El 4D y la posverdad

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Manifestación del 4D el año pasado, en Sevilla

 

Héctor J. Lagier

El periodista y escritor argentino Martín Caparrós considera el término posverdad como un mero sinónimo del viejo uso de la propaganda, las relaciones públicas y la comunicación estratégica como instrumentos de manipulación y control social. Sobre el 4D, se han levantado bulos e historias que se empeñan en manipular la historia de una manera burda y terca, y estas manipulaciones suelen venir siempre del mismo sector, el PSOE. Recientemente hemos visto a un expresidente de la Junta venido a menos que se arrogaba, a través de articulistas amigos, la paternidad del 4D de 1.977. No digamos ya la insistencia de nuestra actual presidenta en definir ese día como una lucha por la igualdad de los pueblos de España; la evidencia de un mar de banderas andaluzas, ninguna española, o de que allí no se cantara, no ya el himno de España, con su «lo lo lo», sino ni siquiera su versión Manolo Escobar, no parece hacerle cambiar de idea, y disculpad por la licencia jocosa.

En definitiva, se intenta reescribir la historia, manipular los hechos, algo tan connatural al poder, y más al detentado durante décadas.

Pero no, esa no es la realidad; la historia de ese 4D es otra, está escrita, está en las hemerotecas y en la memoria de los que ayudaron a que fuera realidad, y si es necesario la repetiremos un millón de veces para que la versión postiza no suplante a la verdadera.

1.977, plena transición democrática, en junio habían sido las primeras elecciones democráticas y la presencia de una minoría vasca y catalana en el nuevo parlamento ya marcaba claramente un proceso constituyente que iba a implantar la asimetría territorial; ya en los últimos años de la dictadura, las diferentes plataformas de partidos en la clandestinidad, entre ellos el PSOE y el PCE, indicaban meridianamente esta tendencia.

En Andalucía, la respuesta ante esta coyuntura se iba fraguando desde la sociedad civil; en el mes de septiembre, en la sede de la asociación Averroes, se produce una reunión recogida así por el periódico Nueva Andalucía: «representantes de varios grupos y diversas personas independientes, se han reunido para estudiar la problemática andaluza, y especialmente lo concerniente al estatuto de Autonomía. Se acordó formar una comisión gestora para la convocatoria de todas las fuerzas políticas, sindicales, culturales y ciudadanas, con el fin de lanzar una amplia campaña de sensibilización de todo el pueblo andaluz que pueda culminar en una magna concentración, expresiva de la existencia de un pueblo y de la nacionalidad andaluza».

Las organizaciones andalucistas del momento, entre ellas el PSA y el PTA, impulsaron decididamente la propuesta y, ante la presión popular, UCD y PSOE convocan la Asamblea de Parlamentarios andaluces el día 12 de octubre; de ella, emana la definitiva convocatoria de manifestación para el 4 de diciembre, fecha que no fue escogida por azar, sino que recordaba el alzamiento popular federalista de Cádiz de 1868, con Fermín Salvochea a la cabeza.

Los partidos estatalistas habían tenido que asumir a regañadientes que la movilización se iba a producir con o sin su apoyo y tuvieron que aceptarla para que la realidad no les desbordase.

Ese 4 de diciembre, más de dos millones de andaluces y andaluzas salieron a la calle en las ciudades de Andalucía y en Madrid, Barcelona y Bilbao, pedían libertad, amnistía y estatuto de autonomía, no la unidad de España; no hubo banderas españolas, sólo banderas andaluzas; en las manifestaciones no se gritó «viva España», sino «viva Andalucía libre».

Miento, sí hubo banderas españolas, las que llevaban los fascistas que intentaron reventar y provocar.

Sin ese 4D no se entiende el 28F, pero esa es otra historia.

«In Memoriam Manuel José García Caparrós».

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