Abuso emocional, ¿una cuestión de valores?

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Noelia García Millán

Cuando hablamos de violencia de género, de forma instintiva, nos vienen a la mente imágenes de mujeres siendo agredidas físicamente por sus parejas o ex parejas. Esta visión viene potenciada por las imágenes que nos ofrecen, día sí y día también, los medios de comunicación. Sin embargo, hay un tipo de violencia que no deja huellas físicas, pero que provoca un dolor emocional más profundo. En la mayoría de los casos, es más difícil de identificar tanto por las propias víctimas como por su entorno, porque no sólo se manifiesta mediante insultos o amenazas, sino que también comprende conductas mucho más sutiles, que suelen pasar desapercibidas.

A la dificultad para identificarla, se une el agravante de lo arduo que resulta para la víctima demostrar los hechos, de ahí que se trate de un tipo de violencia silenciada. Hablamos de la violencia psicológica o abuso emocional.

Este tipo de violencia engloba toda conducta que implique un descrédito o menoscabo hacia la dignidad de la mujer, y dentro de ella, podemos diferenciar tres modalidades: la manipulación mental, el acoso y el maltrato psicológico.

La violencia psicológica tiene dos facetas: una activa que se manifiesta mediante insultos, humillaciones, gritos, amenazas, etc.; y una pasiva, que consiste en la falta de atención, indiferencia o abandono emocional hacia la víctima. Esta última faceta es la forma de violencia más sutil, dado que en esta modalidad no hay hostilidades ni rechazos abiertos, la única conducta manifiesta es la indiferencia. Es, por tanto, la más difícil de proteger debido a que frecuentemente suele pasar desapercibida. La víctima experimenta una fuerte sensación de falta de atención, afecto y empatía, quedando sus necesidades emocionales plenamente descubiertas y su autoestima gravemente lesionada, dado que la víctima tiende a buscar la causa de esa indiferencia en su propia persona, apareciendo así la culpa y el sentimiento de rechazo. Dada la gran dependencia afectiva hacia quien ejerce el abandono emocional, la víctima se resiste a buscar ayuda, generándose un círculo vicioso del que es difícil salir y que puede llevar a las víctimas a la depresión, asilamiento social o desembocar en suicidio.

¿Cómo podemos prevenir la violencia psicológica?

Muchas de las mujeres víctimas de este tipo de violencia no saben identificar qué es el maltrato emocional y dónde empieza ni qué se puede consentir y qué no dentro de una relación de pareja. Algunos comportamientos de sus parejas, que pueden desembocar en una relación violenta, son identificados, especialmente en el caso de las adolescentes,  como muestras de amor. Ello tiene su origen en el mito del amor romántico, una concepción del amor llena de creencias falsas surgidas de la estructura social del patriarcado, que es imprescindible desmontar socialmente, porque a las mujeres nos está matando y anulando.

Las campañas de sensibilización son un instrumento útil para concienciar a la sociedad sobre este tipo de maltrato «semioculto», pero la labor educativa tanto en el ámbito familiar como escolar es fundamental para proporcionar a las mujeres las herramientas necesarias que les permitan identificar los signos de la violencia psicológica en la relación de pareja, tomar conciencia de la situación y dotarla de la capacidad de pedir ayuda y romper así con un vínculo afectivo insano. De ahí la importancia de empoderar a las mujeres para que tomen conciencia del poder individual que ostentan y recuperen su propia dignidad como personas.

Para ello, es imprescindible abordar esta problemática desde el ámbito de la educación emocional y el entrenamiento en habilidades sociales.

Por otro lado, sólo desde la prevención temprana, podremos detectar y evitar conductas en menores que puedan terminar siendo potencialmente agresivas, lo que nos permitirá intervenir a nivel psicosocial con los posibles agresores y su entorno, además de empoderar a las niñas mediante el aprendizaje de habilidades que les permitan detectar a tiempo las señales iniciales de este tipo de violencia de género.

En este sentido, el sistema educativo debería incorporar, como un contenido primordial dentro del currículo escolar en las distintas etapas educativas, la impartición de talleres y/o actividades dirigidos a formar y  trabajar aspectos como la asertividad, autoestima, expresión saludable de la ira, la empatía, resolución de conflictos, etc.

Estos talleres deberían tener como población diana no solo a los alumnos, independientemente de su género, sino también a sus familias, reforzando así las Escuelas de Padres y Madres en los centros de enseñanza, dado que la escuela y la familia son los principales agentes de socialización en la vida de las personas.

Incluir estos talleres o actividades en los programas educativos facilitará la prevención de la violencia de género en todas sus manifestaciones, dado que son un instrumento para la interiorización de valores desde edades tempranas que mejoran la convivencia y facilitan la coeducación.

Sin embargo, para ello, es necesario promover la presencia de trabajadores sociales y psicólogos en los centros de enseñanza como elementos indispensables en el sistema educativo, tanto para la detección y prevención de situaciones negativas que afectan a los menores y jóvenes en general, así como para fortalecer aspectos emocionales que permitan la adquisición de principios y valores que contribuyan a mejorar la convivencia. Concretamente, el perfil del trabajador social debe ser una presencia constante, y no sólo excepcional, dentro de los equipos interdisciplinares que intervienen en el ámbito escolar. Estos equipos deberían existir en cada centro educativo y abordar no sólo la orientación psicopedagógica o la detección de necesidades educativas especiales, sino  intervenir a nivel sociofamiliar para erradicar conductas que puedan desembocar en cualquier tipo de violencia en general.

Sólo desde una perspectiva interdisciplinar, e interviniendo desde la educación emocional y la educación en valores, desde edades tempranas, podremos concienciar de la lacra que supone la violencia de género en nuestra sociedad, prevenirla y hacerle frente. Pitágoras de Samos ya nos ofreció la solución: «Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres».

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