Almanzor, un andaluz de Algeciras

 

 

H.J. Lagier

«La historia del Islam peninsular ha sido descuidada durante mucho tiempo por el historiador profesional, el medievalista; quizás como resultado de la pervivencia, a través del nacionalismo (español) moderno de la vieja idea de “reconquista”, que tendía a considerar la presencia del Islam en la península como un accidente incapaz de sustentar derechos adquiridos de ningún tipo. Esto, unido a la falta de documentación adecuada, justifica el retraso de la investigación histórica sobre Al-Ándalus».

Blas Infante

 

Muhammad Ibn Abi Amir nació en el año 939 en una alquería cercana a Al-Yazirat al-Hadra, la actual Algeciras; según cuentan las crónicas, sus antepasados llegaron a la Península con Tarik, en el año 711; es decir, su familia llevaba más de dos siglos en el territorio que hoy conocemos como Andalucía. Descendían de Yemen del clan Maafir, perteneciente a una rama himyarí. No sabemos si esta procedencia es real o prefabricada, cosa muy al gusto de los historiadores andalusíes o de otras zonas del islam para darse importancia, en todo caso sí sabemos que el mestizaje de los pocos árabes que llegaron a la Península con las principales familias de la aristocracia hispanogoda fue algo sumamente habitual.

Muy joven, Abi Amir se traslada a la casa de su tío en Córdoba, capital del califato y una de las metrópolis mundiales de la época; allí realiza sus estudios y trabaja como escribano. Con la muerte de Abd-al Rahman III en el 961 y el ascenso al poder de su hijo al-Hackam II, accede a la corte y empieza su carrera dentro de ella, primero como prefecto de la ceca, después como administrador y tesorero de Abul-Walid Hisham, segundo hijo del califa y heredero de este, lo que le pone en permanente contacto con aquel y con su madre, Subh, de procedencia vascona y la favorita del harem, mujer que maneja su propia fortuna personal, con tremenda influencia en la política del momento y que será fundamental en el ascenso de Ibi Amir. Ascenso que se ve potenciado con su nombramiento como cadí de Sevilla y Niebla y con sus misiones en el Magreb para impulsar el control andalusí sobre el norte de África y mantener a raya a los fatimíes, hechos estos que le dan prestigio y control sobre el cuerpo permanente de tropas regulares, incluidas las mercenarias magrebíes.

En el 976, al-Hackam impone a su hijo Hisham como sucesor, asunto escandaloso para la época, ya que se trataba de un menor y el califa lo designaba en vida. Para controlar los disturbios y revueltas que ello produjo, Abi Amir se hizo imprescindible.

Muerto al-Hackam y nombrado califa Hisham, nuestro protagonista es nombrado visir y poco a poco va ganando terreno al chambelán al-Mushafi. En el 977, participa en su primera campaña militar o aceifa en la Península, derrotando a las tropas castellanas del conde García Fernández; esta victoria empieza a marcar su leyenda como estratega de los ejércitos y le da el mando de las tropas de la capital. Para consolidar sus alianzas, se casa con Asma, apodada la chata —al-Dalfa—, hija de Galib, alcaide supremo de las tropas de las marcas o fronteras.

A partir de aquí, se genera una triple alianza que dará el poder real a Subh, Galib y Abi Amir, que acabarán con todos los intentos de disidencia en el califato.

En el 979, se empieza a construir Madinat al-Zahira, la «ciudad resplandeciente», verdadera corte paralela amirí a la sede califal y que al parecer estaba ubicada al este de la capital, en la zona conocida como Las Quemadas.

Su entente con Galib no dura mucho, en el 981 se produce la llamada «algazúa de la traición», campaña en la que aquel con el apoyo del conde García de Castilla y del rey Sancho Garcés de Navarra se enfrentan a las tropas de Córdoba y son vencidos. Esta victoria le dará a Abi Amir el sobrenombre de al-Mansur, el victorioso, del que proviene el Almanzor de las crónicas cristianas. Desde este momento, es el dueño absoluto de la regencia de Hisham que comparte con la madre, Subh.

Cuando Hisham alcanza su mayoría de edad, el poder sigue estando en las manos de su madre y de al-Mansur; este es un hecho controvertido para los historiadores; por un lado, se acusaba al amirí de aislar al califa con juegos, mujeres y religión, por otro lado, y parece que esta es la teoría correcta, se especula con que Hisham en realidad tenía mermadas sus cualidades físicas y mentales, por lo cual el papel de al Mansur se antoja como crucial para dar consistencia y estabilidad a los últimos años del califato cordobés.

Almanzor se ve obligado a sofocar revueltas como la comandada por su propio hijo Abd Allah, secundado por los poderosos gobernadores de Toledo y Zaragoza.

Fruto de su política de continuos pactos con los reinos cristianos sería el casamiento con la hija del rey de Pamplona Sancho II García Abarca. Esta se convertiría al islam con el nombre de Abda y de esta unión nacería Abd-el Rahman, apodado «Sanchuelo» por su origen vascón. También, en este equilibrio de alianzas y contra alianzas, intervendría en las insurrecciones de los condes castellanos contra el rey de León.

Sobre el 995, al Mansur toma el control absoluto del califato, relegando a su antigua aliada Subh. Se convierte en un verdadero dictador o rey en la sombra, nombrando a su propio hijo Abd al Malik, como chambelán y alcaide supremo, marcando este hecho el intento de perpetuar la dinastía amirí, por encima de la propia omeya.

El 10 de agosto del 1002 de la era cristiana, 27 de Ramadán del año 392 de la Hégira, Muhammad Ibn Abi Amir al Mansur muere en la fortaleza de Medinaceli; tenía 65 años, una vida larga para la época. Parece ser que falleció a resultas de una enfermedad, aunque las crónicas cristianas escribieron que por sus heridas en una hipotética batalla de Catalañazor de la que no hay vestigios ni más datos que los que escribe Lucas de Tuy en el siglo XIII en su Chronicon mundi, con su famoso «en Catalañazor perdió Almanzor el tambor», el poema más antiguo de nuestra lengua vernácula.

La dinastía amirí prosiguió con su hijo Abd al-Malik al Muzzafar, fallecido prematuramente en el 1008 y se frustraría con Abd el Rahman Sanchuelo que se metería en todos los charcos posibles y solo duraría cuatro meses y medio en el poder. A partir de este momento, se desencadenaría la fitna —guerra civil— que provocaría el caos durante años y la desmembración del califato en los llamados reinos de taifas.

Al Mansur es considerado, en general, como un gran estadista y jefe militar, durante su largo «reinado» dio un epílogo de estabilidad, prosperidad económica, esplendor cultural y paz al califato.

Las fronteras o marcas del reino estuvieron estables gracias a sus campañas o aceifas que se realizaban a tenor de una o dos por año, en primavera y otoño; estas campañas no eran propiamente de conquista, aunque sí se ocuparon fortalezas estratégicas, sino con el triple cometido de, primero, saqueo de objetos de valor y esclavos para los ejércitos y el erario público, segundo, destrozar cultivos y mantener a los reyes y condes cristianos atemorizados y en disposición de pagar parias, o impuestos, al califato, y tercero, aportar un factor de propaganda y prestigio interno a al Mansur. Se realizaron cincuenta y seis aceifas durante su hegemonía, siendo las más famosas las de los saqueos de Santiago, por su carácter simbólico en la cristiandad, y de la Barcelona de Borrell, al que los emperadores francos denegaron ayuda.

Estas victorias se debieron a una potente militarización del Estado andalusí con un numeroso y organizado ejército permanente profesional formado por tropas del propio país, mercenarios bereberes e incluso cristianos que constituyeron la propia guardia personal de al Mansur. A estas tropas se unirían voluntarios en cada aceifa.

Dada la estabilidad interna, la economía tuvo una época de potente apogeo con el comercio con todo el mediterráneo, el oro del Sudán accediendo desde el estrecho y las parias y frutos de los saqueos que engrosaban las arcas del erario público, soldados y comerciantes.

La corte paralela amirí de Medinat al Zahira congregó a numerosos poetas e intelectuales, aunque una importante facción de intelectuales estuviera en contra de Almanzor porque lo consideraban un usurpador del poder legítimo Omeya.

Durante su mandato, se le añadieron a la Mezquita de Córdoba ocho naves y se amplió el patio, aumentando, más si cabe, su belleza y majestuosidad.

Sirva este artículo como resumen de la vida de nuestro antepasado algecireño, que fue el último gran estadista y caudillo del potente Estado andalusí, o andaluz, con capital en Córdoba, que dominó la península ibérica durante casi tres siglos, desde mediados del siglo VIII al primer tercio del siglo XI.

Héctor J. Lagier

Andalucista militante

Zaragoza, marzo de 2018

 

 

Bibliografía:

  • Un califa en la sombra. Echevarría, A. Madrid 2011.
  • Almanzor, un cesar andaluz. Beladiez, E. Madrid 1959.
  • «La España musulmana. Al Andalus omeya (siglos VIII-XI)». Tomo VII de Historia de España. Guichard, P. Madrid 1995.

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