Andalucía en la España balcánica

 

J.M. Persánch

Las declaraciones de Pedro Sánchez acerca de la existencia de tres naciones, al menos tres, insistía, dentro del Estado español, en alusión explícita a Cataluña, País Vasco y Galicia, y en omisión de la primera nación de todas ellas, la única que en realidad alguna vez fue, Andalucía, no sólo muestra su cobardía política sino su escasa preparación y, por ende, su paupérrimo fuste para erigirse en líder. De haberlo hecho por desconocimiento, malo, Sr. Sánchez, muy malo, pero de haber omitido Andalucía conscientemente, peor, señorito, mucho peor, porque no sólo evidenciaría con ello su cobardía política, sino que dicha actitud revelaría, además, un carácter tendencioso y agraviadamente manipulador.

Lamentablemente, lejos de ser un caso aislado, supone todo lo contrario. El señorito Sánchez es reflejo fidedigno de la élite política constitucionalista, españolista si se quiere, espécimen señoril de calamidad intelectual. No conocen la historia de España con la que se les llena la boca. Pero no los esperen, porque no les ha interesado entenderla nunca. Oscilan entre el cero y la nada. Nada nuevo, son meros altruistas del dinero público, o como Joaquín Costa los llamaba ya en el siglo XIX, meras élites extractivas. No producen nada, solucionan menos. Creyeron que con la política de «café para todos» silenciarían la España real, la España de las naciones, y lo que hacían no era más que potenciar la España de Españas, la que, ahora, parece la única posible. Cuando por noviembre de 2011, a colación de unas declaraciones del presidente José María Aznar que cuestionaban el Estado de las Autonomías, publiqué un pequeño artículo de opinión en La República Cultural llamado «España tiene futuro: Las Españas», ya comprendía que la España ideal estaba por venir, no por adivino sino por escudriñar nuestra historia común y reflexionar sobre ella. En aquella breve respuesta a Aznar, afirmaba: «Yo, un andaluz cualquiera, desde un rincón cualquiera de mi Andalucía, comparto con Aznar la idea de que la España autonómica es un disparate, pero, muy al contrario que él, por entender que se queda corta… cortísima si me apura. […] Efectivamente, señor Aznar, la España de las autonomías es inviable, porque no hay una sola España, ni siquiera dos […] por enumerar podríamos contar tres, cuatro, cinco, seis, pero eso es lo de menos, lo relevante es que son reconocibles más de una». De hecho, hay muchas Españas. Está la España nostálgica, la que quiere re-centralizar el Estado suprimiendo las autonomías. También está la que llaman la España posible, la que va añadiendo parches sobre parches, ocurrencias de unos con las que tapan las improvisaciones de otros, odas simplistas para esta España inacabada, la del déjà vu de La España invertebrada de 1921 en 2017, la de una nación sin letra en el himno, la del todo por hacer, la de una bandera que huele por igual a naftalina y sangre, la posible, dicen, la de los republicanos asesinados en la Guerra Civil aún en las cunetas, la posible, eso nos repiten los que aman la España amnésica.

También está esa España ideal, la que está por venir. De la que hablaron muchos, antes y ahora, aquellos que nos hacen entender que esta España es una noria del tiempo que nos devuelve siempre al suelo, a una realidad de la que nos hablaron, por ejemplo, el catalán Joan Maragall en el «Himne Ibèric» o el andaluz Blas Infante en El ideal andaluz. De norte a sur, no así la madrastra Madrid ni las sempiternas hermanastras Castillas, coinciden en soñar con esa España ideal, la España de Españas republicanas, la de Españas libres, independientes o asociadas, la de más de una en confluencia… unidas en la diversidad, diversa en su unidad. O todas ellas, todas menos esta. Reitero, no hay nada nuevo. Lean y descubrirán que, como advertía Javier Tusell en su artículo «Nación de naciones» aparecido en El País en 1995, «Nos lo han enseñado grandes historiadores y de modo eminente José María Jover y Carlos Seco Serrano en textos que tienen ya muchos años y otros más recientes. España debe ser concebida como una nación de naciones; tanto en su realidad histórica pasada como en la cultural de la actualidad».

La historia no se repite, pero sí rima. Cataluña tiene proyecto, España no. No más allá del riesgo de replicar el trauma colonial en la Península. El País Vasco espera, aguantando la puerta a Cataluña para salir tras ella. Y mientras Galicia permanece muda, la más vieja, Andalucía, mientras el año pasado entreabrió el ojo desperezándose de su letargo para pedir soberanía en las manifestaciones del 4 de diciembre de 2016, ahora, ya ha habiendo tomado el bastón de mando de Bernarda Alba, se prepara para salir a celebrar sus cuarenta años de autonomía. Pero, cuidado, no sean ingenuos, con Andalucía, tal y como muestra la omisión intencionada del señorito Sánchez, no serán tan comprensivos, tan pacientes, ni tan permisivos como la ley lo ha sido con Cataluña. Las burguesías pueden tener desavenencias unas con otras, la catalana con la madrileña, la madrileña con la vasca, pero si el actor es pueblo ajeno, se esmerarán por acallarlo rápido. Y saben que Andalucía es pueblo, porque nunca tuvo burguesía, o porque la que podría ir surgiendo pronto emigra. Saben que Andalucía es pueblo, el único territorio en España que, en 1979, expresó su deseo de ser pueblo en un referéndum como el que niegan hoy a Cataluña, el mismo pueblo al que se le confiere en su Estatuto de Autonomía el carácter de nacionalidad, nación si se quisiera mirar más atrás, por ser la única región del territorio peninsular que tuvo constitución propia, la de Constitución Federal Andaluza de Antequera de 1883, la del intento de independencia de 1641… no, no serán tan contemplativos con Andalucía, porque si una cosa aprendieron las élites es que sin Andalucía, la que no industrializaron y convirtieron en su patio de disfrute de sol y playa, de la que han forjado la cantera que provee mano de obra a otras regiones, la que se empeñan en ridiculizar tras apropiarse de sus escritores, poetas, pintores, pensadores, llamándoles españoles y no andaluces para poder hacerlo. Esas élites, todas, a las que enseñaron desde la cuna que «El día que se levante Andalucía, se cae España». Ésa, Nuestra Andalucía, la de luz y esperanza.

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