Andalucía, los gitanos y Antonio Mairena

La Andalucía recupera el archivo de Triste y Azul: Flamencos Cabales en la Red.

Carlos Arbelos
(Buenos Aires, 1944 – Sevilla, 2010)
Fotógrafo, periodista, crítico flamenco y activista político

 

A 100 años de su nacimiento

Al cumplirse el centenario del nacimiento del cantaor Antonio Cruz García, conocido en el mundo del flamenco como Antonio Mairena, se realizan congresos y conferencias, se reeditan libros de y sobre su obra, pero para entender su filosofía del arte flamenco, hay que situarlo en relación al contexto de Andalucía y a su pensamiento sobre los gitanos.

De entre los muchos valores que las diferentes civilizaciones que pasaron por Andalucía, convirtiéndola en un verdadero crisol de razas, aportaron a esta región, el arte flamenco es tal vez el fenómeno cultural de mayor proyección interior e internacional que se conoce. El que más huellas ha dejado y sigue dejando a unos dos siglos de su salida a la luz, el que constituye un conjunto de señas de identidad y de personalidad únicas en el mundo.

El cante jondo es el hijo universal de características singulares nacido del maridaje entre el pueblo gitano y los nativos de la región andaluza, en una cuna que podemos situar a grandes rasgos, en el núcleo conformado entre Sevilla y los Puertos, en Cádiz, aunque toda la región andaluza está teñida de flamenco.

El maridaje al que metafóricamente aludimos reviste unas pautas muy especiales. El pueblo gitano, nómada en sus orígenes y fiel a su filosofía y su costumbre de andariega libertad, se «enamora» de esta tierra, hasta el punto de constituir en ella un asentamiento sedentario imprimiéndole su sello particular sin el cual, hoy, Andalucía no tendría la conformación cultural típica a través de la cual se la reconoce.

Andalucía, por su parte, aporta al matrimonio una tierra fértil y abonada de historias de pesares y lágrimas, de rugientes alegrías, de folclores propios y de otras regiones, de músicas bizantinas, gregorianas, sefardíes y musulmanas, de pasados esplendores, sedimentadas en su memoria y vivas aún, cuando los gitanos llegan hasta ella, recién amanecido el siglo XV.

Decir, pues, que sin gitanos no hubiera habido cante es decir una verdad histórica, como también lo es decir que fuera de Andalucía, éste no hubiera sido posible, ya que el Pueblo Rom también ha hecho nido en otras diversas latitudes y, aunque en todas ellas ha dejado la impronta de sus capacidades musicales, que están ampliamente reconocidas, en ninguna otra parte del mundo ha generado un hecho cultural y sensible de la índole del cante jondo, tomando todos los elementos musicales que estaban sedimentados en Andalucía.

Por lo demás, hay cantaores del pasado y del presente con grandes dotes y fortuna artística cuyos ancestros no han sido gitanos y han contribuido al esplendor del arte flamenco como cualquier «calé» de casta.

Memoria del cante

La memoria del cante flamenco guarda en sus anales respetuosa y religiosamente las figuras de algunas luminarias: Tío Luis el de la Juliana, los Caganchos, Tío José el de la Paula, Manuel Torre…

Se dice… se cuenta… se trata de que hagan memoria algunos ancianos que quizás hayan oído cantar a algunos en su niñez y se les nombra con unción.
Desde la primera década del siglo XX, vivió entre nosotros, derrochando arte y sabiduría, Antonio Cruz García, conocido internacionalmente como Antonio Mairena.

Antonio lamentablemente no dejó herederos artísticos y ninguno de los jóvenes cantaores parece dispuesto a recoger la antorcha que le alumbrara durante su vida, aunque su cante se reproduce una y otra vez en la voz de muy variopintos cantaores.

Él, en cambio, tenía muy presentes a sus mayores, a quienes le antecedieron, a quienes, como Manuel Torre, le dieron la «alternativa» y se ocupó durante todos sus años de hacer honor a estos dones, engrandeciéndoles, dignificándolos y trabajando a la altura de lo que de él se esperaba.

 

Señas de identidad

El maestro nacido en 1909 en Mairena del Alcor recibió una herencia y se dedicó a multiplicarla. Tal vez otro la hubiera dilapidado o simplemente gastado a lo largo de su vida, instalándose cómodamente en un bien hacer dentro del cante. Quién con más derecho que él, puesto que los duendes le habían favorecido y el genio cantaor de Manuel Torre lo había confirmado.

Mairena no lo hizo y a esto contribuyeron determinadas características de su personalidad que trascienden la labor artística para adentrarse en el terreno de las ideas, en el campo filosófico, en el área de una ideología ligada a las puras raíces de su identidad histórica como miembro del pueblo gitano.

Realizando un diagrama limpio de su trayectoria, vemos que sólo una enorme humildad puede haber presidido una labor como la suya, humildad que se expresó desde su eterno loar a cantaores del pasado, cuando muchos de sus contemporáneos comprobaron claramente que él superaba a todos hasta su trabajo incansable de arqueólogo del cante que él fue a rastrear en lejanas geografías, en ignotas gargantas, en escleróticas memorias y que sólo él fue capaz de hacer revivir.

Estas señas de identidad mencionadas pueden resumirse en su capacidad de trabajo, forzando la paciencia, el tesón y la voluntad que le proyectó desde su pueblo natal hacia viveros más fértiles del cante, sin ahorrar ni uno solo de los duros pasos del aprendizaje: cantar en los tiempos difíciles, cantar durante muchos años «pa’ atrás», cantar a cambio de un pan –y no es una metáfora– hasta llegar a proyectarse como figura universal, llevando el cante en persona o a través de grabaciones, a lo ancho y a lo largo del mundo entero.

Memoria oral

Su fidelidad a sí mismo y a su raza, que le llevó a recuperar la mayor porción de memoria que haya podido conocerse desde que el cante es cante, siendo éste punta del ovillo de la memoria gitana oral y viva que sólo unos pocos iniciados pueden desenredar, dando a luz en dolorosos partos arte y sabiduría en presente, compuestos del eco de milenarios ancestros.

Su generosidad, que no sólo se expresó en una vida enteramente dedicada al cante, sino también en la cantidad de entregas que permanentemente realizó de la más amplia gama de palos, cantados lo mismo en un humilde bautizo familiar que en los más importantes escenarios del mundo, brindándose con igual calidad, independientemente del marco. Debiendo anotarse su último gesto generoso: la cesión de la grabación El calor de mis recuerdos a la Institución para la Tercera Edad de los Artistas Flamencos (ITEAF), con el ánimo de atenuar las fatigas de esos cantaores y artistas que en su vejez no gozaban ni de recursos propios ni de beneficios sociales que alivien sus necesidades.

Los trabajos y los días

Reseñar la inmensa labor realizada por Antonio Mairena excede la intención de este artículo, pero no podemos dejar de tener en cuenta que de alguna manera fue él quien «cuadrara» el árbol del cante y ahí están sus grabaciones, como Cien años de cante gitano, La gran historia del cante gitano-andaluz, Antología del cante flamenco y cante gitano y Esquema histórico del cante por siguiriyas y soleares para corroborarlo.

Es a partir de él que dicho árbol del cante tenga forma y color concretamente definidos, porque él lo dibujó perfectamente con sus sonidos. El lo dejó plantado y en plena floración para que las generaciones venideras pudieran recoger sus frutos.

Por eso, no es casual que, en la actualidad, prácticamente todos los cantaores utilicen como referencia el trabajo de Antonio Mairena o que cuando quieren aprender algo, recurran a sus grabaciones. Sus grabaciones son sin lugar a dudas en el cante flamenco la enciclopedia más completa de la que se pueda disponer.

Pero no sólo en ese terreno dejó un aporte concreto: su recuperación de estilos y cantes merece un capítulo aparte por su capacidad de desenterrar y recrear los viejos ecos que estaban a punto de perderse. Nadie en el siglo XX ha realizado una tarea de similar magnitud.

Hay dos importantes apuntes aún de gran interés. Por un lado, el impulso que Mairena imprimió a los festivales flamencos, que fue un primer gran paso en la difusión del arte gitano andaluz que fue ganando en dignificación. Y por otro lado, su preocupación por los cantaores que habían llegado a la tercera edad, careciendo de recursos para sostenerse. Fue él quien, con un grupo de amigos, inició un camino que todavía lamentablemente no se pudo terminar de recorrer.
Estos cuatro puntos: grabaciones, recuperación de formas y estilos, impulso a nuevas formas de difusión y preocupación por sus compañeros, bastarían para situarlo en un sitio de privilegio, porque ninguna otra persona dentro del marco del flamenco ha hecho tanto como él por este arte singular.

Mairena inmortal

La trascendencia de Antonio Mairena como artista y como trabajador de la cultura le valió amplios reconocimientos, de los más diversos sectores, que afortunadamente le fueron expresados durante su vida. Estos se plasmaron en múltiples homenajes recibidos por el cantaor por parte de la afición, de los cabales, de sus compañeros, de innumerables peñas y tertulias flamencas de los más diversos puntos de la geografía española. Y además, ya en palabras mayores a nivel de reconocimiento a la labor cultural, Mairena detentó algunos premios que sólo unos pocos escogidos alcanzan, tales como la Llave de Oro del Cante, la Medalla de Plata al Mérito en el Trabajo, Medalla de Oro de Bellas Artes entregada por Su Majestad el Rey Don Juan Carlos I y un título que quienes fueron sus allegados saben que fue muy caro a su corazón: el de Hijo Adoptivo de la ciudad de Sevilla, que él tanto amó.

Nadie en el mundo del cante flamenco alcanzó tan importantes alturas ni llegó a tan inmensas profundidades. Podríamos ponerlo a la par de otros grandes hombres del siglo, pero su singularidad reside, además, en haber atravesado la barrera de pertenecer a un ámbito como el flamenco, que únicamente aprecian minorías, y ese es otro de sus méritos: haber contribuido a la universalidad de un arte popular cuyo ambiente nunca es multitudinario.

Ahí está Mairena inmortal, más gitano y más universal cada día aunque sea desde el surco de la grabación… Ahí está ese milagro creativo hecho hombre, resonando aún su voz en cada comparación artística que hacemos de lo jondo… Ahí está ese hombre de aquí y del mundo entero: Antonio Mairena, Llave de Oro del Cante, llave del futuro del flamenco gitano en el siglo XXI.

Toda su gran obra discográfica hoy está compilada en una edición en 16 CDs producida por la Junta de Andalucía (Ed. Cinterco, 1992). Tres CDs deben añadirse a esta caja, ya que estos corresponden a grabaciones en directo. Dos fueron realizados por la peña El Taranto de Almería, uno correspondiente a la actuación del 14 de mayo de 1983 –meses antes de morir–, acompañado por el toque de Pedro Peña, que recibió el nombre de El corazón entero (2009), y el otro es un recital del 26 de febrero de 1977 en que es acompañado por Ricardo Miño y se titula Así fue… (2008). El tercero corresponde a grabaciones de RNE realizadas entre los años 1970 y 1981 y se conoce como Actuaciones históricas.

Una obra imprescindible para leer es Antonio Mairena en el mundo de la siguiriya y la soleá, de Luis Soler Guevara y Ramón Soler Díaz (Fundación Antonio Mairena, 1992), al que siguen:

  • Las confesiones de Antonio Mairena, Edición preparada por Alberto García Ulecía. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Sevilla, 1976.
  • Antonio Mairena. La pequeña historia, de Francisco Vallecillo, entrevistado por Carlos Arbelos y María Rosa Fiszbein. Edición Fundación Andaluza de Flamenco, 1988.
  • Molina R. y Mairena A., Mundo y formas del cante flamenco. Ediciones Al-Ándalus, Sevilla, 1979.
  • Fernando Quiñones, Antonio Mairena. Su obra, su significado. Colección Telethusa, 1989.

 

Este artículo pertenece al archivo de Triste y Azul y fue publicado originalmente en el año 2009.

La Andalucía recupera el archivo de Triste y Azul: Flamencos Cabales en la Red.

Desde La Andalucía, vamos a rescatar las crónicas, los trabajos de investigación y el archivo completo de Triste y Azul: Flamencos cabales en la red, uno de los primeros espacios de Internet dedicado exclusivamente al flamenco.

Triste y Azul fue fundado por Manolo Chilla desde Buenos Aires, tierra que acogió a este jerezano forzado a emigrar en 1953. «Lolo» encontró en el flamenco una vía de comunicación con su tierra, Andalucía, desarrollándose como crítico e investigador flamenco. Rescatamos el archivo de Triste y Azul, perdido en la red durante estos últimos años, en homenaje a Manuel Chilla González, fallecido en Buenos Aires en septiembre de 2015, y a todos los que lo hicieron posible, sus colaboradores y sus técnicos.

 

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