, considera que tal vez el origen de la palabra flamenco esté en consonancia con la expresión árabe usada en Marruecos fellah-mangu, que significa «los cantos de los campesinos». Así mismo, Luis Antonio de Vega, en «Baile de los pájaros que se acompañan en sus trinos», Origen del Flamenco, recoge las expresiones felahikum y felahenkum, que tienen el mismo significado.

No obstante, la hipótesis que más nos convence es la propuesta por Antonio Manuel, en La huella morisca, Córdoba, 2010, que sostiene que el término flamenco viene del árabe felah-mencub. Felah, como ya hemos visto, significa campesino y mencub se traduce por desposeído; pero no solo de los bienes materiales, que sería mindún (de ahí «ser un mindundi»), sino también de su identidad, por lo tanto, felah-mencub sería un campesino marginado, excluido: un jornalero.

Escojamos una u otra teoría, lo que parece indudable es que el término flamenco viene de felah, ya sea como campesino o jornalero. De ahí, deducimos que la procedencia de este vocablo es andalusí y que nos ha llegado a través de los moriscos.

Como refuerzo de esta hipótesis, podemos decir que el flamenco nació en los barrios marginales de Jerez, en las corralas de Triana, en los campos de Utrera o Lebrija, en las gañanías de los cortijos, en los campos de trilla; lugares habitados por esos campesinos desposeídos, porque de ellos no era la tierra, ni esta tierra era la suya, porque tenían que asumir unas leyes, unas costumbres, una religión, que no les pertenecía y olvidarse de su verdadera identidad para poder mal sobrevivir. Nadie puede negar que el flamenco nació como una expresión de los jornaleros. Como también está entroncado con otros oficios ligados al agrícola: aguador, mulero, fragüero. La fragua tenía una larga tradición entre los moriscos que en nada es comparable con la mísera ferrería propia de un pueblo nómada como el gitano.

De todas maneras, asumir que flamenco viene de falah-mencub le puede resultar difícil a ciertos sectores de la sociedad española que menosprecian o reniegan de nuestro pasado musulmán, pero la historia no es como se quiere que sea, la historia es la que fue, lo que hace falta es investigar sin un cuaderno de ruta, sin tergiversar ni interpretar los hechos históricos a la conveniencia de cada cual.

Además de la propia palabra de denominación, podemos rastrear otros conceptos que nos permitan vislumbrar con mayor certeza la relación entre el flamenco y los moriscos. La lengua que se hablaba en Alándalus era la algarabía, que se puede traducir como «el árabe de occidente», compuesta fundamentalmente por el árabe y el romance; con mayor o menor influencia del uno o del otro según las zonas.

A parte de algunas palabras como «ojalá», que quiere decir «Allah lo quiera», tenemos otras expresiones como «ole» o «ele», que se pronuncia con la ele alargada como si fuesen dos, procedente de la costumbre musulmana de alabar el nombre de Allah repetidas veces cuando algo es de su agrado; porque los musulmanes no suelen aplaudir sino exaltar el nombre de Dios. El cambio de la «a» por la «e» fue un modismo adoptado en el sur y el este andalusí, llamado «imela». De ahí que decir ole o ele, algo muy usual en el flamenco, sea una manera de loar a Allah inconscientemente o por prudencia ante la entonces temida Inquisición. En el fandango y otros cantes es normal hacer una introducción terminada en «ole, ole».

El saludo corriente entre flamencos es decir: «a la paz de Dios», traducción literal del árabe salm aleikum («a la paz de Dios»).

Si cogemos las primeras palabras de la shahada: «La illaha illa Allah», «No hay Dios sino Dios», y le aplicamos la imela, nos quedaría: «Le illehe ille elleh», que se parece mucho, quizá demasiado, a los sonidos que realiza el cantaor flamenco en la introducción de ciertos cantes; podríamos decir que con ello nos invita a la oración, sobre todo porque remata repitiendo varias veces «ole». Si nos paramos a oír al muecín llamar para la oración, nos parecerá escuchar a un cantaor.

La palabra «fatiga», no en su acepción fisiológica de náusea o en la latina de cansancio o esfuerzo, sino la espiritual de sufrimiento, penalidad, con la que se redunda a menudo en el flamenco, nos podría remitir a la repetida fórmula del Corán: fatiha, que significa pena o sufrimiento. También se utiliza esta expresión, «ser un fatiga», para calificar a una persona insistente, que cansa, porque la palabra fatiha se reitera mucho en el Corán y los musulmanes la repiten constantemente para acompañar una solicitud.

A «faralaes», curioso plural de «faralá», el diccionario lo define como el volante de un traje de flamenca. Etimológicamente la palabra farah tiene su ascendencia en algárabe, donde significa «alegría», y labs/lebs, «vestido»; si unimos estos dos vocablos, tendremos que «faralaes» viene de la algarabía «vestido para la alegría o para la fiesta».

También vienen de farah los términos «farra» y, posiblemente, «feria».

«Jaleo» viene de halal, que significa lo permitido; de ahí que jalar también se interprete como comer alimentos permitidos o comer bien. En cambio, «jarana» es nacida de haram, que es lo prohibido para un musulmán. Ir de jarana aún guarda una relación con los placeres prohibidos.

«Cabales» es una palabra que nos recuerda a kábila, que designa el seno familiar entre los moriscos. De hecho, estar entre cabales se puede entender estar entre familiares, entre los de una misma condición, entre buenos entendidos. «No estar en sus cabales» es sinónimo de estar loco, fuera de los suyos. También nos ha quedado un concepto peyorativo de esta palabra, ya que «ser un cábila» es sinónimo de mala persona, en referencia a los moriscos o a las kábilas marroquíes durante la ocupación española.

«Guitarra» viene de la palabra algárabe qitara.

«Macho», en algarabía machus, significa fuerte, vigoroso, como lo es el modo en que se debe ejecutar ese tercio.

La mayor parte de los palos del flamenco son crípticos en su significado pero, si los vemos a la luz de la algarabía, encontramos en su terminología palabras en las que posiblemente subyace un origen morisco; por ejemplo:

«Bulería» puede venir de bul-larya, la bulla que se monta en una boda. Creemos que las bulerías no vienen de la soleá, sino al revés; tanto por el origen de la palabra, como que resulta más normal que de un cante festero surja otro más serio, como el caso más claro del tango y el tiento.

«Caña», que, según algunos autores, es una derivación de la palabra algárabe gaunnia, que significa «canto». De esto podemos deducir que la caña es anterior a otros cantes similares como el polo, las cantiñas o las alegrías.

«Farruca» tiene su correspondencia con faruk, que se traduce por «valiente, que distingue la verdad de la mentira».

«Serrana», de sharram, que indica maldad y dureza de espíritu. Serrano era el morisco refugiado en la serranía, algunos de ellos como monfíes contra el gobierno, de ahí que esa palabra tomase tintes peyorativos.

«Guajira» es la unión de la palabra guad, «río», y ajira, «la otra vida tras la muerte». Por lo que sería una especie de Leteo, el río del olvido, el que separaba la vida de la muerte. Aunque esta palabra pueda ser de las de ida y vuelta, primero se llevó a América y de allí la incorporó el flamenco.

«Saeta», más que del latín sagitta, puede ser una adaptación de shahada, profesión de fe islámica cuya recitación se considera uno de los cinco pilares del Islam. La shahada es una oración que se le ofrece a Allah, como la saeta es también una oración que se lanza a Dios. Asimismo, shahada es el acto de aceptación del Islam.

El flamenco hunde sus raíces en lo morisco o, mejor dicho, en lo andalusí, puesto que es a través de Alándalus como nos ha sido transmitido todo el conocimiento ancestral de nuestro pueblo. Por eso, el flamenco nace alrededor del lago Ligustino, en la carretera que va de Sevilla a Cádiz, cuna de la cultura andaluza occidental, de Tartesos. Porque el flamenco no es solo un cante, es una forma de entender el mundo, una manera de vivir, una filosofía. El flamenco es un rito telúrico ancestral en el que el cantaor o el bailaor es el oficiante. Si existe un sincretismo en el flamenco es entre nuestro pasado como pueblo y lo morisco. Pero estos son temas que se pueden tratar en otro artículo.

 

Este artículo ha sido publicado en 2015 por la revista de Granada Calle Elvira y es un extracto del libro El flamenco, una identidad hibernada. Desde los moriscos a la zambomba de Jerez.

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