Andalucía y el oligopolio financiero

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Héctor J. Lagier

De la idea del expresidente Chaves y su gran caja andaluza no queda ni casi el recuerdo; las cajas de ahorro han desaparecido (excepto dos minúsculas cajas catalanas de ámbito comarcal), las que quedan se han reconvertido en bancos, y del sistema financiero andaluz sobreviven, por ahora, dos entidades medianas, Unicaja Banco y Cajamar, y otras dos cajas rurales, Caja Rural del Sur y Caja Rural de Granada.

Las cajas sevillanas agrupadas en Cajasol fueron absorbidas por la catalana La Caixa, la cordobesa Cajasur pertenece a la vasca Kutxabank y la granadina Caja Granada, después de pasar por la fusión fría con el control de Caja Murcia y por la intervención estatal, va a quedar dentro del ámbito de la madrileña Bankia, la cual tuvimos que rescatar todos los españoles, incluidos los andaluces, con 23.000 millones de euros.

Tres importantes elementos del sistema financiero andaluz que han desaparecido engullidos por los tres centros económicos clásicos de la España contemporánea: Cataluña, País Vasco y Madrid.

Músculo financiero que Andalucía sigue perdiendo; el ahorro de los andaluces gestionado fuera de nuestra comunidad, millones de euros de obra social perdidos. En la Europa del siglo XXI no se puede ser competitivo sin un sistema financiero propio potente e impulsor de actividad económica endógena.

La mala gestión y la crisis han dilapidado buena parte de nuestro tejido financiero con la consiguiente pérdida de empleo en el sector y el destierro forzoso de miles de personas por movimientos de personal indiscriminados de las entidades financieras absorbentes.

Esto no ha acabado, después de la caída del Popular, los mercados atacaron con baterías en línea a Liberbank, que se ha salvado por ahora, aunque casi todos predicen que será la próxima en caer; y después le puede seguir Unicaja, que está teniendo una buena salida a bolsa en un momento nefasto, pero que se verá acosada más pronto que tarde al igual que casi toda la banca mediana, en un proceso de concentración que no tiene final.

Un proceso alentado por el FMI, el BCE y el Banco de España que no dejan de impulsar la concentración bancaria para que cuatro entidades, La Caixa, Santander, BBVA y la reflotada Bankia, controlen la gran mayoría del pastel bancario del Estado español. Estos órganos insisten en que los problemas de rentabilidad causados por los bajos tipos de interés y una actividad todavía limitada provocan que las entidades medianas en tamaño no puedan competir en el mercado, ya que, en su teoría, les falta tamaño crítico. A lo que hay que sumar la presión regulatoria que ellos mismos introducen.

Al igual que las andaluzas Unicaja y Cajamar, la aragonesa Ibercaja se encuentra en el punto de mira de los cuatro grandes; son entidades saneadas, bien gestionadas, con una obra social importante, arraigadas en su territorio, impulsoras de la economía regional,  con fuerte implantación en el medio rural y que contribuyen decididamente a la competencia en sus zonas de actuación. Bancos regionales que tienen una función primordial en sus zonas tradicionales, como el mismo ministro Guindos ha tenido que admitir.

Es curioso, nadie habla de Bankinter o Banca March, entidades similares o más pequeñas en tamaño que las anteriores; será que son bancos para «ricos», por lo tanto, quedan fuera de la quema.

Y no digamos nada de Kutxabank, a la que se le hace un traje a medida para que siga en manos vascas, en virtud de acuerdos no declarados entre el Gobierno de Rajoy y el PNV; llevados a cabo incluso con la crítica del BCE. Aquí de nuevo vemos palpablemente la capacidad de influencia de las comunidades con un poder político-financiero fuerte.

Cuando la próxima entidad acosada caiga, se dirá que ha sido por problemas de solvencia, liquidez o morosidad, cualquier explicación será buena para no explicar la verdad, habrá sido por la presión ejercida desde las propias instituciones que deberían protegerlas, con el aliento de los grandes que no quieren frenar su voracidad.

Y cuando la próxima en caer sea andaluza, habremos perdido otra herramienta fundamental para que la desigualdad y el desempleo dejen de ser el santo y seña de nuestra economía. Y, por supuesto, será porque, a diferencia de catalanes y vascos, carecemos de resortes políticos y financieros que defiendan nuestras estructuras vitales; o más bien será porque no los ejercemos o sabemos utilizarlos, porque desde la capacidad de presión que debería representar el tener un 18% de la población y un  15% del PIB del Estado, deberíamos ser capaces de ponernos en valor. Luego, llegarán las lamentaciones, por enésima vez.

 

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