El cuento maravilloso del discurso del monarca

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Raúl Navarro Serrato

Fuentes: AFP y EFE

Que ambas fotos hablan por sí mismas simbólicamente es obvio. Estas representan los dos polos posicionados en el conflicto social surgido en territorio catalán. Por un lado, el poder de un pueblo y, por otro, el poder de un estado monárquico liberal.

Es llamativo todos esos comentarios de personas situadas ideológicamente a la izquierda que muestran sorpresas con el discurso que ofrecía el monarca en relación al procés de Cataluña a la gradería. Gradería que esperaba con las manos abiertas la intervención de este para poder aplaudir y así justificar las escenas vividas el pasado 1 de octubre en Cataluña.

¡¡¡Qué esperaban!!! Que un monarca se posicionara lo más mínimo con quienes piden la abolición de la figura que representa el protagonista del discurso. Eso era de esperar, y como seguramente se imaginó a él y a su familia trabajando en la vendimia, justificó lo que sus súbditos esperaban, la violencia, además, lo hizo incitando más violencia.

Los significados de las palabras, casi siempre, son atribuidos a partir de las interpretaciones dominantes en la sociedad, por ello, el discurso de «uno de los nuestros» tiene que ajustarse obligatoriamente a nuestro relato de los hechos. Si, además, la narrativa se mueve con habilidad entre mitos reconocidos en una gran parte de la sociedad, la interpretación de las palabras incluidas en el relato se articula mediante signos constreñidos por el sector dominante de la sociedad. Así es como el relato dependerá, casi siempre, de qué intereses se tenga hacia un lado o hacia el otro del conflicto.

El antropólogo y lingüista ruso Vladímir Propp desarrolló una buena herramienta para analizar los discursos y así detectar los elementos fundamentales que estructuran el mensaje que estos envían hacía la sociedad. La morfología del cuento es la obra referida, donde Propp definía las sietes funciones que tiene todo cuento maravilloso y donde todos los códigos discursivos conforman un campo asociativo que da sentido al mensaje.

El ideologema del discurso del monarca, estatal pero no demócrata (ya que este no ha sido elegido democráticamente), presenta de una forma u otra estas sietes funciones.

Por un lado, encontramos el bien deseado, que no es otra que el concepto «democracia». Claro que lo que entiende el monarca por democracia no es lo mismo que entienden los millones de personas que están estos días por las calles de Cataluña y por todo el Estado español, que defienden la participación democrática frente a la tiranía de la representación institucional.

Esta democracia que defiende el monarca encuentra su ordenante en la excluyente nación de España. El nacionalismo español no nació para la pluralidad, esto lo demuestra la cantidad de salvajadas discursivas que encontramos hoy a pie de calle para legitimar toda la violencia acontecida en el 1 de Octubre. ¿Pero quién es el donante de toda esta maquinaria que respalda tanto al monarca como a sus súbditos? Desde una perspectiva sociológica weberiana, el estado es la relación de dominación de personas sobre otras personas apoyadas en la violencia legítima, y en esa legitimidad, en la cual se escudan para proteger sus propios intereses, entra la violencia física, que es por la cual todo estado mantiene su statu quo ante cualquier discrepancia radical con su sistema estructural. Es este monopolio de la violencia legitima reservada para el donante llamado estado el que cumple con el papel de ayudante en el discurso. Porque no solo justifica lo que ocurrió el 1 de octubre, sino que se está adelantando y por ello, justificando a lo que está por venir.

Habiéndose percatado el protagonista del discurso de que la partida de ajedrez que están jugando el poder de un pueblo y el poder del Estado español está a punto de llegar a un jaque mate declarado por el pueblo catalán, el Estado no ha tenido más remedio que dar un manotazo a las fichas restantes para decir así que la partida no se estaba jugando. Y con toda seguridad, más temprano que tarde, tal como se ha vuelto a colocar el tablero en la mesa después del 1 de octubre, la violencia legítima que monopoliza el Estado español perdedor no tendrá más solución que dar una patada a cada pata de la mesa que sostiene el tablero.

La implícita justificación del discurso del protagonista del discurso, valga su llamamiento a la «responsabilidad de los legítimos poderes del Estado asegurar el orden constitucional y el normal funcionamiento de las instituciones, la vigencia del Estado de Derecho y el autogobierno de Cataluña», para entenderlo así, necesita de un villano, que para el monarca no es otro que las autoridades catalanas. He aquí donde radica el fallo de cálculo no solo del monarca, sino de todo el aparato estatal de su reino. Mientras el villano sean las autoridades catalanas, el pueblo que sale a la calle es el héroe del cuento maravilloso del monarca.

Es héroe el pueblo catalán porque quienes han salido durante todo este tiempo por las calles de Cataluña son el ente (sujeto) político del siglo XXI. Llevan consigo el pacifismo frente a esa violencia desmesurada, la desobediencia a esa legitimidad caduca, una organización ejemplar para ejecutar sus decisiones, una república sin cuentos maravillosos de la monarquía, apoyo mutuo y solidaridad, ejemplo de revolución popular viva. Y además, si Cataluña consigue su estado (ojo, que seguramente también será liberal y por ello, capitalista), quienes han salido y están en las calles han dejado bien claro que los futuros partidos políticos de ese nuevo estado lo tendrán complicado para gobernar para ellos mismos con esta potente sociedad civil.

En resumidas cuentas, para el discurso del monarca, han tenido que hacer un gran esfuerzo para articular la estructura de este sin que realmente se aprecie quién cumple la última función de todo cuento según Vladímir Propp: el falso héroe.

 

Publicado también en Portal de Andalucía

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