Andalucía tierra madre, tierra del dios Lug

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Saulo Ruiz Moreno

La procedencia del nombre de Andalucía es un enigma que se mantiene desde hace siglos sin que exista una respuesta definitiva; una solución que depende en gran medida de la idea que se posea de la trayectoria de sus pobladores y el peso que se otorgue a las diferentes culturas que han influido en su historia.

Qué es Andalucía

El primer problema consiste en determinar si con Andalucía se está denominando simplemente un territorio geográfico o si se trata de una región política y cultural. Como se verá a continuación, por lo general coexisten ambos conceptos con matices: la denominación más antigua de la que se tiene certeza para estos territorios es Tartessos, primera civilización de Occidente para los griegos. Tanto Pausanias como Éforo de Cime afirmaban que «Tartessos es un río en la tierra de los iberos, llegando al mar por dos bocas y que entre esas dos bocas se encuentra una ciudad de ese mismo nombre. El río, que es el más largo de Iberia y tiene marea, es el llamado en días más recientes Baetis». De esto se deduce que Tartessos es tanto una denominación geográfica, en cuanto a una cuenca fluvial –del mismo modo que el valle del Nilo o del Indo–, como una denominación cultural en cuanto que se refiere a un pueblo que mantenía allí su capitalidad y desde allí extendía su influencia.

La desaparición de Tartessos disolvió por un tiempo esta asimilación geográfico-cultural de la región, que pasó a parcelarse políticamente según los pueblos que la habitaban, principalmente los turdetanos; si bien la zona que abarcaba la influencia tartésica incluía también a bastetanos, oretanos, túrdulos y conios. Mientras que geográficamente el territorio seguía refiriéndose a su mayor accidente, la cuenca del Baetis.

Roma volverá a asociar geografía y ordenación política para denominar Baetica (Bética) a una provincia senatorial con capital en Corduba (Córdoba) y que comprendería más del 75% de la actual Andalucía y una parte de Badajoz. Esta ordenación y nombre se mantendrá hasta la época visigoda, cuyo último gobernante será don Rodrigo, duque de la Bética.

Hasta aquí parece que todo está claro, pero el problema llega con al-Ándalus y la aparición de esta denominación, la más cercana fonéticamente al actual Andalucía. Entonces, si el quid de la cuestión está en al-Ándalus, lo primero sería preguntarse: ¿qué es al-Ándalus? Se conoce así al territorio de la península ibérica bajo poder musulmán, un área cultural, que no geográfica ni política, ya que crecerá o decrecerá en función del tamaño de los reinos musulmanes; que tendrán una denominación independiente de al-Ándalus según el momento histórico, ya sea califato de Córdoba –heredero directo de la Baetica–, taifas, imperio almorávide o almohade.

Etimología de al-Ándalus

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Primer dinar andalusí

La fecha más antigua en que se encuentra la palabra al-Ándalus se halla en una moneda acuñada el 716-717 (98 de la hégira). En una cara se indica en latín FERITOS.SOLI.IN.SPAN.AN.XCI (feritus soli[dus] in Span[ia] an[no] xc[v]i[ii], «sueldo acuñado en Hispania en el año 98»); mientras que en la otra se indica en árabe duriba hada d-dinaru bi-l-Ándalusa sanata tamanin watis ina, «se acuñó este dinar en al-Ándalus el año 98». Hay que tener en cuenta que el árabe posee otra palabra diferente para referirse a Hispania y a la península ibérica, por lo que aquí se está concretando un hecho político nuevo, una palabra de nuevo cuño en árabe. Además, podría entenderse por comparación entre ambas caras de la moneda que se estaría asimilando al-Ándalus a toda la península, a Hispania, no solo a la Bética. Pero claro, este dinar está acuñado por un futuro gobernador cordobés independiente que ya dominaba toda la Hispania visigoda. La moneda era una forma de publicitarse ante sus nuevos vasallos en la lengua culta que dominaban, el latín, mientras que al mismo tiempo era un objeto propagandístico de cara al exterior (el resto del mundo musulmán) que debía afianzar su poder en Córdoba de un Emirato que andaba en camino de independizarse y que requería de una nueva denominación; por lo que la asimilación directa al-Ándalus con Hispania no tiene por qué ser exacta. Habría que añadir que la moneda posee un sol o estrella de ocho puntas en la cara latina. La estrella de ocho puntas es un símbolo usado en la zona desde época tartésica y, además, era un símbolo de claro carácter arriano (es decir, unitario como los musulmanes), en contraposición del trinitarismo abrazado por los visigodos de Toledo.

Ya que no hay registro anterior de ninguna voz parecida a al-Ándalus, su origen podría hallarse próximo a este primer uso verificado. La tesis más conocida tiene origen medieval y la relaciona con las invasiones vándalas que sufriría la Bética entre el 409 y el 429, vándalos que pasarían al norte de África y hay quien supone que los habitantes de aquellas tierras del Magreb llamarían así (Porto Vandalusí o Vandalucía) al lugar de donde procedían las hordas que los atacaban. Sin embargo esta tesis es muy débil. Por un lado no hay ninguna constancia histórica que corrobore esa voz magrebí, es una hipótesis sin ningún sostén documental. Por otro lado, el período de paso de los vándalos por la Bética es muy corto y poco significativo en un momento en que Mauretania Tingitana formaba parte de Hispania, por lo que las gentes de la Mauretania conocerían perfectamente el resto del Imperio del que formaban parte desde hacía siglos, sobre todo su propia provincia (de aquella época y lugar era San Agustín, de Hipona, donde fallece durante el asedio vándalo del 430). Además, el suceso descrito ocurre 300 años antes de la aparición de al-Ándalus, por lo que el recuerdo de los vándalos sería mínimo o habría dado tiempo a que la voz se registrara con anterioridad. Otro dato en contra de esta tesis consistiría en que el único territorio que cambió de nombre por el asentamiento de un pueblo germánico fue Francia, pero debido a que los francos tomaron el poder completo de un territorio y generaron una realidad política diferente, ya que la extensión de la Galia era mayor. En este caso, sería Túnez la región que tendría que haber adoptado el nombre de Vandalia, ya que los vándalos se asentaron allí hasta el 534.

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Detalle de la península ibérica del mapa del mundo de al-Idrisi de 1154 (el Sur está arriba), interpretado por Konrad Miller e impreso en 1927.

Otra hipótesis, más moderna, hace referencia al Atlántico o incluso a la Atlántida. Según algunos autores, al-Ándalus procede de una locución árabe que significaría «península del Atlántico» o «de los atlantes» por una trascripción fonética del latín al árabe. Sin embargo esa península del Atlántico no aparece como tal en ningún texto árabe anterior, ni hay referencias conocidas a la Atlántida en la cultura andalusí que la asimilen a un pasado propio y justifiquen la aparición de ese topónimo.

Con independencia de todo esto, habría que tener en cuenta que para que un término sea aceptado por los integrantes de una comunidad como propio y que les identifique como grupo debe surgir desde dentro, no suele venir impuesto desde fuera o generarse en una lengua que sea extraña a sus miembros. Estos cambios de denominación tan radical pueden entenderse cuando están inmersos en el desarrollo de una revolución en la que se pretenda adoptar una nueva naturaleza y dejar atrás un pasado infructuoso, de manera que las personas sean proclives a cambiar su propia denominación por otra con un mayor prestigio. Este nombre podría ser cualquier cosa (del mismo modo que muchos norteamericanos sienten como himno Hotel California de los Eagles), pero ayuda a que se consolide si ya pertenece al colectivo y está integrado en su cultura. Por lo tanto, el origen de la palabra al-Ándalus debería buscarse en la propia Bética y no habría que explicarlo mediante el árabe o cualquier otro actor externo.

Pero, ¿en qué puede consistir esa denominación aceptada, existente y de prestigio? Se considerará ahora el proceso inverso a la islamización, el de conquista cristiana. Los castellanos se refieren a los reinos musulmanes por sus nombres políticos de forma clara y diferenciada: califato de Córdoba, taifa de Sevilla, almohades, reino de Valencia, Murcia, etc.; pero solo denominarán Andalucía al valle del Guadalquivir, mientras que seguirán llamando al territorio musulmán restante reino de Granada. Es decir, Andalucía es asimilada con la Bética. No a ningún otro territorio con pasado o presente musulmán.

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Campañas de la conquista Andalusí

Estoy muy de acuerdo con Emilio González Ferrín en que la historia de al-Ándalus debe ser profundamente revisada. Su conformación se asemeja más a una guerra civil o a una revolución de tantas que han asolado la península más que a una invasión. Habría que recordar que el reinado de Wamba (672-680) se caracterizó por las constantes luchas internas entre nobles contra la monarquía, nobles entre sí, católicos contra arrianos y población hispanorromana contra los visigodos; un clima de tensión que fue en aumento tras su muerte.

El estado resultante de al-Ándalus no será nunca una colonia ni una provincia, se comportará en todo momento como un reino autóctono e independiente que asumirá el control completo del gobierno visigodo derrocado. Solo un ataque desde dentro del sistema visigodo, muy militarizado, podía acabar con él de manera simultánea en tantas plazas y en tiempos tan próximos. No se trata de un enemigo externo. El gobernador derrocado fue el duque de la Bética coronado rey, don Rodrigo, y el poder se instala en Córdoba, capital de la Bética, como oposición a Toledo.

En resumen, al-Ándalus se asimila a la Bética y su etimología debe de ser local, por lo que habría que buscarla en un apelativo popular dado al valle del Guadalquivir. En relación a esto existe una hipótesis que parte de las lenguas indoeuropeas en las que landlund o landa es un término asociado a «tierra de», «lugar de» y aparece con frecuencia en los topónimos. Incluso en vasco, una lengua no indoeuropea que algunos vinculan al íbero, se encuentra este apellido y topónimo con el mismo significado. Para la otra parte de la palabra existen varias opciones de las que la que más sentido parece tener es «luz», en latín lux lucis o, manteniendo la raíz indoeuropea, sería leuk, raíz etimológica del dios Lug. Al-Ándalus sería Landa Lug, «la tierra de Lug», «la tierra del Sol». Un apelativo con bastante sentido por ser la intensa radiación solar una de las principales particularidades climáticas del valle del Guadalquivir; una característica que en la actualidad se ha utilizado para bautizar las costas béticas como Costa de la Luz y Costa del Sol.

Cultura megalítica, celtas y Tartessos

¿De dónde podría proceder este topónimo? Andalucía está plagada de topónimos de origen prerromano, en particular de raíces célticas, ya que existe una fuerte conexión entre los pueblos de la fachada atlántica europea desde la más remota antigüedad, de manera que es incluso frecuente encontrar lugares con nombres similares a Andalucía a los que nunca se ha atendido con ánimo de encontrar una proximidad etimológica, ya sea por su comienzo: Andújar, Andarax, Andelos, Andorra, Andoain, Andorgi o Andorbanen; o por su final: Lugo, Lugones, Lucena, Sanlúcar o Ligustino (el lago de Tartessos).

Este rastro cultural puede detectarse desde los inicios del Neolítico, donde se conforman y extienden las formas de vida, pensamiento y técnicas de trabajo entre todos estos pueblos que nos legaron las construcciones megalíticas como una manera de entender el vínculo del hombre con el universo. Aún en la actualidad se puede detectar esa conexión entre los pueblos de la Cultura Megalítica con la simple proximidad del nombre que nos ha llegado de sus regiones (Gales, Galia, Galicia, Portugal) a través del mundo romano. Sin embargo, si bien la raíz gal– es indoeuropea, significando «fuerza» y «valentía», Julio César afirmaba que ellos se llamaban a sí mismos celtas, trascrito como κελτοι por los griegos, miembros de un territorio que, a pesar de las vicisitudes del paso de años, de las migraciones, los conflictos bélicos y la permeabilidad a los pueblos vecinos, mantuvieron cierta cohesión cultural desde los inicios del Neolítico hasta Roma, cuya conquista supondrá un episodio cultural que marcará un punto de inflexión indiscutible en la relación del hombre con su entorno y el desarrollo de un nuevo concepto de civilización que servirá de paradigma hasta el presente.

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Extensión de la cultura megalítica

Lug, Luc, Lugh o Lugus es un dios presente en todos los pueblos celtas, un dios sin una función determinada y que puede adoptar todas las funciones, un dios artesano cuyo atributo era una lanza, un símbolo fálico. Su nombre se explica a partir del radical indoeuropeo leuk, «brillar, lucir», por lo que Lug es «el luminoso», el rostro del sol al que nadie puede mirar a la cara. El cristianismo quiso asociar su culto al de San Lorenzo, también vinculado al sol, la luz y el calor. Así, la festividad de San Lorenzo se celebra el 10 de agosto como la Lughnasa, que se celebraba a principios de agosto. La manifestación ígnea de San Lorenzo, coincidente con la de Lug, se simboliza con las Perseidas o lágrimas de San Lorenzo, una lluvia de meteoros, fuegos que caen a la tierra y que se pueden observar entre el 17 de julio y el 24 de agosto, teniendo su momento álgido entre el 11 y el 13 de agosto. Como todos los meteoros, ya que se deben al paso de la Tierra por una zona de escombros, se pueden observar principalmente a partir de la medianoche y hacia el este, cuando el cielo que contemplamos se pone de cara al movimiento de traslación terrestre, es decir, estamos mirando en dirección a la pista orbital y las motas nos salpican el «parabrisas». Los meteoros son un fenómeno atmosférico dependiente de la traslación terrestre, por lo que no se ve afectado por la precesión de los equinoccios, tan problemática en la arqueo-astronomía. Esto permite afirmar que las Perseidas serían visibles durante los festivales solares de Lug, el rayo lanceolado de luz fálica; por lo que estos meteoros podrían haber formado parte de los símbolos de este poder ígneo que viene a la tierra desde los cielos.

Pues bien, exactamente en el amanecer del 14 de agosto el sol penetra hasta el interior del dolmen de Alberite (Villamartín, Cádiz, V milenio a. C.). Es precisamente el día al que se consagra el dolmen, el día en que el sol fecunda la tierra y permite a los hombres renacer a una nueva realidad; el día en que la luz dividió el Caos en dos y dio origen a los Cielos y el Cosmos.

¿Sería posible que la cultura megalítica, por su especial antigüedad probablemente oriunda del sur de la península ibérica, estuviera en el origen de los mitos que nos han llegado a través de los celtas? En definitiva, consistiría en entender la historia de Occidente del mismo modo que se contempla la de Oriente, la historia de un lugar culto y rico desde la más remota antigüedad durante un período similar (incluso mayor) al que cubre la historia del Egipto antiguo, en el que se mantuvieron muchas creencias desde los tiempos primigenios a pesar del paso del tiempo. Culturas que acabarían fusionándose con el mundo grecolatino y transitando a la modernidad a través del cristianismo y el islam.

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Mapa genético europeo. Obsérvese cómo el gen R1b (celta y vasco) se distribuye por las mismas zonas que la Cultura Megalítica.

Un problema que tiene el estudio de la vieja Europa es que quedan muy pocos vestigios originales, sobre todo en el sur por su pronta entrada en la órbita de otras culturas mediterráneas como fenicios, griegos o romanos. La mayor parte de las noticias que tenemos proceden de fuentes tardías y alteradas por la visión e intereses romanos, de ahí que las escasas referencias que se conservan de la mitología prerromana se refieran al Marte, Minerva o Apolo indígenas, asimilando las características de las deidades romanas a las locales, ignorando su nombre, leyendas y cultos; de ahí que para descifrar lo que pudo ser, sea necesario recurrir a relatos de pueblos similares que se mantuvieran independientes mayor tiempo, tales como los hermanos célticos del norte.

Sin embargo, el estudio de la toponimia y los restos arqueológicos pueden dar luz a estos enigmas. Tal y como se ha comentado, existen en Andalucía multitud de lugares cuyos nombres poseen raíz céltica, algunos con referencia directa a dioses adorados en la zona como El Andévalo (Huelva), del dios Endovélico, dios de la salud y protector de la tierra y los bosques, asimilado a Esculapio por los romanos; o Bornos (Cádiz), del dios Bormo, asociado a los santuarios acuáticos, del radical bher, «hervir, agitar, bullir», como lo hacen las aguas en las abundantes surgencias de Bornos, una serranía de areniscas miocenas sobre una base impermeable de margas y arcillas que proveen la zona de ricos manantiales.

Otras pruebas se hallan en los ríos: el río Guadiana procede del Andalusí guad, que significaba «río», y ana, voz prerromana para «río», lo que provoca que al nombrarlo se diga tres veces la palabra río: en celta, latín y Andalusí. El río Guadalquivir, el Betis, deriva del hispano-celta bae, que significaba «río», lo mismo que el Miño era el Baenis, el Besós se llamaba Baetulo o el Barbate era el Baelo, el río de Baelo Claudia (Bolonia, Cádiz). El Baetis era «el Río», sin más apelativos, y su importancia se ha mantenido con el paso del tiempo y muchos pueblos de sus riberas se apellidan «del río» (Coria del río, Alcalá del río, Palma del río, Almodóvar del río…) sin especificar de qué río se trata, cuando lo normal es apellidarse con el nombre del accidente: «de Guadaíra», «de Ebro», «del Duero», etc. No en vano, el Guadalquivir habría sido el río matriz de la civilización del valle del Baetis. Él y su valle lo eran todo.

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Altar celta de Bolonia. Piedra Sacra de Ranchiles

Muy cerca de la desembocadura del Baelo (Bolonia, Cádiz), el actual río Barbate, se halla un altar celta muy similar al de Ulaca (Ávila), denominado la peña sacra de Ranchiles; un elemento poco frecuente entre los vestigios célticos encontrados en la península, por lo que tanto la toponimia como los restos arqueológicos confirman la presencia de pueblos celtas hasta en el mismo vértice sur de la península. Pueblos celtas que no son más que herederos de la cultura megalítica, cuyos orígenes se remontan a más de 7.000 años; pueblos del Occidente europeo que llevaban milenios de comunicación y evolución conjunta. Dicen que solo los tartesios eran capaces de navegar por el atlántico y de subir hasta las Casitérides (Islas Británicas) a por estaño, un comercio sin colonias ni conquistas entre pueblos hermanos que los romanos marcarían con el prefijo Gal–.

En las lenguas célticas actuales, como el gaélico irlandés y el escocés, tir o tar significan «tierra» o «país». Es más, en el antiguo protocelta, el término têrsos significaría también «tierra» o «lugar». Por lo que Tartessos sería una voz céltica para designar la tierra de origen, el país.

Estrabón afirmaba que los turdetanos eran los más cultos de todos los celtas y que poseían leyes con más de 6.000 años. La mayoría de los estudiosos duda de la certidumbre de esta afirmación, pero también se ha dudado mucho de Manetón, el historiador egipcio a quien se debe las listas de reyes de Egipto, sin embargo la arqueología no cesa de corroborar sus escritos; así que posiblemente Estrabón estuviera literalmente en lo cierto y sí exista un nexo demostrable entre los pueblos de su tiempo y aquellos que originaron el megalitismo en la Bética; un megalitismo que se extendería por la fachada atlántica europea por un área que muchos siglos más tarde se considerará la Europa céltica. Esta tierra madre habría alcanzado uno de sus momentos de mayor esplendor con Tartessos, alrededor del lago de Lugus (Ligustino) y, una vez desaparecido, gran parte de esta cultura se conservará durante siglos en las costumbres populares, el nombre de los lugares, los dichos y modos de vida.

Sería, por tanto, Tartessos la tierra de los orígenes. Sería el Guadalquivir, el Baetis, el río matriz como en otras grandes culturas nacidas en valles fluviales. Sería el Ligustino el lago del Sol, del dios Lugus. Sería el dolmen de Alberite uno de los santuarios más antiguos de Occidente, consagrado al sol y a la tierra. Sería el lugar donde cohabitan río, lago y tierra, la tierra del Sol, Landalugus, Andalucía, origen de la primera cultura de Occidente.

3 de mayo de 2017
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Saulo Ruiz Moreno

Este artículo fue publicado originalmente en la página de Saulo Ruiz Moreno

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