Cuando César andaba por Cádiz

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Cuadro al óleo de Federico Godoy (1894) titulado César visita el templo de Cádiz

 

Leonor de Bock Cano

 

Es algo bastante desconocido que la carrera política –lo que los romanos llamaban cursus honorum– del personaje controvertido y fascinante a la vez que fue Julio César comenzó y podemos decir que terminó en Hispania, en el territorio más tarde llamado Bética.

El primer cargo que desempeñó en su vida, el de cuestor, que daba acceso al Senado romano y abría la perspectiva de acceder a otros cargos más importantes, lo obtuvo a la edad de poco más de treinta años, tocándole en suerte la Hispania Ulterior, a la que llegó en el verano del año 69 a. C. a las órdenes del gobernador Antistio Veto. La provincia Ulterior comprendía, grosso modo, el actual sur de Portugal, una pequeña parte de Extremadura, otra de Castilla la Mancha y la casi totalidad de la actual Andalucía.

Los cuestores –veinte en total– tenían como misión principal la de ocuparse de los asuntos económicos. En provincias, actuaban asistiendo a los gobernadores: cobraban el producto de las multas judiciales y de los arrendamientos, se ocupaban de la paga y la alimentación de las tropas acantonadas en la provincia y vigilaban las relaciones que cada una de las comunidades mantenía con Roma, así como sus diversas formas de organización.

Una vez llegado a su destino, César debió presentarse inmediatamente en Corduba, vieja fundación romana y en la práctica capital de la Hispania Ulterior, donde el gobernador residía habitualmente. Enseguida comenzaría a desempeñar las funciones propias de su cargo en una provincia que en su conjunto y a diferencia de la Citerior, no había dado muestras de simpatía ni por los jefes ni por la ideología del partido popular al que el joven magistrado pertenecía, por lo que no debió sentirse muy a gusto con el lugar que le había correspondido.

El gobernador podía encomendar a su cuestor otros asuntos aparte de los financieros, y así Julio César, por encargo de Antistio Veto, tuvo que recorrer las comunidades para administrar justicia. Como no se podía obligar a los pleiteantes a desplazarse a la residencia del gobernador, éste –o sus delegados, como en este caso– viajaba periódicamente a una serie de ciudades, en las que celebraba sus audiencias para los habitantes de las zonas próximas. Se reunían entonces gentes venidas de todas partes, se trataba de negocios, se entablaban relaciones y se hacían nuevas amistades. Así César conoció las ciudades más importantes de la provincia en aquella época: además de la mencionada Córdoba (Corduba), las actuales Sevilla (Hispalis), Écija (Astigi) y Cádiz (Gades).

Gades, antigua fundación fenicia y púnica, considerada entonces como el límite del mundo conocido, fuertemente helenizada, era uno de los centros más prósperos y cosmopolitas de Occidente, con importantes santuarios oraculares como el de la Venus marina (antigua Astarté fenicia) y el de Melqart-Hércules, éste último cerca del actual islote de Sancti-Petri, en Chiclana de la Frontera. El santuario de Hércules gaditano fue durante más de un milenio un poderoso foco de atracción y lugar de peregrinación y estudio tanto para filósofos, historiadores, científicos y taumaturgos, como para personajes públicos, como el cartaginés Aníbal o los romanos Fabio Máximo y el mismo Julio César. Todos acudían para pedir a la divinidad la victoria en sus campañas y para obtener el prestigio y apoyo que en todas las épocas militares y políticos han buscado en la religión.

En Cádiz, a César le fueron presentadas algunas de las personalidades más relevantes de la ciudad, entre ellas el joven, por entonces de unos 27 años, Lucio Cornelio Balbo, nacido en el seno de una de las familias de origen púnico más ricas e influyentes. Gracias a Pompeyo, este Balbo el Mayor poseía también la ciudadanía romana y supo siempre jugar a varias bandas, por lo que, desde el primer momento, surgió entre César y el gaditano una amistad que con el tiempo se haría cada vez más íntima y estrecha.

Durante este primer viaje a las islas gaditanas –Cádiz era entonces un archipiélago–, el futuro dictador se acercó al templo de Hércules, este estaba situado en el extremo meridional de la isla mayor, llamada Cotinoussa, y desde los tiempos de la llegada de los fenicios a la zona, además de su función religiosa como santuario de Melqart, dios del sol y de la navegación, actuaba como mediador y garante de las transacciones comerciales. Al parecer, existían en él, además de multitud de ofrendas y exvotos con los que los fieles pedían un feliz viaje de regreso o daban gracias por haber llegado hasta allí sanos y salvos, lo que dio lugar sin duda a un valioso tesoro, varias estatuas, entre ellas la del conquistador Alejandro Magno.

Para César era una visita obligada, pues admiraba tanto a Alejandro como a Hércules, identificado en Cádiz con Melqart. En algunos de sus famosos doce trabajos, el héroe griego Heracles –llamado Hércules por los romanos– había llegado a ese extremo occidental del mundo que era Cádiz, o tal vez incluso a las Canarias, y había fundado las míticas columnas que llevan su nombre, una a cada lado del estrecho de Gibraltar, más allá del cual sólo había un abismo insondable. Tanto Pompeyo como el propio César, inspirados por las hazañas de Alejandro, albergaban claras tendencias hacia un poder personal.

Quizás fuera verdad, por tanto, lo que los historiadores romanos contaban que le había sucedido al joven Julio en el santuario gaditano, donde se echó a llorar al ver la estatua del conquistador macedonio, lamentándose de que, a la misma edad en que Alejandro ya era dueño del mundo, él todavía no había hecho nada digno de memoria. Puede que pasara revista en ese momento a su vida, consumida en aventuras amorosas, el lujo y los banquetes, costumbres usuales entonces en los jóvenes de la nobleza. Lo cierto es que la amargura y desazón que sintió César en ese momento le habrían impulsado a decidir volver a Roma en pleno año 68, para el que se le había prolongado su cuestura en la Ulterior, antes de terminar su mandato. Para el joven romano, a partir de ese momento, ya no sería el placer el imán de su existencia sino el poder.

Según cuentan los historiadores, a la noche siguiente, Cayo Julio tuvo además en sueños relaciones sexuales con su madre, lo que, según los intérpretes del templo, para quienes la madre sería un símbolo de la tierra, querría decir que estaba a punto de detentar un gran poder y de someter al mundo. De la realidad de este sueño incestuoso no han dudado especialistas como Freud y, en general, suele relacionarse con la primera visita de César al santuario gaditano.

En el 61 a. C., César volvió, ahora ya como propretor o gobernador y, por tanto, con plenos poderes, a la misma Hispania Ulterior de la que se había marchado hacía siete años y parece que fue en esta etapa cuando, además de obtener una serie de éxitos militares en Lusitania gracias entre otras cosas al apoyo de Balbo, deroga en Cádiz antiguas leyes consideradas «bárbaras» para un romano moderno. Podemos pensar que estas leyes se referían a la práctica feno-púnica de los sacrificios infantiles, de la que se han encontrado indicios arqueológicos en la ciudad gaditana.

Pero no habían pasado dos años cuando el gobernador regresa de nuevo al corazón de la República, antes incluso de la llegada de su sucesor en el cargo. En Roma, se disputaban el poder dos facciones políticas, la oligárquica y la popular, y se respiraba un ambiente convulso de intrigas y conjuras. Tras numerosas maniobras, el poder se reparte entre el magnate Marco Licinio Craso, Cneo Pompeyo Magno, con el que César casa a Julia, su única hija, y él mismo, que marcha a las Galias para asumir su parte del trato. Una vez más, lo hace acompañado de su amigo y confidente Balbo, del que se dice que había creado para él una especie de servicio secreto en Roma.

Sin embargo, el acuerdo –al que no había sido ajeno el gaditano– se desmorona pronto: Craso muere en una guerra en la actual Turquía; Julia, la hija de César casada con Pompeyo, fallece de parto, con lo que se deshacen los lazos que unían a las dos familias y el enfrentamiento entre Pompeyo y César, que había ya aplastado a los galos y puesto el pie en Britania, resulta inevitable. Las hostilidades entre ambos líderes estallan en el 49 a. C. y es entonces cuando César se encuentra ante el dilema de levantarse en armas contra el gobierno de Roma. Hablamos del famoso cruce del Rubicón.

Hay testimonios que apuntan a que el sueño incestuoso antes referido habría tenido lugar precisamente en este momento, cumplidos ya los 50. Es muy probable que el inminente dictador, que en ese momento volvía a encontrarse en Cádiz y disponía de unos días de descanso, los primeros desde que comenzó la guerra civil con Pompeyo, dirimida en gran parte en campos de batalla hispanos, volviera a acudir al santuario de Hércules, cuyos sacerdotes eran expertos en el viejo arte de la oniromancia.

No es difícil imaginar que a estos profesionales que podían ver en los sueños de los fieles sus más secretas expectativas, como ocurre hoy en día con el extenso gremio de videntes y pitonisas, les resultara muy fácil adivinar los deseos del romano y garantizar para Cádiz el apoyo del hombre cuyo triunfo final era ya previsible. No hay que olvidar que el personal del templo provenía de los miembros de la oligarquía comercial gaditana y era muy consciente de la realidad política. En cuanto a César, que se apresuró a divulgar el contenido del sueño y el augurio, no hacía sino recurrir a un medio, el de considerarse inspirado por la divinidad, que siempre ha sido, antes y ahora, el mejor método de los «caudillos» para seducir a los pueblos.

También es posible que, a raíz de la derrota de Cartago por Roma en la tercera guerra púnica, los capitales cartagineses salieran de la ciudad norteafricana y, en un tiempo en que las relaciones entre las dos orillas del estrecho eran continuas y fluidas, fuesen depositados en lugares seguros, como pudieron ser el también santuario de Hércules en Lixus (hoy cerca de Larache, en Marruecos) o el templo de Hércules-Melqart en Gades, y que fueran las finanzas púnico-gaditanas las que ayudaran a César a hacerse con el poder en Roma, por lo que no tiene nada de extraño que el dictador concediera a los gaditanos, cuando volvió por tercera vez a Cádiz en el 49 a. C., el beneficio de la plena ciudadanía romana.

Se dice que Varrón, lugarteniente de Pompeyo en Hispania, en el transcurso de la guerra civil, se había llevado a Gades el tesoro del templo de Hércules. Victorioso César y amigo como era de los gaditanos, tan pronto como llegó a Cádiz habría devuelto todo lo que sus enemigos se habían llevado. Sin embargo, cuando después de la batalla de Munda (localizada en algún lugar de la Bética), su definitiva victoria frente a los hijos de Pompeyo, en el 45 a. C., el general se vio apremiado de recursos, no habría tenido empacho en recurrir a la misma solución que años antes su adversario, llevándose las ofrendas «consagradas a Hércules en Gades», según los historiadores. Podría también tratarse de propaganda contra el adversario por parte de los dos bandos, ya que la guerra mediática tampoco es nada nuevo.

El resto de la historia y el asesinato en el 44 a. C. del que había sido nombrado ya por tres veces dictador en Roma es bien conocido.

Pero ni el recuerdo de Hércules ni el de Julio César se perdieron. Muchos emperadores romanos se consideraron reencarnación del héroe griego, protector contra el mal, vencedor de monstruos, detentador del poder y la fuerza tanto física como moral, ya desde época antigua convertido en símbolo ético y político y, por otro lado, considerado fundador de la monarquía española.

Los dos personajes volvieron con fuerza en el Renacimiento, siendo representados con frecuencia en edificios públicos o privados de la época, Hércules como fundador de ciudades, entre ellas Sevilla o Cádiz, en cuyo escudo figuran sus columnas al igual que en el de Andalucía, y el otro como símbolo de buen gobernante y de genio militar. Al héroe griego lo encontramos en el jerezano palacio renacentista de los Riquelme (1542), en al menos una de las dos figuras colocadas sobre columnas a ambos lados de la fachada, representando la fortaleza moral, y en dos de los relieves de la misma, aludiendo al triunfo de la virtud sobre el vicio.

A ambos, Hércules y César, volvemos a encontrarlos en la fachada del Ayuntamiento viejo de Jerez, construido en época de Felipe II. Junto a Hércules están las virtudes de la Templanza y la Prudencia y a cada lado de la estatua de César, las de la Fortaleza y la Justicia, el conjunto de virtudes necesarias para el buen gobierno.

Hay quien piensa que era ésta también una manera de borrar el origen musulmán de la fundación de la ciudad, al igual que ocurre en Sevilla, donde ambos personajes figuran en sendas hornacinas de su ayuntamiento plateresco, y donde, en el lugar donde aproximadamente estaba la antigua Puerta de Jerez de la muralla, derribada en el siglo XIX, se colocó una inscripción fechada en 1578 que comienza así:

Hércules me edificó
Julio César me cercó
y el rey santo me ganó
con Garci Pérez de Vargas.

Encontramos de nuevo juntos al héroe y al dictador en la famosa Alameda de Hércules sevillana, construida en 1574, el más antiguo jardín público de España, donde coronan dos columnas romanas, Hércules como fundador mítico, César como restaurador de Hispalis, antes la fenicia Spal. Carlos V, que se consideraba como un nuevo César, había usado además en su escudo las columnas del héroe griego con la inscripción «Plus Ultra», significando así que con el descubrimiento de América, se había llegado más allá de los límites de la tierra habitada establecidos en la Antigüedad.

Leonor De Bock Cano, doctora en Filosofía y Letras y miembro del CEHA

Bibliografía

  • de Bock Cano. El templo de Hércules Gaditano: realidad y leyenda. Fundación Viprén, Chiclana de la Frontera, 2005.
  • Francisco Narla. «Julio César en Hispania. Sus desconocidos pasos por la península ibérica». Clío, Revista de Historia, nº 176, pp. 78-85.
  • Fco. Rodríguez Neila. Confidentes de César. Los Balbos de Cádiz. Sílex, Madrid, 1996.
  • Checa. Carlos V y la imagen del héroe en el Renacimiento. Taurus, Madrid, 1987.
  • Aguayo Cobo. «El palacio de Riquelme: interpretación iconológica». Revista de Historia de Jerez, 9, 2003, pp. 9-26.
  • http://es.wikipedia.org/wiki/Alameda_de_Hércules
  • blogspot.com.es/2011/01/las-virtudes-consistoriales.html
  • http://es.wikipedia.org/wiki/Sevilla
  • https://sevillapedia.wikanda.es/wiki/H%C3%A9rcules

Leonor de Bock Cano es miembro del Centro de Estudios Históricos de Andalucía, doctora en Filosofía y Letras y catedrática jubilada de instituto.

 

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