El espectro de Blavatsky

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Madame Blavatsky en sus últimos años

 

Óscar Carrera

La sede principal de la Sociedad Teosófica se encuentra en Adyar, en las inmediaciones de la ciudad india de Chennai (antiguo Madrás). Es un gigantesco jardín de edificios descuidados, en su mayoría desvencijadas casas de peregrinos (dharamshalas) aparentemente vacías, salvo por esporádicas figuras furtivas que entran o salen de ellas: una señora occidental, rubia, con gafas de culo de botella; un monje budista cingalés con un voluminoso tomo bajo el brazo…

La Biblioteca de Adyar, en el interior del recinto, presume en sus folletos de doscientos mil volúmenes, entre ellos arcaicos rollos tibetanos y grimorios medievales, si bien lo único que presenta al público general es una desierta sala de lectura que recopila números «recientes» de revistas teosóficas e indológicas, algunas del siglo pasado. Sólo los miembros tienen acceso a la que puede ser una de las grandes bibliotecas esotéricas del mundo… o que desea dar esa impresión. Desgraciadamente, no hace mucho se corrió la voz de que las salas donde se conservan los volúmenes más preciados sufrían urgentes problemas de humedad.

El edificio principal de la Sociedad es de factura reciente y carece del glamour de su sede europea (que está en un callejón sin salida junto a la torre Eiffel). En su interior, relieves que homenajean a las grandes religiones (algunas de las cuales disponen de templos en las más de cien hectáreas del recinto. Dato significativo, sólo el hindú permanece abierto todo el día), con énfasis en los cultos mistéricos de la Antigüedad (mitraísmo, orfismo…), banderas de todos los países con membresía teosófica y bustos de líderes prominentes. Krishnamurti, por supuesto, ausente. Otra ausencia notable es la de la cultura judía: es difícil dar con otra referencia que la omnipresente estrella de David, que en estas latitudes es conocida como un poderoso yantra que acaso antecede a David. No sólo los teósofos han escrito sobre este símbolo primordial; en cuanto a las razones de la exclusión de los judíos, prefiero no especular. La casa de publicaciones oferta más libros sobre el místico tamil Ramana Maharshi que sobre algunos de los protagonistas de la aventura teosófica. Todos los empleados en contacto con el público son indios, aunque el actual presidente no lo es.

La historia del movimiento teosófico anticipa las grandes esperanzas —y los grandes abusos— del espiritualismo del siglo XX. No sería arriesgado decir que el esoterismo moderno y el modelo de gurú occidental hunden sus raíces en el océano de anécdotas y especulaciones que nos legó Helena Petrovna Blavatsky (1831-1891), fundadora de la teosofía. El suyo fue uno de los primeros movimientos que llamaron a una confluencia de todos los pueblos y religiones en pos de la verdad: en el siglo del colonialismo y los nacionalismos, rechazaba cualquier discriminación por razón de raza, género, casta, credo o país. Rara vez se habían proclamado tan claramente los ideales de la Revolución francesa sobre la espinosa cuestión religiosa, tan dada a oponerse a ellos con uñas y dientes. Aún no hemos avanzado tanto como para reírnos demasiado alto de la teosofía.

La vida de H. P. Blavatsky, aunque la redujéramos a lo poco que sabemos con certeza, se sitúa entre las más portentosas de todos los tiempos. Casada con un noble ruso a los diecisiete años, lo abandona para embarcarse en una larga serie de aventuras que terminará por atraerla a los círculos espiritistas norteamericanos en torno a 1874, cuando conocerá al que sería su socio de por vida, el coronel retirado Henry Steel Olcott (1832-1907), visitando una granja en la que tenían lugar presuntos fenómenos paranormales. Sobre su vida anterior a esta modesta entrada en la historia de los historiadores, sólo disponemos de vagos rumores y de su propio testimonio:

«se dice que actuó de amazona en un circo, que hizo una gira por Serbia como pianista, que en París importó plumas de avestruz y que fue decoradora de interior de la emperatriz Eugenia (…) El perfil especulativo de su vida, tal como lo trazaron más tarde su sobrino nieto y otros biógrafos, la muestra reuniéndose con pieles rojas en Canadá y Estados Unidos en 1850 y 1851; en un viaje en carreta atravesando el Medio Oeste americano en 1854; luchando al lado de Garibaldi en la batalla de Mentana (1867), donde es herida por arma de fuego y por sable, y náufraga en Spetsai, frente a la costa griega, en 1871, cuando hundieron el Eumonia y muchos pasajeros perecieron. Entre estos acontecimientos se nos dice que se relacionó con cabalistas en Egipto, agentes secretos en Asia Central, magos del vudú en Nueva Orleans y bandidos en México».

Pero el episodio culminante de la primera etapa de su vida fueron los siete años que decía haber pasado en un Tíbet terminantemente cerrado a los extranjeros, salvo, al parecer, a una robusta mujer europea que vagaba sola por las montañas nevadas en busca de secretos esotéricos.

No me compete a mí juzgar si H. P. Blavatksy fue la mayor viajera o la mayor fabuladora del siglo XIX. Pese a que la atención solía recaer en esta mujer sin duda exótica y fascinante, pero también grosera, temperamental y con un sentido del humor que sólo puede describirse como surrealista, el fundamento de su celebridad era aquello que decía haber aprendido en sus largos viajes: una Doctrina Secreta que comprendía todas las grandes religiones, en base a revelaciones comunicadas por unos Mahatmas o Maestros Ascendidos pertenecientes a una Gran Hermandad Blanca que vela por el bien del mundo, materializándose a su antojo cuando es necesario para el beneficio de una humanidad sumida en un complejo proceso de evolución psíquica y racial.

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Estatua de Blavatsky y Olcott en el edificio principal (Chennai, India)

Siempre me ha sido difícil dirimir si esa Doctrina Secreta tiene algún valor duradero o fue un majestuoso pastiche hijo de su tiempo, memorable sólo como curiosidad literaria o como hito en el sincretismo entre las antigüedades orientales y occidentales, tan de moda en su siglo. Abunda en comparativas interesantes en lo menudo, pero los trazos generales se pierden en la fascinación por ese Otro (oriental, pagano, alquímico…) que por mal conocido se aparecía a los hombres y mujeres del diecinueve como más esotérico de lo que seguramente lo era. Quizás falló, de cara a la posteridad, en cerrar los ojos a lo psicológico y a lo metafísico, que es lo que hoy valoramos mejor, en pos del encanto de lo cosmológico, lo mitológico, lo milagroso, lo paranormal… Entre sus aciertos se cuenta un sutil desprecio del judeocristianismo en favor de las filosofías orientales, que le mereció un puesto de honor en la historia de la resistencia anticolonial en el antiguo Imperio británico. El socio de Blavatsky, el coronel Henry Olcott, estaba muy interesado por el budismo y es recordado con cariño en Sri Lanka, donde contribuyó a revivificar una religión discriminada por las autoridades coloniales. Pero tampoco logró la teosofía conectar con el budista o el hindú de a pie, debido a su obsesión por la (supuesta) vertiente «oculta» de estas tradiciones, negándole la autenticidad o el interés a su cara exotérica, la que se puede localizar en los libros y en los corazones de millones de personas.

Las obras completas de Madame Blavatsky ocupan catorce volúmenes, y sus dos tratados más importantes —La doctrina secreta (1888) e Isis sin velo (1877)— están repletos de citas y referencias eruditas, irreconciliables con lo que sabemos acerca su vida errante y agitada. Ella explicaba que los Mahatmas le ayudaban a escribir sus libros; quien no crea en la existencia de estos seres está condenado a permanecer en la perplejidad. A la luz de estos escritos, es indudable que Blavatksy sabía de esoterismo y, si me apuran, mucho. No creo que todo se reduzca a los «bestsellers» de su época (Eliphas Lévi, Edward Bulwer-Lytton…), que sin duda también conocía. Es admirable que ella sola (o con alguna ayuda de los Mahatmas si se quiere, mas no tanta como afirmaba, puesto que conoció la enfermedad y la ruina) lograse todo aquello que le estaba vedado a una mujer en su tiempo: la libertad, los viajes, la literatura, la autoridad, fundar una religión… Su vida daría pie a una gran película no sectaria; de momento habrá que conformarse con releer El mandril de Madame Blavatsky, de Peter Washington, de donde extraje el párrafo antes citado.

Después de Blavatsky y Olcott llegó el turno de Annie Besant, Charles Webster Leadbeater, Rudolf Steiner, Jiddu Krishnamurti y otras coloridas figuras a las que sería una osadía intentar hacer justicia en estas breves páginas. Quedémonos con que partir de los años treinta del pasado siglo la teosofía fue cayendo en el olvido y hoy para muchos no es más que un frondoso jardín a las afueras de Chennai.

Desaparecidos sus viejos líderes carismáticos, a cuya clarividencia (literal y figurada) se le otorgaba una veleidosa autoridad, la teosofía se fue convirtiendo en una más entre sus sucesoras de la espiritualidad new age. Hoy se dedica a obras sociales mediante la única superviviente de las mil y una organizaciones que fundara su segunda líder, Annie Besant, a publicaciones —de preferencia índica, como su público— o a ciclos de conferencias en los que, según leo en un ejemplar reciente de The Theosophist (revista oficial fundada en 1879, hoy publicada sólo en India), llegar a setenta oyentes es «un rotundo éxito». Se pregunta un tal Marcello R. Serini en sus páginas:

«¿Podemos esperar «nuevas enseñanzas» o al menos interpretaciones significativas de las existentes, formuladas de tal modo que puedan ser, una vez más, significativas para la sociedad actual, como lo fueron en el siglo XIX tras la fundación de la TS [Sociedad Teosófica]?

Mucho se ha hecho y se está haciendo por parte de miembros de la TS sobre los Maestros [ocultos] y su influencia, pero ¿cuánto se está haciendo por buscar cooperar con ellos, o, incluso, con el trabajo de ese poderoso ser —el Manu— que da forma al destino de nuestra(s) raza(s) ahora y en los milenios por venir?».

Cuando muere el médium, ¿adónde van los fantasmas?

 

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